La semana pasada, Carmen Aristegui sostuvo en su programa televisivo de CNN una entrevista con Porfirio Muñoz Ledo sobre el complicado forcejeo entre los gobiernos de México y de Estados Unidos. Más bien habrá que decir: entre la postura de un gobierno pusilánime, el nuestro, y los actos injuriosos y ofensivos del nuevo titular del gobierno gringo. Dijo Porfirio, a quien nadie le regatea su experiencia diplomática y su conocimiento de la historia patria, que no se trata de una disputa binacional, y mucho menos de un forcejeo por el TLC, sino de un episodio de la lucha mundial, en la que estamos bailando con la más fea.
Porfirio comparó nuestra situación presente a la lucha que todo el mundo sostuvo contra el Apartheid sudafricano, a todas luces asimétrica e injusta. También la equiparó a las agresiones que sufren los palestinos por la soberbia sionista. La gran diferencia es que, en el momento mexicano presente, de parte de nuestro gobierno no aparece la figura de un Mandela o de un Arafat. No encabeza nuestros intereses ni nos convoca a la legítima resistencia en contra de tan duras arbitrariedades. Todo el mundo apoyaría la resistencia mexicana, como se apoya en todos los foros del mundo la bandera cubana en contra del bloqueo gringo, por ejemplo. Lo que hace falta es que icemos nuestra enseña de resistencia y la hagamos ondear. Poca cosa, sí, pero suficiente para iniciar nuestra reivindicación.
La lucidez de Muñoz Ledo se pone de manifiesto una vez más. Una entrevista de lujo que bien merece mayor difusión. De ella, o mejor dicho de los muchos puntos concentrados que contiene para su análisis, conviene revisar lo que se ha de disputar en torno a la asimetría de la producción agropecuaria de ambos países, uno de los puntos de inequidad más elocuente. Teniendo nuestro país una extensión territorial enorme, suficiente para dedicar al sector primario la suma necesaria de hectáreas para cubrir hasta con creces nuestra demanda alimenticia, los genios mexicanos del TLC signaron el convenio de entregar nuestra soberanía alimentaria y abrir las puertas para que nos inunden los productos alimenticios provenientes de los vecinos.
No se puede entender tamaña estulticia. Los acuerdos desventajosos se firman cuando al perdedor le ponen una pistola en la cabeza o le obligan circunstancias como las impuestas para liberar a un rehén u otras situaciones de desesperación similar. Pero, ¿cómo explicar, a no ser por cadenas de errores inducidos por actitudes de alta traición, que el equipo de Salinas de Gortari nos haya hecho capitular sin que estuviéramos en guerra? ¿Cómo entender que se hayan plegado las banderas de la soberanía, sin siquiera vivir el peligro de una invasión o de estar frente a situaciones de guerra?
Poco se coló de las discusiones que sostuvieron los equipos de los gobiernos de los tres países de América del Norte, dizque con el fin de ponerse de acuerdo y armar un paquete modernizado de eficiencia económica. Se supo, o se dijo, que ensayarían a reformar el campo mexicano, el cual mantenía a un 25% de la población. Había que reducir ese porcentaje al 5%, porque es la fuerza de trabajo que los países desarrollados emplean en el renglón primario. Nunca se supo cuál era su propuesta para el 20% que pretendían excluir. Se infiere que esperaban que se murieran, o que se hundieran en el mar, tal vez; o que se esfumaran; o que desa-
parecieran por cualquier otra variante del azar. Como nadie nos lo preguntó, los estuvimos mandando de mojados, hasta ahora que hartamos a Trump y ya nos los va a devolver a puñadas. Al menos es la amenaza. Veamos algunos números de esta dura realidad.
Según Ana María Aragonés (“¿Sin migrantes? Trump la tiene difícil”, La jornada, 28 de febrero de 2017), el TLC le ha sido muy benéfico a la agricultura gringa. El balance real entre lo que importamos y exportamos es muy deficitario para nosotros, al grado de que hemos perdido la autosuficiencia alimentaria, primer escalón para perder la soberanía. A cambio exportamos campesinos en forma de trabajadores indocumentados. El 70% de los trabajadores del campo en USA son migrantes nuestros. Están ocupados en granjas y en viveros, pero también en industrias de alto riesgo como las del pollo, cerdo, pavo, despulpadores de cangrejo, en el sector de servicios, restaurantes, trabajo doméstico y más.
Además, Walmart, por ejemplo, nos introduce aquí todos estos productos allá elaborados, generando una competencia dura a los mercados mexicanos, misceláneas, tiendas de abarrotes y productores locales. Aparte de esta competencia, tornada artificialmente en endógena y desleal desde el ángulo que se le quiera revisar, el campesino mexicano trabaja sin créditos, sin seguros, sin apoyos para comerciar sus productos, sin subsidios, sin defensas contra el coyotaje. Nuestra gente de campo libra una guerra en dos frentes: contra el enemigo exterior y contra el traidor interno. ¿Quién apuesta a su triunfo?
Se deben aprovechar las bravatas del gobierno gringo para cerrar el TLC y revertir el gran daño que ya nos hizo. Aún estamos en tiempo de revertir sus secuelas malignas por el tiempo que se ha aplicado. Hacerlo con inteligencia y con esmero. Si bien no se ve que les caiga el veinte a los hombres del equipo de Peña Nieto. Se miran como entumidos. Ana de Ita (“Los viudos del TLC”, La jornada, 25 de febrero de 2017) nos ilustra con más datos. Las exportaciones agroalimentarias de México a Estados Unidos –aguacate, jitomate, todo tipo de moras y fresas, cerveza y tequila, entre otras–aumentaron a más del doble a partir del TLC, aunque su aporte es relativamente pequeño: 3.3 mil millones de dólares. De acuerdo a cifras del Inegi, de las 5844 empresas exportadoras que hay en México, sólo 122 pertenecen a la industria alimentaria y 22 a la bebida y al tabaco. En conjunto aportan apenas el 3% del valor de nuestras exportaciones.
El capítulo de la agroexportación está prácticamente cerrado a nuestros campesinos pues los costos de inversión y de tecnología son muy altos. Quienes lo hacen son grandes productores que tienen sus empresas en distintos estados y también en Estados Unidos. El TLC ha funcionado a favor de los grandes corporativos. Si Trump truena el modelo actual, como es su amenaza, dejará a muy pocos viudos dentro de los actuales beneficiarios. La mayoría del campo mexicano vive ya su desastre desde hace por lo menos dos décadas.
¿Qué esperamos entonces para bornear una situación tan desfavorable y volver a poner las cosas en su sitio? Con esto rozamos apenas un resquicio visible de la gran hendidura que ha representado la aplicación del modelo neoliberal a nuestra economía, responsable de la depauperación y del saqueo impune que nos avasalla. ¿Será de verdad una luz al final del túnel?








