Más sin muros ni fronteras…

En nuestro texto anterior plasmamos un panorama escueto de lo fructífera que ha sido, en términos musicales, la relación bilateral entre nuestro país y la Unión Americana, sobrando recalcar que nos hemos abocado a ello como una obligación moral frente a las intemperancias del nuevo presidente yanqui quien, en su coprolalia ha arremetido contra los “extranjeros” –especialmente mexicanos– que han llegado a su patria para diseminar sus “vicios” y aprovecharse de la “buena voluntad” de los “cándidos” norteamericanos…

En suma, creemos que es necesario insistir en cómo, la presencia de nuestros músicos, ha enriquecido, literal y metafóricamente hablando, a esa sociedad multiétnica que es ahora gobernada por el imbécil y atrabiliario Donald Trump. Subrayado esto con la seriedad que el asunto impone, es momento de retomar la ilación narrativa. Podrá recordarse que mencionamos la actividad magisterial de Angélica Morales y la presencia de José Pablo Moncayo en Massachusetts. Por tanto, ampliamos ahora la información alusiva.

Morales, para decirlo en breve, fue una virtuosa del piano cuya formación tuvo un vínculo directo, nada menos que con Franz Liszt –estudió con sus discípulos Egon Petri y Emil von Sauer– y su carrera se consolidó en los escenarios más prestigiosos del orbe. Para ejemplificar, hizo su debut europeo con la Filarmónica de Berlín. Sin embargo, su relación con México fue conflictiva porque hubo un empecinamiento –como suele ser norma– en minusvalorarla. Harta de nuestro medio, aceptó la invitación de la Universidad de Kansas para ser catedrática de su Departamento de Piano. En esa veste obtuvo la plaza de tiempo completo y se desempeñó a lo largo de dieciocho años, formando legiones de jóvenes pianistas. Asimismo, tuvo nexos académicos con la Universidad de Oklahoma, para la que dio cursos, recitales y conciertos.

Con respecto a Moncayo hemos de anotar que, si bien no tuvo una verdadera residencia en los Estados Unidos, sí logró acceder al selecto círculo de músicos que se reúnía en el famoso Festival Tanglewood –sede veraniega de la Boston Symphony– desde 1936. Como recipiendario de la beca Kousevitsky, departió en ese centro de alta formación musical con Blas Galindo y la inolvidable soprano Irma González, quienes también se beneficiaron de las enseñanzas de las “vacas sagradas” de entonces: Aaron Copland y Leonard Bernstein. Hemos de precisar que la invitación y el otorgamiento de becas para los tres mexicanos fue, en gran medida, gracias a la estrecha relación que Carlos Chávez mantuvo con Aaron Copland. De esa relación es de citar que éste vino varias veces a nuestro país y que el impacto quedó plasmado en su obra sinfónica Salón México.1 En ese mismo tenor, es imprescindible apuntar que, tanto el Huapango de Moncayo como los Sones de mariachi de Galindo, nacieron precisamente para ser escuchados en la exposición Veinte siglos de arte mexicano que organizó el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1941 donde, la Sinfónica de México a cargo de Chávez las estrenó.

Tocante a lo que Irma González le retribuyó a la Unión Americana, es de consignar que grabó con la New York Philharmonic, bajo la dirección de Bruno Walter, la Novena sinfonía de Beethoven, y que este LP –uno de los más vendidos de su tiempo, sello Columbia, 1959– proporcionó ventas millonarias a su productores. Y justo en el rubro de los directores de orquesta con una intensa actividad orientada hacia la formación de nuevos públicos y la divulgación del repertorio latinoamericano –con preeminencia del mexicano–, la lista de paisanos es notable.

Señalando a los más sobresalientes podremos hacernos una idea nítida de la valía de su trabajo dentro de los EUA. Eduardo Mata fue titular durante un lustro de la sinfónica de Phoenix y después condujo la de Dallas durante tres lustros más. En Dallas convenció, sin escatimar esfuerzos, al potentado Morton Meyerson para que destinara el dinero necesario para la construcción de una sala de conciertos con la mejor acústica: el actual Meyerson Symphony Center que presume con orgullo la ciudad texana. Jorge Mester estuvo al frente de las sinfónicas de Louisville y Pasadena y también se encargó de presidir el Festival de Aspen, junto a su labor docente en la Juilliard de Nueva York. Por su lado, Enrique Diemecke dirige desde hace 27 años –quizá la titularidad más extensa de cualquier director en ese país– la Flint Symphony Orchestra en Michigan y la de Long Beach en California. Esta última desde 2001, remarcando que la orquesta de Flint se considera como un ícono cultural por su siglo de existencia. Carlos Miguel Prieto trabajó con las sinfónicas de Houston y San Antonio y es el presente titular de la sinfónica de Hunstville, en Texas y de la Filarmónica de Louisiana.

A pesar de ser relativamente desconocido, es fundamental que hablemos del violinista Samuel Zárate (1909-1997), ya que su vinculación con la Unión Americana fue cimera. Zárate concluyó sus estudios en nuestro Conservatorio y tocó en la Sinfónica de México, sin embargo emigró a París, donde comenzó una meteórica carrera hasta que el destino la trastocó. Conoció a la cantante afroamericana Myrtle Watkins, con quien se maridó y formó un aclamado dúo (ella adoptó el pseudónimo de Paquita Zárate).2 Después de sus triunfos parisinos –y también mundiales– la pareja decidió afincarse en la costa oeste de EUA, cosechando éxitos artísticos y comerciales (Zárate abrió un estudio de grabación en Los Ángeles, del cual emanaron centenares de fonogramas). Al final de su peregrinaje existencial los Zárate fundaron la Fine Arts School de Lincoln Bay, Oregon, donde impartieron lecciones de música, danza, teatro e idiomas. Hasta donde sabemos, los Zárate fueron pioneros culturales de esa ciudad.

En una tónica aparte tenemos que situar al extraordinario trompetista Rafael Méndez (1906-1981), a quien México tampoco le hizo la justicia que sí encontró en los Estados Unidos. Fue tan pasmoso su virtuosismo que los norteamericanos no dudaron en mentarlo como el mejor trompetista del planeta y, por supuesto, hacerlo merecedor de una carrera de largo aliento (llegó a tocar 280 conciertos por año). Dado que es un personaje de inmensa valía, nos reservamos mayores detalles para una nota específica; no obstante, digamos que fue artista exclusivo de las disqueras DECCA, MGM y PELEAIZ y un consentido de la Mutual Broadcasting System Orchestra.3 Su nombre aparece en una estrella dentro del Paseo de los Inmortales de Hollywood.

Si trajimos a colación la labor educativa realizada por Angélica Morales, no podemos exceptuar la que desarrolla desde hace años el pianista Jorge Federico Osorio en el Chicago College of Performing Arts; tampoco las incansables aportaciones de otros connacionales en el campo de la investigación, la docencia y la creación. Entre ellos, paradigmáticamente, Leonora Saavedra en la Universidad de California, Alejandro Madrid en la Universidad de Cornell, y el compositor Daniel Catán, quien recibió múltiples encargos de teatros norteamericanos. Relevante el hecho de haber escrito la primera ópera en español –Florencia en el Amazonas– para ser estrenada en EUA.

Es imperativo ocupemos finalmente de la trascendental tarea que realiza, desde 1969, el estadunidense Philip Brunelle (1943), un verdadero héroe cultural, situado en las antípodas de Trump. Brunelle sostiene que hay que romper barreras e integrar a todos los seres humanos a través de la música, y en especial a través del canto comunitario. Al residir en Minnesota y caer en cuenta de las dificultades existenciales de las comunidades de inmigrantes, se ha dedicado a proporcionarles los medios para subvertir los estragos de las políticas deshumanizadoras y racistas que asolan a su nación. Para abundar en lo que nos concierne, Brunelle creó un programa –“Cantaré”, con más de una década de vida– diseñado para que los residentes mexicanos canten juntos y lo hagan en su lengua. Para ello, invita a paisanos nuestros, compositores especialistas en música coral, y diseminen sus saberes en todos los estratos sociales –sobre todo las aulas de las escuelas– y con el fin de componer obras que los conecte con su origen.4 A la fecha se habla del encargo de más de 240 composiciones, y entre los maestros descuellan los nombres de Jorge Córdova, Jesús Echevarría y Jorge Cózatl. El credo de fondo reza que el canto diluye las diferencias, volviendo materia las emociones. Desde estas páginas nos sumamos insistiendo que la música trasciende muros y la estupidez que los erige.  

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1 Se sugiere su escucha. Encuéntrela en la página: proceso.com.mx

2 Se recomienda visitar el vínculo: www.youtube.com/watch?v=hZMp8LJsyPY

3 Se sugiere su escucha. Encuéntrela en la página: proceso.com.mx

4 Se recomienda la audición de varias de ellas. Visite igualmente la página: vocalessence.org para saber más de esta hermosa iniciativa.