Leñero y la fe: ¿en qué creen los que sí creen?

Entre los grandes escritores mexicanos y, diría, los intelectuales, es raro encontrar el abordaje público y, sobre todo, directo de los dilemas existenciales que enfrentan en relación con la religión y la fe. Es cierto que éstos, con frecuencia, suelen esconderse bajo el capelo del agnosticismo, real o simulado, o del espacio privado de la vida interior, y forman parte de los misterios insondables del alma o de la manera como cada quien encara interrogantes sobre el sentido de la vida, la trascendencia y, desde luego, la muerte.

Pero no está claro en qué creen, si en algo, los que crean, piensan, escriben, opinan y analizan el mundo terrenal en que se mueve la mayoría de los mortales o, visto de otra forma, en qué creen los que sí creen. En este sentido, Vicente Leñero fue una excepción no sólo notable sino, quizá, única, entre otras cosas porque hizo frente en su literatura a las preguntas complejas de la fe sino también, ahora lo sabemos, construyó un diálogo que en cierto modo condensó vívidamente uno de los orígenes primarios del vocablo: religión es religar, reanudar, reunir, vincular a una comunidad de creyentes en torno a Dios.

“Los católicos”. Vicente Leñero en torno a la fe (Ediciones Proceso; 2016, 205 pp.), el libro publicado por iniciativa de su mujer Estela Franco y editado por Armando Ponce, es el relato coral de un grupo de parejas y amigos que por 15 años o más se reunieron bajo el regazo espiritual de los Leñero Franco a conversar sobre la fe y la relación de Dios, o a la inversa, con la política, el dinero, la cultura, el amor, la Iglesia, la literatura o el mal, y sobre cómo tratar de entender esa relación como el prólogo de algo mucho más profundo: “ser fieles –recuerda Eduardo Garza Cuéllar– a nuestros oficios para –sin pretenderlo– trascender”.

Al terminar de leer cada uno de los testimonios, todos iluminadores en un sentido u otro, puede pensarse que esas reuniones eran un ejercicio de terapia o, más aún, una sesión de psicoanálisis colectivo. Es posible: nadie sabe los demonios que hay detrás de la vida de cada quien. Pero reducirlo a eso empobrece por completo la decisión, tan íntima como intensa, de hablar con el otro, con los otros, de la duda, el misterio o la angustia, de la imposibilidad de explicarse la vida sólo a partir de una lógica de la razón, que es el punto en el cual se entra a otra lógica, la de la fe: se tiene o no se tiene, se cree o no se cree.

O, mejor escrito en el testimonio de Francisco Prieto: tantos años después “sé también que el calor que (esas reuniones) nos infundieron, o nos infundimos unos a otros, la confianza básica en la Providencia, la certidumbre de que es penoso no tener en la vida más que la razón, nos confortarán a la hora de la verdad, en el adiós postrero que cada vez estará más cercano”.

Si los misterios de la fe y del espíritu están allí, y este libro es abundante en ellos, quiere decir que la religión importa; como hecho cultural, como sentido de congregación que se presenta en la práctica religiosa, como parte relevante del capital social, pero importa. Y, sin embargo, una cosa es esa manifestación de fe y otra, muy distinta, los símbolos que la representan.

“Tanta pompa anacrónica –dice Leñero según recuerda Alejandro Anreus, otro de Los católicos– en una Iglesia que se olvida de los pobres”, la aleja y contrapone de la obligación de proveer a quienes la siguen aquellos bienes espirituales que ayudan a comprender algunos rasgos de la vida y sus miserias y desventuras. Más todavía: a encontrarle un sentido frecuentemente invisible desde una perspectiva racional.

Si esto es así, la renovación de la institución emblemática de la Iglesia es, advierten Los católicos de Leñero, un deber, y el mensaje religioso exige explicaciones mucho más convincentes y cercanas a las preocupaciones actuales de mujeres y hombres y a sus necesidades espirituales.

Al final del día, las reuniones de “Los católicos” dejaron en sus miembros un mensaje simple pero poderoso: que una buena vida espiritual y una vida de sabiduría, escribió Ramin Jahanbegloo, “no es una imposición de lo bueno y lo malo. No tiene nada que ver ni con la riqueza ni con la fama, ni tampoco con las ambiciones políticas. No es ni una renuncia al mundo ni una nostalgia de otros mundos. Es la adopción de esa noble actitud vital que siempre ha simbolizado el concepto de sabiduría”.