Critica a la tecnología digital

Conectados, participantes en redes sociales, navegantes del ciberespacio, miembros de comunidades virtuales, seres intangibles son nombres para describir el perfil de personas adscritas al nuevo fenómeno comunicativo, aquel auspiciado por la tecnología digital. Día a día se suman más personas que dan a los instrumentos técnicos control sobre sus vidas. O al menos parte importante de su forma de estar en el mundo.

Han pasado ya 25 años desde que los dispositivos digitales se volvieron de uso común. La computadora y la telefonía celular llevan la mano en extensión, y a través de éstas las compañías que gestionan la búsqueda o la interconexión entre usuarios crecen multiplicándose.  Consecuencias favorables o dañinas están apareciendo, la crítica se ocupa de señalarlas en libros, artículos periodísticos y programas de televisión.

Documentales, emisiones históricas, entrevistas, biografías de los iniciadores han formado parte de la programación televisiva. También mesas redondas con variopintos comentaristas. Un ejemplo en el canal de SPR es Día cero. Generación digital, actualmente al aire. Pero ninguna tan demoledora en exponer riesgos, pronósticos y catástrofes debidas al hombre que se deja dominar por la tecnología cómo la serie Black Mirror (Espejo negro).

Visible en Netflix, la serie es distinta a todas las demás. Cierto que su temática central: la tecnología digital de avanzada, se repite. Sin embargo las historias son muy disímbolas, los personajes también. El guión tiene autores distintos, cada uno rebosa imaginación. Una enorme carga de terror nos mantiene alertas a lo largo del episodio en donde se combinan referencias a realidades con premoniciones fantasiosas aunque probables.

Se explota el accionar de “me gusta” hasta llevarlo al absurdo: crear nuevas clases sociales a partir del número de likes dados a una cuenta, es decir a una persona. Ya no es el dinero, sino el me gusta lo que hace a alguien susceptible de entrar a ciertos lugares, codearse con alguien, viajar o rentar una casa. Una especie de puntos de los que se usan hoy para evaluar a los académicos. Lo que da lugar a un me gusta es el comportamiento adecuado, políticamente correcto. Y por un error se pueden ir perdiendo hasta quedar en la indigencia, tal como le sucede a la protagonista de la historia. Parece ficción pura, pero no, se dice que en Japón la entrada a ciertos clubs se permite a partir de los likes. Y en ciertas redes, los “me gusta” obtenidos hacen subir o bajar la autoestima de una mujer cuya foto aparece en su perfil.

Pedaleando para lograr puntos que permiten obtener comida, viven los personajes de otro episodio. Su lugar de descanso, que no casa, consiste en un cubo cuyo techo y paredes son de cristal líquido. En éstas se proyectan continuamente anuncios, pornografía y anuncios que no pueden dejar de verse. Las relaciones entre las personas aprisionadas en este mundo es el de la contigüidad entre bicicletas y el intercambio logrado en los minutos destinados a alimentarse. La meta es conseguir la mayor cantidad de puntos, extenuándose en la bicicleta. Sólo así se aspira a un status mejor: el de ser un objeto de espectáculo.

Black Mirror despliega una crítica sin concesiones que mueve a la reflexión.