Cerca de un cuarto de millón de personas visitó, del 5 de octubre hasta el 17 de enero en el Gran Palais de la capital francesa, la muestra mexicana de arte de la primera mitad del siglo XX, Diego Rivera, Frida Kahlo, José Clemente Orozco y las vanguardias, que incluyó una sección dedicada a la época de oro del cine nacional. Aquí se recogen las opiniones del público, las apreciaciones de la crítica especializada y el ambiente que rodeó a las actividades paralelas y al bazar de artesanías, donde, además de campear la “fridomanía”, se instalaron las calaveritas de azúcar…
París, FRANCIA.- El proyecto era ambicioso: convertir la muestra Mexique 1900-1950, Diego Rivera, Frida Kahlo, José Clemente Orozco y las vanguardias, inaugurada el pasado 5 de octubre, en uno de los principales acontecimientos artísticos parisinos del último trimestre de 2016.
El total de 225 mil 722 visitantes que acudieron al Grand Palais para descubrir “el amplio panorama de la modernidad mexicana” propuesto por Agustín Arteaga, exdirector del Museo de Arte Moderno y curador de la muestra, nada tiene que ver con los 597 mil 390 visitantes que hicieron colas durante horas para ver la muestra Magritte , la trahison des images, que el Museo Pompidou presentó casi en las mismas fechas que la exposición mexicana.
La asistencia a Mexique 1900-1950 fue un poco inferior a la de Teotihuacan Cité des dieux, organizada del 6 de octubre de 2009 al 24 de enero de 2010 en el Musée du Quai Branly (Proceso, 1719 ) que fascinó a 235 mil 723 personas, y ligeramente superior a Mayas, révélation d’un temps sans fin, albergada por la misma institución del 6 de octubre de 2014 al 7 de febrero de 2015 (Proceso, 1980) y que sedujo a unas 223 mil 581 más.
¿Pueden alegrarse de estos resultados Agustín Arteaga, quien seleccionó las 200 obras presentadas en París así como los responsables de la Secretaría de Cultura, del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Museo Nacional de Arte (Munal) que lo apoyaron?
Sin duda la respuesta del público francés es muy halagadora. Y los visitantes que la corresponsal entrevistó a la salida del Grand Palais confirmaron la acogida favorable de la exhibición. Casi todos se mostraron a la vez “abrumados” por la cantidad de obras expuestas en Mexico 1900-1950, y “apantallados” por la “energía desbordante” de los artistas mexicanos de la caótica primera parte del siglo XX. Algunos hablaron inclusive de “furor creativo”, otros de “inmensa libertad” y todos reconocieron que antes de ver la muestra no tenían la menor idea de ese ”hervidero artístico”.
Contrastan sus reacciones con las mucho más mitigadas de los críticos de arte desestabilizados por la compulsión con la que Agustín Arteaga acumuló obras en las 10 salas del Grand Palais. Los periodistas se notaron también asombrados por la organización temática a veces confusa y la falta de audacia de la escenografía del evento confiado al despacho de arquitectura parisino Jodar Architecture.
Lo más interesante a nivel museográfico fueron los espacios dedicados al séptimo arte, cuyas altas paredes tapizadas por grandes pantallas vibraban al ritmo de las inolvidables imágenes en blanco y negro de la Época de Oro del cine mexicano.
En cambio, la presentación de las obras en las demás salas repartidas en los dos pisos del Grand Palais era de un clacisismo que recordaba la solemnidad de los museos del siglo XIX.
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Philippe Dagen, decano de los críticos de arte galos, que lleva 40 años colaborando con Le Monde y está considerado en Francia como “referencia imprescindible”, comentó, mordaz, en la edición del pasado 13 de octubre del vespertino:
“Del arte mexicano de la primera mitad del siglo XX, tiempo de revoluciones y guerras civiles, se tiende a mencionar sólo dos nombres: Frida Kahlo y Diego Rivera. En el Grand Palais hay un centenar de artistas. Es demasiado porque en algunas salas enumerativas uno se pierde entre los artistas cuya presencia se debe más a la preocupación de no olvidar a nadie que al interés de sus obras.”
Esa profusión perturbó tanto al periodista, que renunció a reseñar la muestra y optó por abrir un diálogo entre algunas obras mexicanas presentadas en el Grand Palais y las de artistas estadunidenses exhibidas en el Musée de l’Orangerie, en el marco de una interesante muestra: La Peinture Américaine des années 1930. Ese va y viene entre las dos exposiciones le permitió señalar “correlaciones y complicidades” entre pintores “oriundos de ambos lados del Río Grande”.
Dagen comentó, por ejemplo:
“En el Musée de l’Orangerie se puede ver un cuadro extraño y poco conocido de Louis Guglielmi: Retrato en el desierto, Lenin, que el artista pintó en 1935. En el primer plano, una gran imagen de Lenin en blanco y negro reposa contra un poste eléctrico. En el segundo plano, más allá de un basurero, yace un cadáver. Sale humo de chimeneas de fábricas. La alegoría es explícita. Pero la obra es también una alusión al mural borrado de Rivera en el que estaba representado ese mismo retrato de Lenin, insufrible para los Rockefeller.”
Crítica de arte del matutino Le Figaro, Valérie Duponchelle también insistió sobre la profusión de obras presentadas en la muestra en una nota publicada el pasado 11 de octubre del diario conservador.
Después de definir Mexico 1900-1950 como la exhibición “quizá demasiado densa de un arte nacional que se caracteriza por su ideología y su extraña singularidad”, la periodista, quien se nota un tanto aturdida por su visita al Grand Palais, escribió:
“‘Extraño’ es sin duda el calificativo más idóneo para describir el panorama de la modernidad mexicana que cubre el prolífico periodo 1900-1950 y se oculta detrás de artistas míticos, como Diego Rivera, Frida Kahlo y José Clemente Orozco. Escondida detrás de estos estandartes de la vanguardia descubrimos una multitud de ideas que fueron revolucionarias y de artistas apasionados y singulares, como las pintoras Nahui Olin u Olga Costa.”
Duponchelle sintetizó así la impresión que le dejó la muestra:
“Con sus temperamentos fuertes, estos artistas traducen la ebullición de un país nuevo (sic) con raíces europeas por sus inmigrantes, sus viajeros y sus modelos, y americanas por sus nativos y su inconsciente colectivo.”
Es obvio que Judith Benhamou, cronista artística de Les Echos, de igual forma se mareó en la muestra. Enfatizó en una nota publicada en la edición del 6 de octubre del diario económico:
“La civilización precolombina, sus dioses, sus ritos, sus formas y su pueblo fueron rechazados por el colonizador español. Urgía el surgimiento de artistas con pensamientos progresistas. Es lo que uno entiende muy pronto visitando la gigantesca exposición del Grand Palais que ofrece un balance de la modernidad mexicana del principio del siglo XX. La virtud del recorrido es hacernos descubrir artistas extraordinarios y desconocidos en Francia. Su defecto es mostrarnos pinturas mediocres en un afán de exhaustividad.”
Tal como lo hizo Philippe Dagen, Benhamou se abstuvo de precisar cuáles artistas le parecían indignos del Grand Palais, pero, a diferencia del crítico de Le Monde, la periodista de Le Figaro no resistió la tentación de referirse a Diego Rivera como “el marido infiel de Frida Kahlo”.
También sorprenden otras anotaciones de la crítica de arte:
“Hay que ver absolutamente el cuadro Niña con perico que Carlos Mérida pintó en 1917 a la manera de Modigliani pero con estilo indígena”, afirmó antes de dejar rienda suelta a su fantasía ante Indias, de la serie Los Teules, de Orozco:
“Otra obra maestra de la muestra es la que José Clemente Orozco pintó en 1947. El cuadro representa a dos mujeres indígenas cuyos rostros se parecen a máscaras. Están paradas y a sus pies se ven esqueletos enroscados. ¿Se trata de vestigios de un rito de antropofagia? ¿De una venganza contemporánea? Casi siempre hay un mensaje político oculto en la pintura moderna mexicana.”
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Poco comentadas por la prensa pero bastante concurridas fueron las actividades paralelas a la muestra, como la proyección de películas del patrimonio cinematográfico mexicano y una serie de conferencias sobre temas diversos.
Entre las más exitosas destacaron A travers l’art moderne mexicain, de Serge Fauchereau, escritor, historiador del arte y especialista de las expresiones artísticas latino y norteamericanas. También despertaron bastante interés la plática titulada Cinéma mexicain, tradition et modernité, de Paolo Antonio Paranagua, autor de varios libros dedicados al séptimo arte de América Latina, o la charla de la artista visual Betsabeé Romero, Les artistes mexicaines. Los melómanos, por su lado, pudieron descubrir –o redescubrir, para los más cultos– obras de los músicos Manuel M. Ponce, Rodolfo Halffter, Eduardo Hernández Moncada, José Rolón y Silvestre Revueltas.
Inevitable fue la proyección de Frida, de Julie Taymor, protagonizada por Salma Hayek, e inadmisible fue la ausencia de Frida, naturaleza muerta, de Paul Leduc, con la inolvidable actuación de Ofelia Medina…
Otra sorpresa de estos tres meses y medio de presencia mexicana en París resultó el éxito de la boutique del Grand Palais convertida en tienda de artesanías y en mini-librería dedicada a la literatura mexicana traducida al francés. Vivió atascada.
Los artículos más vendidos fueron obviamente el catálogo de la muestra (3 mil 300 ejemplares) y una revista de costo mucho más accesible especialmente editada para la exposición (11 mil ejemplares). Pero como sigue viento en popa la “fridomanía” en la Ciudad Luz, triunfaron también los productos derivados de Frida Khalo.
No se quedaron atrás, sin embargo, artesanías más auténticas: cestería fina, guajes decorados, árboles de la vida, tejidos, aretes de plata, corazones y exvotos de latón…
A lo largo de octubre y noviembre se vendieron como pan caliente calaveritas de Día de Muertos, cuya infinita variedad deslumbró tanto como divirtió a los visitantes de la tienda. Pero su venta bajó en forma espectacular en la medida en que se iban acercando las fiestas navideñas. Una de las empleadas de la boutique reveló a la reportera las claves del misterio:
“Ofrecer como regalo de Navidad una figura de la muerte, por muy humorística que sea, puede ser percibido de pésimo gusto en Francia”, susurró en tono confidencial.
Todavía faltan muchas exposiciones artísticas y de artesanías mexicanas para que los franceses puedan liberarse del tabú de la muerte.
¿Cómo reaccionará el público del Dallas Museum of Art que presentará Mexico 1900-1950 del próximo 12 de marzo al 16 de julio en este principio de la era Trump?
¿Será el invitado de honor de la inauguración de la muestra Christopher Suprun, gran elector republicano de Texas que rehusó votar por Trump, entre otros motivos, por “su forma de atacar a las personas que no considera adecuadas o valiosas, o que no son de origen étnico apropiado”?








