A ver si los señores que administran la franquicia de la universidad tapatía, la segunda en población escolar del país, no me vuelven a tachar de ‘udegéfobo’. Muchos años le estuve dedicando mi atención a la casa de estudios, en la que me formé y luego trabajé hasta que llegó el término de mi jubilación. Mis juicios sobre ella han pretendido ser críticos, con la intención de señalar aspectos que puedan ser revisados para mejorar. Un día sus administradores actuales, quienes cobran en sus puestos oficiales más altos, se molestaron con mi pluma y me tacharon de lo dicho, buscando tapar mis honras con estiércol. Son gajes del oficio.
Acabamos de vivir una marcha más, a nivel nacional, de muchas escenificadas por el año que corre. Aunque la del domingo 12 de febrero tuvo distinta paternidad. Todo el mes de enero nos la pasamos yendo y viniendo de la glorieta de la Minerva al centro, azuzados por el alza a los combustibles. Las movilizaciones en contra del llamado gasolinazo no fueron exclusivas de la perla tapatía, sino que vinieron a ser concordes con la molestia manifestada en casi todas las ciudades del país. En todas ellas sale a flote una propuesta sentida por la población: la exigencia de que se vaya del Poder Ejecutivo Peña Nieto.
Así se grita la consigna de manera breve. Pero lo que tal proclama encierra dice que se vayan todos, él y sus achichincles, él y sus consejeros, él y los partidos políticos que lo arropan, él y los llamados legisladores que le llevan la solfa, él y todo el aparato de poder en que se apoya, él y su sistema de exacciones a la población, él y sus malhadadas reformas estructurales, él y el boato de su círculo más cercano, él y su insensibilidad política, él y la estupidez política con la que ha estado enfrentando la situación de emergencia que vivimos.
Con la entronización del presidente gringo, les vino de maravilla la trompicada forma de operar del magnate para usarla de muleta y distraer nuestra molestia. Los consejeros del gobierno, que no parecen tan avisados en sus cálculos por la forma como se les revierten sus iniciativas, la vieron como oportunidad de oro para convocar a una marcha que manifestara nuestra unidad para repudiar el antimexicanismo expreso del señor rubio de la Casa Blanca.
La gente saldrá a la calle, calcularon. Y una vez en los arroyos la haremos gritar mueras en contra de Trump y vivas a favor de Peña. Como el numerito ha salido bien casi siempre, con la borregada mexicana, pusieron manos a la obra. Los titiriteros del poder idearon subir al estrado a quienes suponen sus personajes emblemáticos, que dizque mueven las conciencias de nuestras mayorías.
La idea no es mala. Nunca estará de más toda convocatoria a salir prestos a la calle con consignas a favor de la comuna, a enderezarnos como un solo hombre a resolver litigios colectivos, a cogernos de las manos y de consuno zanjar nuestras diferencias públicas. Pero como dicen los rancheros, una cosa es Juan Domínguez y la otra, ya la saben. ¿En torno a qué figura se iba a nuclear este esfuerzo de unidad, cuando tenemos décadas de centrifugación? Se les ocurrió levantar el ídolo del presidente, porque nuestra tradición presidencialista nunca antes ha fallado. Ya con las consignas y los ídolos definidos, vino la convocatoria. Se conocen los que salieron a la palestra a levantar el dedo, los promotores favoritos del régimen, la derecha irredenta: Isabel Miranda de Wallace, Claudio X. González y otros pillos de esta calaña.
¿Dónde tenía el cerebro el rector de la UNAM, Enrique Graue, para sumarse a coro tan infumable de convocantes? Muchos cuerpos académicos, muchos grupos universitarios activos, que en la universidad nacional suelen alzar la voz y no permanecer mudos, se deslindaron de la iniciativa de su rector, la calificaron de unilateral, de no consensada. La tildaron hasta de acto carente de congruencia y ajeno a la forma de operar unamita. Es un desatino, por decir lo menos, vincular el prestigio de la UNAM, al salir a marchar juntos con Mexicanos Primero, con la Coparmex y con otros cuerpos impresentables.
La cuestión allá, en la capital, se calentó. Pero en Jalisco también se puso el horno para bollos de la misma forma que en el centro. Aquí también convocó a marchar el rector de la universidad tapatía, Tonatiuh Bravo. Aquí no hubo voces, ni solitarias, que lo descalificaran, que cuestionaran su iniciativa. A Graue le fue como en feria. Muchos subordinados lo pusieron de gualda y oro. Aquí, en la perla tapatía, nadie alzó la voz. El patrón habló, la borregada se plegó sumisa al mandato y se dispuso a marchar.
En la capital, según las imágenes posteriores a esta famosa marcha, la gente de la UNAM dejó solo al desatinado rector. Marchó él, acompañado de una o dos decenas de funcionarios a su lado. Así se comprobó el desacierto de su convocatoria. Aquí, en la tierra del tequila y del mariachi, los contingentes de universitarios fueron nutridos. Nuestros muchachos salieron a la calle y gritaron consignas banales al señor güero que despacha en Washington. Un mariachito desafinado iba con el contingente del SUTudeG entonando la canción de “El Rey”. Al llegar a la estrofa de “con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley”, modificaron la letra y cantaron: “con el muro y sin el muro, hago siempre lo que quiero”. Es el nivel de politización que muestran nuestros contingentes universitarios locales. Puestos en situaciones de emergencia como la actual, no tenemos muchas agarraderas.
Iban nuestros muchachos marchistas vestidos con colores del lábaro patrio, que fue una de las consignas. Pero su falta de praxis les cobró el tributo. Nunca nos acompañaron, cuando nos desvivimos por exigir la aparición con vida de los muchachos de Ayotzinapa; nunca se despliegan para protestar en contra de las arbitrariedades de nuestros gobernantes; toda algarada popular les es ajena.
La UdeG estaría obligada a aparecer, codo con codo, con el IPN y con las normales rurales. Proviene de la misma cuna que ellas, del cardenismo. Debería sumarse a las luchas promovidas por las escuelas superiores de agricultura, que también son sus hermanas. Pero el cardenismo de origen de la UdeG está sepultado. En lugar de enarbolar objetivos con sentido social, de raigambre popular, ahora iza los pendones de la derecha y hasta los presume. En consecuencia, sus apariciones en público son lánguidas, “escuálidas”, como calificaba Hugo Chávez a las manifestaciones de sus detractores.
Ojalá pudiera afirmarse de aquí, como con la UNAM, que se trata de meros desatinos de su rector y de los achichincles que le rodean. Ojalá la base social universitaria los dejara desfilar solos. Pero aquí sí tiene resonancia su convocatoria, así sea tan reaccionaria como la de esta famosa marcha nacional por la unidad en torno a Peña Nieto. ¡Qué triste transformación ha sufrido el alma mater tapatía y… ni visos de enderezarse!








