“El narcotráfico no paga”

El pasado 27 de febrero Ismael Alejandro Arciniegas se convirtió en el primer latinoamericano ejecutado en China por transportar droga a ese país. Ahora su hijo cuenta a Proceso la historia de su padre –quien había visitado ya las cárceles de Suiza, España y Ecuador, por delitos de narcotráfico– y se prepara a editar las memorias de su progenitor. El joven lanza además un exhorto a sus “hermanos mexicanos”, que hoy están viviendo lo que vivió Colombia en los años ochenta, “a que aprendan de estas malas experiencias y se convenzan de que el narcotráfico no paga”.

Bogotá.- Cuando Juan José Herrera se despidió de su padre, Ismael Alejandro Arciniegas, en el aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón, de Cali, el 19 de julio de 2010, sintió, en el abrazo del adiós, los envoltorios de cocaína que el viajero llevaba adheridos al cuerpo. En ese instante supo que nunca volvería a verlo.

“Yo sabía lo que llevaba, pero cuando lo abracé tuve un presentimiento de miedo, de negativismo”, dice Juan José a Proceso.

Ismael Alejandro, de 67 años, le dio unas palmadas a su hijo, lloró y guardó silencio. No necesitó decirle nada al despedirse.

Juan José aún recuerda que antes de cruzar la puerta para embarcarse en un vuelo con destino a Beijing, China, su progenitor volteó a verlo con sus ojos azules humedecidos por las lágrimas.

“Adiós, viejo”, musitó el joven, quien en ese entonces tenía 28 años, y lo saludó con la mano en alto.

Al pasar varios días sin tener noticias de él, Juan José se convenció de que todo había salido mal y de que su padre, quien llevaba 3.9 kilogramos de cocaína en unos tirantes que le sostenían el pantalón y en envoltorios delgados fijados con cinta al cuerpo, había sido detenido.

Pero nadie se lo podía confirmar. Los días en espera de noticias se transformaron en semanas y en meses. Durante todo ese tiempo, insistió ante la cancillería colombiana y ante el consulado de China en Bogotá para que le ayudaran a localizar a Ismael Alejandro. Llamaba por teléfono, escribía correos electrónicos, y nadie le daba razón de él.

No fue sino hasta mediados de 2011, casi un año después de que se despidieron en el aeropuerto de Cali, cuando un funcionario del consulado de Colombia en Cantón lo llamó para informarle que su padre estaba preso en esa ciudad, la tercera más grande de China, acusado de tráfico de drogas a gran escala.

Le dijo que Ismael Alejandro había sido detenido el 21 de julio de 2010, dos días después de su partida, en el aeropuerto de Beijing con casi cuatro kilogramos de cocaína. “Ese es un delito gravísimo en este país. Y por esa cantidad de droga lo pueden sentenciar a la pena de muerte”, le advirtió.

Tras su captura en la capital china, el sexagenario colombiano había sido trasladado a la cárcel de Cantón y su caso estaba en manos del Tribunal Superior de esa metrópoli industrial.

Juan José, quien hace tatuajes en un negocio de su propiedad en la suroccidental ciudad de Cali, se abocó a gestionar ante el consulado de Colombia en Cantón que le permitieran comunicarse con su padre. Le preocupaba que la enfermedad respiratoria que padecía se hubiera recrudecido en la cárcel.

“Tuve noticias directas de él hasta un año y medio después de su detención. Me mandó una carta a través del consulado, porque ni una llamada le permitieron hacer. Fue muy triste saber algunas cosas de las condiciones en que vivía en esa cárcel. No me enteré de todo, porque en la prisión censuraban la correspondencia y omitían cosas, pero sí me dijo que lo más seguro es que lo sentenciaran a muerte”, cuenta Juan José.

El joven hizo contacto con familiares de muchos de los 146 colombianos que están presos en China y Hong Kong por tráfico de drogas. De ellos, cinco están sentenciados a muerte y otros 10 tienen una suspensión temporal de esa condena. Además hay 15 sancionados con cadena perpetua.

Son sólo una parte minúscula de los transportadores de estupefacientes a pequeña escala –las llamadas “mulas”– que cada año son capturados alrededor del mundo con unos cuantos gramos o kilos de droga en su equipaje, adheridos a su cuerpo o incluso en el estómago en cápsulas de látex.

La enorme mayoría son, como el colombiano Ismael Alejandro Arciniegas, gente pobre que acepta correr ese riesgo por una parte muy ínfima de las ganancias que dejan a las mafias del narcotráfico esos cargamentos al llegar a su destino.

“Estas personas son los eslabones más débiles de la cadena del narcotráfico, pero son los más penalizados. En cambio, los productores y traficantes a gran escala, que son los capos y los eslabones más fuertes, tienen índices mucho más bajos de criminalización”, señala el director del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad de Colombia, César Rodríguez Garavito.

China, como otros 33 países, sanciona el tráfico de drogas con la pena de muerte. Y la mano dura contra ese fenómeno se ha acentuado en la medida en que el auge económico de la potencia asiática ha creado una pujante clase media-alta con poder adquisitivo para acceder a estupefacientes, como la metanfetamina, la heroína y la cocaína.

Según el informe anual de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, divulgado el pasado jueves 2, China es uno de los principales países fabricantes de precursores de drogas y de nuevas sustancias psicoactivas. También es un mercado creciente para estimulantes anfetamínicos y para la cocaína sudamericana.

Un kilogramo de cocaína, que en Estados Unidos se comercializa entre 20 mil y 30 mil dólares, puede alcanzar en China un valor de entre 70 mil y 80 mil dólares. Estas cifras explican por qué en la última década creció 4000% el número de colombianos detenidos en aeropuertos chinos por transportar drogas.

Sentencia de muerte

El tribunal superior de Cantón consideró que los casi cuatro kilos de cocaína que pretendía ingresar Ismael Alejandro Arciniegas a China hacían de ese delito una “falta gravísima”, y en 2013 sentenció al colombiano a la pena de muerte.

Según la rigurosa legislación antidrogas del país asiático, esa condena puede ser aplicada a cualquier ciudadano que transporte más de 50 gramos de ese ­estupefaciente.

“La cantidad de droga que se le encontró nos dificultó las gestiones para que las autoridades chinas le conmutaran la pena”, dijo el vicecanciller colombiano Francisco Echeverry al relatar a periodistas los reiterados pedidos de clemencia que hizo Colombia por los conductos diplomáticos al gobierno chino.

A Ismael Alejandro no le ayudaron ni el cargamento de droga, que es inusual para los estándares chinos, ni sus antecedentes.

Aunque nunca había cometido un delito violento, confesó al tribunal de Cantón que en un ingreso anterior a China había llevado otro cargamento de droga que pasó inadvertido para las autoridades.

Además, en las últimas tres décadas había estado preso en Suiza, Colombia, España y Ecuador por transportar drogas.

“Mi padre no fumaba, no bebía alcohol y nunca cometió otro delito diferente a transportar droga. Se equivocó, sí, pero como un valiente le colocó el pecho a las penas que tuviera que pagar por sus errores”, dice su hijo Juan José Herrera, quien lleva el apellido de su madre porque cuando él nació en Cali, en 1982, Ismael Alejandro estaba preso en Bogotá.

En total, Ismael Alejandro pasó encarcelado más de 20 años, lo cual resulta extraño para quienes lo conocieron en su juventud como un aspirante a periodista y escritor que se formó, como en la vieja escuela, en la convivencia cotidiana con reporteros y columnistas de los diarios El País y Occidente, de Cali, en los que fue repartidor de periódicos.

Juan José lo describe como un periodista, escritor, publicista y poeta que selló su destino a principios de los ochenta, cuando quiso escribir un libro sobre el ascenso del narcotráfico en Cali, cuna del cártel de las drogas que convirtió a los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela en los dueños de la ciudad en esa década.

“Eso lo llevó a acabar involucrado en el mundo del narcotráfico, donde la opulencia y el derroche terminan seduciendo a cualquier ser humano, por más correcto que sea”, afirma su hijo.

La saga de Ismael Alejandro está ligada al auge que tuvo el narcotráfico en Colombia hace tres décadas y a la manera en que ese fenómeno acabó por penetrar el tejido social.

La esposa de Ismael Alejandro, María del Socorro Herrera, murió en 1984 por una sobredosis de droga. Daniel, su hijo menor y hermano de Juan José, fue asesinado hace cinco años en Cali, y Luis Germán Arciniegas, su hermano, quien también fue detenido en China en 2011 por transportar cocaína y condenado a 12 años de prisión, falleció en una cárcel de Macao en 2013 por un derrame cerebral ocasionado por una huelga de hambre.

“Las drogas y el narcotráfico han destruido a mi familia”, afirma Juan José, quien hace años tuvo problemas de adicción a las drogas y de violencia con pandillas, pero logró salvarse gracias “al arte y al talento que Dios me dio para hacer tatuajes”.

Según las cuentas de Juan José, siete de sus familiares cercanos han muerto por las drogas o la violencia del narcotráfico y cuatro más están o estuvieron presos por ese delito.

El último de sus difuntos fue su padre, ejecutado con una inyección letal el pasado 27 de febrero en la cárcel de Cantón, en cumplimiento de la sentencia que le fue impuesta hace cuatro años y que los tribunales y el gobierno de China se negaron a conmutar en sucesivas apelaciones y a pesar de las insistentes notas diplomáticas del gobierno colombiano solicitando clemencia.

Ejecución ejemplarizante

Juan José piensa que la ejecución de su padre, quien murió a los 74 años, y que es la primera que se aplica a un colombiano por narcotráfico, es un mensaje de China a Latinoamérica.

“Con mi padre, China quiso sembrar el terror entre los latinoamericanos que transportan drogas. Lo puso como ejemplo de que allá sí aplican la pena de muerte. Ellos no quieren el flagelo del narcotráfico en su país. Lo vivieron en la guerra del opio (que mantuvieron China y Gran Bretaña entre 1839 y 1842) y ya no quieren tener esto. Por esto las penas son drásticas”, asegura.

El joven, quien tiene en el pecho un tatuaje con el rostro de su padre, dice que no culpa a China por lo que pasó.

“Mi padre se equivocó y, más que juzgar a los chinos por sus leyes, invito a los colombianos y a los mexicanos a que no vayan a ese país a cometer ese delito”, señala.

Desde 2010 China ha ejecutado por el delito de tráfico de drogas a ciudadanos de Corea del Sur, Reino Unido, Canadá, Japón y Filipinas, según registros de prensa citados por la cancillería colombiana. Ismael Alejandro Arciniegas se convirtió el lunes en el primer latinoamericano en engrosar esa lista.

“Pero para él fue un descanso. Sus condiciones en la prisión de Cantón eran infrahumanas. Llegó allá con tuberculosis y le brindaron auxilio, pero después lo colocaron en una celda con 12 personas, donde pasó seis años encadenado a la pata de su cama. Le permitían un baño a la semana y una hora del sol al día. Y nunca, hasta una hora antes de morir, le permitieron una llamada a su familia”, afirma Juan José.

El joven, casado y con dos hijas, intercambió con su padre 12 cartas y correos electrónicos durante sus seis años y siete meses de reclusión en China. De a poco, y con ayuda de un abogado filipino que triangulaba mensajes de Ismael Alejandro a su hijo, desarrollaron “un código” para eludir la censura de la correspondencia que hacían las autoridades de la prisión.

“Sólo yo podía decodificar sus cartas. Así supe que hay un problema de abusos con los presos extranjeros y de incomunicación con los guardias. Ellos no entienden ni cuando los extranjeros les piden un vaso de agua, y no les importa que se enfermen de sed, o de la insalubridad de la comida”, asegura.

“Por ello”, dice Juan José, “mi padre murió tranquilo. Imagínate tú encadenado a una cama seis años. Entre eso y la pena de muerte…”.

Una hora antes de matarlo, las autoridades chinas le permitieron telefonear a su familia. Habló con Juan José, con sus nietas y algunos sobrinos. A su hijo mayor le dijo que ya no tenía nada que perder y que se iba contento, seguro de que todos sus pecados y los errores que cometió como ser humano le serían perdonados.

“Me despido, voy a los encuentros con Dios. Para mí es un día de felicidad, no de tristeza”, aseguró el condenado, y dijo estar “tranquilo, muy relajado”.

En la grabación de la llamada que hizo Juan José se alcanza a escuchar cómo se despide de su hijo: “Un abrazo, un beso y adelante… Bueno, me voy, que Dios te bendiga, hijo. Tranquilo, que yo voy feliz. Bueno, adiós”.

La última petición que Ismael Alejandro le hizo a Juan José es terminar y publicar un libro que escribió durante las casi dos décadas que pasó en prisión en diferentes países. El joven tiene varios manuscritos, pero está a la espera de los que llegarán de China junto con las cenizas de su padre.

El libro, explica, ya tiene nombre. Se titulará La guerra santánica y ahí cuenta historias del mundo del narcotráfico en Cali y la vida de un colombiano en cárceles extranjeras.

“Apenas me lleguen los manuscritos de China”, dice Juan José, “voy a organizar el libro y lo voy a terminar. Luego buscaré una buena editorial para publicarlo. Esa fue su última consigna, que yo hiciera eso. Sólo me falta contar el final: su muerte. Ese me toca a mí”.

Juan José, quien promueve talleres culturales para jóvenes con problemas de drogas en Cali, quiere mandar un mensaje a México: “Exhorto a mis hermanos mexicanos, que hoy están viviendo lo que vivimos en Colombia en los años ochenta, a que aprendan de estas malas experiencias y se convenzan de que el narcotráfico no paga.

“El narcotráfico se va volviendo parte de nuestra idiosincrasia y de la cultura de un país porque nos muestra un estilo de vida fácil y ostentoso. Pero el dinero que da ese delito siempre se va por entre los dedos, y la cruda realidad del narcotráfico sólo es la violencia, la muerte y la destrucción de las familias. Se los está diciendo alguien que tiene el corazón partido por perder a su padre y a muchos familiares por este flagelo.”