Pasó el Día Internacional de la Mujer y por fuerza se tuvo que remover el témpano relativo a su maltrato en todos los espacios de la comuna. Llenan las mujeres la mitad, si no es que más, de los espacios que ha desbrozado la especie para instalarse y reproducir su existencia. Y esto por una razón meramente estadística. Del total de miembros de la especie, siempre rebasan ellas la media, aquí y en China. Sus números superan a los de los varones contabilizados.
De acuerdo a una inferencia sin mayor exigencia, se tendría que suponer que las mujeres son dueñas de la mitad de los bienes expoliados y por expoliar; que son poseedoras de la mitad de las cuentas ya traducidas en dinero. Y si nos ponemos a revisar las listas de los catastros, y las de todas las demás instituciones en donde se registran los patrimonios, ellas deberían aparecer equiparadas en propiedades y posesiones o hasta superando un poco las cifras de los varones, correspondiendo estos datos con las estadísticas demográficas. Pero la tal inferencia descuidada, con revisarla un poco, se desploma en picada. No es así. Patrimonialmente el género femenino es el gran despojado.
Se pensaría que esta escasa presencia en el universo de los bienes y en la de las criptas, en las que se traducen éstos en dinero, se compensa por su predominio asimétrico en el reino de la vida emotiva entonces, en la exposición de lo sentimental y lo afectivo. Si en lo fiduciario no campean, lo harán entonces en el campo de la sensibilidad y de la emotividad. Ellas dictan cátedra y establecen directrices en el campo del amor, de la convivencia, de los valores llamados humanos. Pues a poco de rascar, vemos también que esta afirmación carece de sustento. No son nuestras féminas las que dictan estas directrices. Y eso que son las mamás y las novias. Otra vez aparecen como las grandes despojadas.
Tal vez no tenga sentido seguir ensayando a buscar en dónde sí han conseguido establecer sus condiciones y fijar los lineamientos. Lo más probable es que no encontremos ninguno en donde puedan presumir de predominio y mucho menos de preponderancia. Fueron aherrojadas en nuestras mazmorras del patriarcado y sus grilletes no conocen ablandamiento. De ser así, los varones deberíamos estar más que avergonzados. Es una materia de equidad en la que estamos reprobados de manera rotunda.
Las dóminas salen a la calle, en bandadas alegres, a gritar y a retornar que luchan por la equidad de género. Nos inundan por estos días con proclamas y manifiestos a favor de la presencia de lo femenino en la vida humana. Retozan y retoban para que esas cifras bajas de presencia suya, en el espacio que revisemos, sean corregidas de una vez por todas. Nos piden o nos exigen que ya pongamos más cuidado en la estructuración de todo lo que hacemos, para eliminar la baja o a veces nula presencia femenina en nuestros constructos.
Visto así, de manera superficial, es probable que no haya nadie que las contradiga. Es pleno el derecho de toda mujer a competir y a contender con cualquier varón por ocupar un puesto de trabajo, o de dirección, o de presencia. Será un malandrín, por no decir otra cosa, aquel o aquellos varones que les atropellen o conculquen derecho tan elemental. Que si van a votar, que voten. Que si van a contender por puestos de elección, que lo hagan. Y que transiten por tales vías sin restricción alguna, mucho menos por la fundamental que ellas denuncian que es la del estigma de ser mujer.
¿Qué mafufada es esa de que el género pueda llegar a ser un estigma? Que resulte claro: hablamos de estigma, teledirigido para el género femenino. Se habla de comunas como las de las amazonas, en las que sólo había miembros femeninos. De haber existido realmente, sería bueno investigar si en ellas estuvo estigmatizado el macho. Tal leyenda cuenta que cuando aparecía por entre ellas un varón, en caso de parecerles digno de ser garañón para el grupo, lo seducían, lo explotaban sexualmente y luego lo eliminaban. Algo así como lo que hacen las abejas en sus colmenas con los zánganos. Pero todo esto es leyenda o fábula. No podemos atenernos a datos fidedignos con estas consejas.
Vengamos pues a lo que tenemos enfrente. Lo que opera y funciona entre nosotros, así le estemos señalando todos los días sus lacras de disfuncionalidad (que sí las tiene y muchas), es nuestro modelo patriarcal, bien cimentado en todo el planeta. Cuando decimos patriarcal no estamos profiriendo un adjetivo inocuo. Nos referimos con él a un modelo social en el que somos los varones quienes impusimos la impronta y los valores; en el que dictamos el ser y el deber ser, como afirman los filósofos; en el que controlamos lo comido y lo servido; en donde repartimos los de carne, los de chile y los de manteca.
Los varones controlamos los flujos financieros y patrimoniales. Los machines controlamos los puestos de gobierno y nos repartimos sus puestos. Los galanes somos los dueños de los espacios de recogimiento y meditación, llamados iglesias o credos religiosos, e imponemos directrices. Los batos dominamos el barrio y nos salimos con la nuestra. Bueno, hasta en los partidos de futbol, imponemos al árbitro y a los jugadores. Luego se andan éstos peleando entre sí y con los dueños del dinero que sale de los juegos; pero no deja de ser todo eso un espectáculo varonil. Denigrante, pero varonil. Todo es masculino en nuestros espacios y en nuestras tribunas.
Muchas mujeres, organizadas y combativas, encabezan el movimiento para equiparar su presencia en nuestra sociedad patriarcal. Luchan denodadamente por conseguir la paridad en cosa de números y presencia. Tal vez nadie pueda levantar la voz para descalificarles tales propósitos, porque es razón más que válida de que tales asimetrías no les favorecen. Ni se logran para ellas avances reivindicativos, manteniendo viva desigualdad tan lacerante. Está bien pues que salgan a la calle, que hagan mucho ruido, que icen sus pendones de guerra. Los varones bien nacidos tenemos que darles la mano y apoyarlas en sus luchas, en beneficio de todas, claro está.
Pero también habrá que ir abriendo senda futura en estas movilizaciones de las féminas. Hemos de aprovechar su entusiasmo y sus movilizaciones, para levantar las banderas de reivindicación de todos, no sólo de ellas. Hay banderas colectivas que superan con mucho la corta visión de la equidad de género, de la lucha por puestos para mujeres e incluso de la equidad remunerativa. Hay luchas viejas, apagadas, a las que el brasero feminista actual bien que puede servirles de ventilador. En tales luchas intervenimos lo mismo varones como mujeres. Parece ser tiempo ya de empezar a revisar nuestros pendones, para salir juntos a la calle, a tremolarlos. Ahora, si sabemos convocar, iremos acompañados pues de nuestras mujeres. Pudiera ser la adición que faltaba para triunfar.








