…Y para los árabes: sólo incertidumbre

Las naciones de lo que podría llamarse “Mundo Árabe” siempre han sido un rompecabezas para la Casa Blanca. Los mandatarios estadunidenses suelen andar por ahí con pies de plomo, aunque sin dejar de intervenir para tratar de conservar la hegemonía occidental en esas tierras. Ahora, con el gobierno de Donald Trump, quien alardeaba en campaña de que apaciguaría la zona a punta de bombardeos, todo mundo está a la expectativa. Nadie sabe –ni él mismo– lo que hará el nuevo presidente de Estados Unidos.

Desde el punto de vista de sus seguidores, Donald Trump será el presidente estadunidense que pondrá orden en el Mundo Árabe o por lo menos asegurará una estabilidad que permita reducir al mínimo la presencia ahí de tropas de su país y los gastos que ello genera.

Esto significaría –según los propósitos declarados por Trump en su campaña–: maniatar a Irán, destruir al Estado Islámico (EI) y a Al Qaeda (AQ), neutralizar definitivamente a los palestinos, recuperar el control de Irak y su petróleo, terminar la guerra en Siria y Libia, darle la victoria a la facción prosaudita en Yemen, regresar al presidente turco Recep Erdogan al rebaño y reforzar al atosigado gobierno de Abdel Fatah Al Sisi en Egipto, además de pactar con el presidente ruso, Vladimir Putin, un reordenamiento de las hegemonías en la región.

Pero los detractores de Trump temen el desastre, el caos sobre el caos: el rompimiento del acuerdo nuclear con Irán, la caída de su gobierno reformista y una posible guerra; un segundo aire para las milicias yihadistas; una agudización del conflicto palestino-israelí con la aniquilación del plan de biestatalidad; la balcanización de Irak, Siria, Libia y Yemen; una confrontación creciente con Erdogan y la caída de Egipto en la guerra civil, además de un retroceso geoestratégico que sería aprovechado por Rusia.

Los primeros movimientos de Trump, sin embargo, no han servido para aclarar cuáles serán sus ejes centrales de acción: si se apegará a sus múltiples y a veces contradictorias declaraciones de campaña, si matizará algunas y se desviará de otras para ajustarse a la realidad del Mundo Árabe, ni si tiene algún tipo de idea sobre lo que verdaderamente quiere o puede hacer.

Lo expresó con claridad Dennis Ross –enviado de los gobiernos de Bill Clinton y George Bush para la paz en Medio ­Oriente– cuando, como orador en una conferencia organizada por la comunidad judía de Londres, el pasado 29 de noviembre, fue invitado a pronosticar qué hará Trump: “Debería empezar por decir que ¡no tengo la menor idea! La idea de que hay alguien que sepa exactamente qué va a hacer en Medio Oriente, como presidente, refleja cierta arrogancia, cuando lo que hace falta es cierta humildad”.

Más intervencionismo

Como sus antecesores, Trump se dará cuenta de que su capacidad de maniobra en esa región –bastante más descompuesta que la que enfrentaron Bill Clinton, los Bush o Barack Obama– es limitada.

En octubre, Chatham House, el think tank del británico Royal Institute of International Affairs, publicó el informe Política hacia Medio Oriente después de 2016, en el cual concluyó que, independientemente de que ganara Hillary Clinton o Trump, cualquiera de los dos dispondría de pocas opciones para ampliar o reducir su intervención regional y tendría que responder a los retos de cada caso y cada momento.

Si bien el gobierno de Obama anunció un rediseño estratégico global de su política exterior –el llamado “pivote a Asia” que reconocía que los equilibrios mercantiles y militares se movían del Mundo Árabe al Mar del Sur de China y, por lo tanto, imponía el traslado de la mayor parte de las fuerzas estadunidenses en el extranjero de la primera región a la segunda–, en realidad le fue imposible escapar de esa zona, que “siguió dominando la política exterior de la administración y seguirá demandando atención y recursos significativos de su sucesor”, asienta el documento.

Obama no logró resolver la cuestión de si “la lucha de Estados Unidos por la primacía” en la zona “era deseable”. Responder esa cuestión será una primerísima tarea para Trump.

Para la administración de Clinton sí era necesario renovar su posición hegemónica, en tanto que Trump –según Chatham House– en ese momento cuestionaba que esto fuera en interés de Estados Unidos. De todas formas, continúa el informe, “la política hacia Medio Oriente tenderá a volverse más intervencionista y confrontacional que en el segundo gobierno de Obama”.

De la cascada de decisiones que tomó Trump en sus primeras dos semanas como presidente –utilizando órdenes ejecutivas para saltarse al Congreso–, la más repudiada fue la de prohibir durante 120 días el ingreso a Estados Unidos de ciudadanos de Irak, Irán, Libia, Somalia, Sudán, Siria y Yemen. La cancelación de decenas de miles de visas, la detención y rechazo de miles de viajeros, la separación de familias y la destrucción de proyectos ocuparon las primeras planas.

Un juez federal revocó la orden a partir, entre otros, de un argumento que el gobierno de Trump fue incapaz de rebatir: la base de la medida es combatir el terrorismo, pero ¿cuántos ciudadanos de esos siete países han sido detenidos por cargos de terrorismo desde 2001? Ninguno. Los atacantes de las Torres Gemelas eran sauditas y Arabia Saudita no fue incluida en la orden. Tampoco las naciones de origen de otros presuntos terroristas que sí fueron arrestados: la misma Saudiarabia, los Emiratos Árabes Unidos, Líbano y Egipto.

La Casa Blanca no ha sido capaz de comunicar con claridad en qué se basó para castigar a ciertas nacionalidades y no a otras. Aunque el EI y AQ son organizaciones que luchan por la visión sunita del Islam, cuatro de los países afectados tienen poblaciones chiitas mayoritarias o significativas, por lo que algunos afirman que la intención tiene primordialmente un sesgo antichiita.

El hecho de que los gobiernos sunitas de Egipto y de los Emiratos Árabes Unidos hayan defendido la orden de Trump, pese a que se origina en su promesa de campaña de impedir el ingreso de los musulmanes de cualquier lugar, fortalece esa impresión y contribuye a ahondar las divisiones sectarias.

Más aún, el miércoles 15 The Wall Street Journal reveló que el gobierno de Trump está en pláticas con los de Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Jordania para construir una alianza militar contra Irán, al estilo de la que los sauditas intentaron crear hace un año, sin éxito.

Y el primer ataque militar ordenado bajo la autoridad del nuevo presidente también provocó enconos, pero en su propio país: fuerzas especiales estadunidenses perdieron a un soldado y mataron a una niña de ocho años el 29 de enero, en una operación contra una base fortificada de la oposición yemenita, una facción que, según Washington, es parte de AQ.

Altos oficiales del ejército estadunidense, consultados por la agencia Reuters, dijeron que la maniobra fue “un manual de lo que no debe hacerse”, pues se carecía de información básica, apoyo de tierra y preparativos de respaldo.

En respuesta a la orden ejecutiva sobre el rechazo a ciudadanos de los siete países, Yemen –uno de ellos– anunció el miércoles 8 que revocaba el permiso a las tropas estadunidenses para realizar operaciones en su territorio. El Parlamento de Irak, donde hay 5 mil soldados estadunidenses, había pasado una resolución en el mismo sentido, que fue bloqueada por el primer ministro.

Lo que más inquietó fue que, pese a que el ataque fue ejecutado en horas hábiles, Trump prefirió permanecer en su residencia, en cama y listo para dormir, en lugar de acudir a la “Sala de Situaciones”, ese lugar donde los presidentes son informados en tiempo real de lo que ocurre, discuten los eventos con sus secretarios y consejeros, y toman las decisiones delicadas.

“Durante la campaña solíamos cansarnos de todas las veces en que Hillary Clinton repetía historias de tensas noches en la Sala de Situaciones, donde esperaba noticias de alguna acción militar en algún lugar del mundo”, asentó el influyente blog conservador Daily Kos. “Nadie se va a cansar de escuchar esas historias de Donald Trump porque, para la primera acción militar que lanzó como comandante en jefe, no le dio la gana presentarse”.

Bendición para el EI

El 13 de enero, 25 demócratas de la Cámara de Representantes le pidieron a Obama, en una misiva, que “haga lo correcto antes de dejar el cargo y detenga” la participación de sus fuerzas en Yemen. Temían que Trump provocara todavía más daños.

Sin embargo, no es el único sitio donde el nuevo presidente puede impactar. Las Fuerzas Democráticas Sirias, una coalición armada en la cual los kurdos son predominantes, por primera vez recibieron tanques artillados de parte de Estados Unidos. Esto provocó indignación en Turquía, que está en guerra con los kurdos (el miércoles 8, en su primera conversación telefónica, Erdogan le pidió a Trump que dejara de apoyarlos en Siria), y también en el gobierno sirio de Bashar al Assad –que había declarado ver “buenos signos” en las posturas de Trump sobre la guerra–, que preferiría que los estadunidenses simplemente dejaran de intervenir.

Trump no ha reiterado sus intenciones pero, como declaró en un acto en Iowa en noviembre de 2015, su táctica contra el EI sería hacerlo volar junto con los pozos petroleros que controla: “Tienen algunos en Siria, algunos en Irak. Yo los haría pedazos a bombazos. Simplemente bombardearía a esos estúpidos. Volaría cada pulgada. No quedaría nada”.

Y en una ceremonia en la Casa Blanca el pasado jueves 9, Trump insistió en lo que considera un agravio insoportable: “Hemos gastado 6 billones de dólares en Medio Oriente. No obtuvimos nada. No retuvimos ni un pequeño pozo de petróleo”, afirmó. “Si nos hubiéramos quedado con el petróleo, probablemente no existiría el Estado Islámico, porque de ahí sacan ellos su dinero”.

Según él, por el simple derecho de conquista, en 2003 Washington debió quedarse con los hidrocarburos de Irak. “Bueno, tal vez tengamos otra oportunidad”, añadió.

Durante el último año el EI ha sufrido un debilitamiento considerable a causa de derrotas militares; de la pérdida de territorio en Siria, Irak y Libia; del sitio que resiste a duras penas en la ciudad iraquí de Mosul y de la caída tanto en sus recursos financieros como en el número de sus tropas.

No obstante, en los foros yihadistas se han registrado muestras de alegría tras la victoria de Trump y a raíz de algunas de sus decisiones, especialmente la prohibición de ingreso a Estados Unidos: si Obama trató de combatir la propaganda extremista explicando que no hay razones para que las personas de diferentes religiones se odien, la nueva ola de expresiones racistas y antimusulmanas puede convencer a muchos fieles de que existe una ofensiva cristiana contra el Islam, como aseguran el EI y AQ, y la orden ejecutiva de Trump les sirve de prueba.

“Es una bendición de Dios para los musulmanes que perdieron su lealtad y su fe, y escogieron la vida mundana con todos los lujos que existen en las tierras apóstatas, en lugar de la tierra de la creencia”, escribió uno de los usuarios yihadistas del sitio web Al Minbar.

Amenazas de novatos

En todo caso, el mayor rival –desde la perspectiva del nuevo presidente– es Irán. El acuerdo alcanzado con ese país por el grupo 5 + 1 (Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña, Francia y Alemania), por el cual suspendía su programa nuclear a cambio del levantamiento de las sanciones comerciales y financieras en su contra, fue utilizado por Trump durante su campaña como ariete contra Obama y Clinton: “Es uno de los peores pactos jamás hechos, uno de los pactos más tontos jamás hechos”, aseguró.

Su velocidad para comprobar que sostenía su intención de destruir el acuerdo, sin embargo, no fue tan rápida como la que tuvo para ordenar la construcción del muro en su frontera sur. En lo que fue interpretado como una maniobra para sondear las intenciones de Washington, Irán realizó una prueba con un misil balístico de mediano alcance el 29 de enero.

La Casa Blanca se manifestó de inmediato. El miércoles 1, en conferencia de prensa, el general retirado Michael Flynn, asesor de seguridad nacional de Trump, criticó al gobierno de Obama por “no haber respondido adecuadamente a las acciones malignas de Teherán”, gracias a lo cual “Irán se ha envalentonado”. Pero a partir de ahora, continuó, “ponemos a Irán bajo advertencia”. Ni él ni otros tres funcionarios que hablaron con periodistas ese día, sin embargo, quisieron adelantar qué medidas tomarían si los iraníes proseguían con su actitud.

Cuestionados sobre si romperían el pacto nuclear, los iraníes explicaron que el texto no prohíbe pruebas con cohetes como el lanzado, que no tiene capacidad para llevar una carga nuclear, por lo que “las preocupaciones sobre estos misiles son un asunto separado de ese acuerdo”.

Trump tampoco hizo precisiones y se limitó a asegurar que nada, ni una acción militar, estaba “fuera de consideración”.

“No es la primera vez que nos amenazan líderes sin experiencia”, contestó ese mismo día el ayatola Alí Jamenei, líder supremo de Irán.