David Garrett al violín

El artista se presenta en el Palacio de Bellas Artes como debe ser y no en el Auditorio Nacional, en un recital a todo lo alto acompañado por el pianista francés Julien Quintin. Un recital clásico donde lo único que extrañamos fue alguna obra de Paganini.

Declaró nada más y nada menos el conductor Zubin
Mehta en 2013:

“Es extraordinariamente honesto cuando se trata de la intención del compositor. No realiza desviaciones inusuales de interpretación. Está orientado de una manera muy clásica porque así es como creció. Estoy muy impresionado de cuán fielmente interpreta las intenciones del compositor; utiliza su técnica y su hermoso sonido para servir a la música que toca.”

David Garrett (Alemania, 1980), mientras estudiaba en Estados Unidos, trabajó como modelo para mantenerse, por lo que algunos críticos lo han llamado el David Beckham del violín. Comenzó su formación violinística a los cuatro años con su padre Georg Bongartz y más tarde estudió en Berlín con Ida Haendel y en Nueva York con Itzhak Perlman en la Juliard School donde se graduó en 2004.

A los trece años firmó un contrato de exclusividad con la discográfica Deutsche Grammophon Gesellschaft. Fue entonces que adoptó como nombre artístico el apellido de su madre (Dove Garrett), bailarina norteamericana.

David Garrett alterna en sus presentaciones su flamante violín Stradivarius (de 1718) o uno de Guadagnini (de 1772), este último adquirido por un millón de dólares en 2003, que en 2007 se dañó al sufrir el músico una caída (el violín fue reparado por tan sólo 120 000 dólares).

En el recital del día 8 en Bellas Artes (tocaría además ahí 10, 11 y 13), Garrett habló con gran claridad sobre cada pieza, demostrando lo estructurado de su pensamiento y de su recital. El banquete musical inició con la Sonata para violín y piano en la mayor de César Franck, que Garrett y Quentin tocaron con delicadeza sin alardes de fortísimos, despreocupados de que tal vez algunas notas no se escucharan bien en la sala principal. El público, como suele pasar, aplaudió cada movimiento en vez de esperar a que terminara toda la obra de 30 minutos. A continuación, la Leyenda en sol menor Op. 17 de Wieniawsky, otra delicada obra de exquisita melodía y lucimiento virtuosístico.

En la segunda parte tocaron un bonito y extenso programa con lo mejor del repertorio clásico, con obras de Sarasate, Rimski Korsakov (el infaltable Vuelo del abejorro), Dvorak, Prokofiev, Kreisler, Monti (las csárdás, claro), Elgar, Tchaikowski, y Bazzini.

Julien Quentin no podía ser más adecuado para Garrett, y tocó con absoluta pulcritud y maestría, siempre acompañó y soportó al violinista de manera correcta. Y recibió del propio Garrett y de la audiencia cálidos y copiosos aplausos.

Para los que quieran saber más de este singular violinista vean el filme de Bernhard Rose El violinista del diablo (2013), donde Garrett interpreta el personaje protagónico.