Señor director:
“Gracias” a la autorregulación –ese invento de las empresas que se ajusta, más que a las leyes, a un proceso de autocrítica que supuestamente propicia correcciones oportunas y benéficas para la institución y para quienes pretende servir– los abusos neoliberales ya no tienen límite y la desconfianza ciudadana hacia las instituciones tampoco, incluidos desde luego los bancos, aliados siempre del gobierno en turno y amparados en una legislación amañada.
Banorte ha recibido diversos premios y reconocimientos, como “el banco del año 2016 para México”, entre otras razones por su “sólida composición de ingresos y el fortalecimiento de la relación con los clientes” (sic); el primer lugar como “empresa líder en gobierno corporativo en México, en la edición 2016 de los premios Alas20”, e incluso “por ayudar a aminorar el impacto del cambio climático”. Pero al lado de los galardones, se multiplican las incontables pifias de Banorte –por numerosas y porque no se cuentan– relacionadas con el trato que da a los usuarios, quienes se ven afectados en sus intereses y agraviados en su dignidad.
El 1 de noviembre del año pasado, luego de verificar mi saldo, leí en la pantalla de un cajero automático de Santander “fondos insuficientes”, puesto que “alguien” de ese banco o de Banorte dispuso tranquilamente de 7 mil pesos. Transcurridos cuatro meses, Banorte respondió que mi queja era “improcedente, ya que la custodia y uso del plástico, chip y NIP son responsabilidad del cuentahabiente”. ¿Quién defiende a quién de los atracos institucionales cometidos día a día por un sistema bancario sin autocontrol ni vigilancia? Mi queja ya ha llegado a la Condusef.
Es un secreto a voces entre gran cantidad de usuarios –y una certeza en el medio periodístico– que los propios empleados bancarios “ponen” a usuarios para ser asaltados. La creciente ciberdelincuencia financiera muestra también que entre el personal de los bancos existe una red de operadores y complicidades que se aprovechan de los usuarios más modestos y de su ignorancia para manipular internamente sus cuentas, ahorros y tarjetas, lo que en mi caso, como en otros miles, resulta evidente, por lo que fincar en el cuentahabiente toda la responsabilidad de la custodia y uso de los plásticos es por lo menos parcial.
Entre delincuentes y ciudadanía responsable continúa habiendo notables diferencias, pero las instituciones tratan a ésta como si fueran aquéllos. Y con esos criterios se explican las ganancias anuales de Banorte.
Atentamente:
Hernán González Gómez








