El economista Henry Acosta, pieza fundamental para los primeros contactos entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC, cuenta en entrevista algunos de los episodios desconocidos que marcaron el proceso de paz que puso fin a un conflicto armado interno de más de medio siglo. Dice, por ejemplo, que Iván Márquez era el negociador “más duro” del grupo insurgente y aspiraba “a que Colombia fuera un país socialista”.
Bogotá.- El primer problema que enfrenta un gobierno cuando quiere negociar la paz con un grupo guerrillero que opera en la clandestinidad es el de las comunicaciones. ¿Cómo hacer contacto con una organización al margen de la ley, que no tiene una oficina con secretarias ni un teléfono al cual llamar para sopesar las posibilidades de comenzar un diálogo?
Ese problema se lo resolvió al presidente Juan Manuel Santos un veterano economista que la gran mayoría de colombianos desconoce, pero cuyo rostro es muy familiar para los delegados del gobierno y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que durante cuatro años negociaron un acuerdo de paz en La Habana, Cuba.
Su nombre es Henry Acosta Patiño y su labor fue determinante para que el gobierno de Santos y los jefes de esa guerrilla hicieran contacto y comenzaran a hablar del fin de una guerra que se prolongó 52 años y dejó más de 220 mil muertos.
Acosta fue tan eficaz como emisario secreto entre Santos y la organización insurgente más antigua y poderosa de América Latina, que una vez concluidas sus gestiones como emisario continuó como facilitador del diálogo entre las partes, el cual había de concluir de manera exitosa el pasado 24 de noviembre con la firma de un acuerdo de paz que ya lleva siete semanas de implementación.
Tan involucrado estuvo Acosta en la génesis, el desarrollo y el desenlace del proceso de paz con las FARC, que, como pocos, conoció sus intimidades y a sus protagonistas.
En entrevista con Proceso, este economista y exfuncionario de las Naciones Unidas sostiene que el fin de la guerra con esa organización insurgente tuvo “dos grandes puntales”: el presidente Juan Manuel Santos, por persistir en las negociaciones a pesar de que durante los cuatro años que se prolongaron enfrentó una férrea oposición atizada por su antecesor, Álvaro Uribe; y Alfonso Cano, quien fue el comandante en jefe de las FARC que tomó la decisión de buscar una salida negociada al conflicto.
“Si Cano no hubiera sido un convencido de buscar la paz, no se inicia esto”, afirma Henry Acosta.
Según sus cuentas, este proceso arrancó el 12 de julio de 2010, cuando Santos era presidente electo de Colombia y Acosta le aseguró que las FARC estaban listas para comenzar una negociación.
El 29 de agosto, tres semanas después de asumir la Presidencia, Santos llamó al economista, lo citó en la Casa de Nariño, sede del Ejecutivo, y le dijo: “Cuénteme cómo es la cosa (de su relación con el alto mando de las FARC) porque estoy pensando en hacer la paz”.
El 7 de septiembre, el mandatario habilitó a Acosta como su emisario personal al enviar con él un primer mensaje a la organización guerrillera en el que le proponía iniciar contactos con miras a un proceso de paz. Sus delegados para eventuales encuentros, señaló el jefe de Estado, serían su hermano Enrique Santos –ex director del diario El Tiempo y quien conocía personalmente a Alfonso Cano– y el excomisionado de Paz, Frank Pearl.
“Mensaje urgente”
En su labor como emisario, Henry Acosta, de 68 años, recorrió montañas e intricados caminos en la selva. Lo hizo en su camioneta de doble tracción, a lomo de mula y caminando con tropas guerrilleras.
“Pasamos muchos riesgos, pero era lo que había que hacer”, señala. Y habla en plural porque en esos trayectos para llevar y traer mensajes siempre lo acompañó su esposa Julieta.
Como un pacto no escrito entre el presidente y las FARC era “negociar la paz como si no hubiera guerra y hacer la guerra como si no hubiese negociaciones de paz”, los bombardeos a los campamentos de las FARC continuaron con la misma intensidad.
Tan fue así, que el 22 de septiembre de 2010 fue muerto durante un bombardeo el jefe del Bloque Oriental de las FARC, Jorge Briseño, El Mono Jojoy, el segundo hombre en la línea de mando de la organización y el de mayor poder militar.
Pero los contactos con el gobierno de Santos no se detuvieron. Sólo tres semanas después de la muerte del Mono Jojoy, el comandante de las FARC, Pablo Catatumbo, le hizo llegar a Acosta una memoria USB con un mensaje para el presidente Santos. Decía que esa guerrilla aceptaba dialogar con Enrique Santos y Frank Pearl para explorar unos diálogos de paz.
En los meses siguientes los delegados del presidente Santos se reunieron con varios jefes guerrilleros en la frontera colombo-venezolana y en la isla de La Orchila, en Venezuela.
Pero el 4 de noviembre de 2011, cuando ya los delegados de las FARC y del gobierno de Santos preparaban un encuentro secreto en La Habana para comenzar a elaborar la agenda de negociaciones, vino el primer gran contratiempo: la muerte de Alfonso Cano.
Ese día, el jefe de las FARC fue abatido en su campamento durante un operativo militar. Para esa guerrilla, la muerte de su máximo comandante fue un “crimen” porque ocurrió cuando él estaba en estado de indefensión. Un soldado de las fuerzas especiales del Ejército lo mató de tres disparos.
“Cuando muere Alfonso Cano, Timoleón Jiménez (Timochenko, actual comandante en jefe de las FARC) recoge la bandera y dice ‘vamos a hacer lo que Alfonso dijo que había que hacer: la paz’”, asegura Acosta.
Y dice que Timochenko mantuvo esa postura a pesar de que el jefe de seguridad de Cano, Pacho Chino, señaló que al jefe guerrillero “lo mataron a las siete y media de la noche, después de que lo habían tenido preso desde las 11 y media de la mañana”.
Dos días después de la muerte de Cano, un correo humano de las FARC llegó muy temprano a la casa de Acosta en la suroccidental ciudad de Cali y le dijo: “Señor, que se vaya para Morales (municipio del departamento del Valle del Cauca). Por ahí, muy adentro, donde usted sabe, lo esperan para darle un mensaje urgente”.
El economista entendió. Tomó su vehículo y después del mediodía llegó a un paraje rural donde lo esperaban dos guerrilleros que lo condujeron con el comandante Óscar, quien lo recibió en una casita de madera.
“El camarada le manda a decir –señaló Óscar—que le diga al presidente Santos que, a pesar de todo lo que ha pasado, los diálogos continúan porque vemos la caída de nuestro comandante (Cano) como parte de las vicisitudes de la guerra.”
–¿Qué camarada me manda a decir esto? –preguntó Henry.
–El camarada Pablo Catatumbo –respondió Óscar.
Al día siguiente Acosta fue recibido por el presidente Santos, a quien transmitió el mensaje.
Tres meses después, en febrero de 2012, representantes de Santos y de las FARC comenzarían en La Habana una reunión secreta. La delegación del gobierno estaba encabezada por el periodista Enrique Santos y el nuevo comisionado de Paz, Sergio Jaramillo, y la de las FARC por el comandante Mauricio Jaramillo, El Médico.
Antes del inicio de esos encuentros, Enrique Santos y Jaramillo tuvieron una larga reunión con Acosta, quien intentó transmitirles su convicción de que las FARC habían tomado la decisión política de buscar una salida negociada a la guerra.
“Ellos me preguntaban: ‘¿Pero será que las FARC sí van a entregar las armas?’, y yo les decía: ‘Hombre, sí, eso va a ser una consecuencia lógica de la negociación’. Es como si yo te compro un carro y me preguntas ‘¿será que me lo pagas?’. Si te lo compro, ¡claro que te lo tengo que pagar!”, afirma Henry.
El economista recuerda que al inicio de los diálogos exploratorios en La Habana “hubo una crisis berraca (muy dura) porque Sergio Jaramillo se paró en un tablero (pizarrón) y comenzó a escribir los puntos que, a su consideración, debía incluir la negociación de paz, y como de tercero o cuarto puso ‘la desmovilización de la guerrilla’”.
Ese término indignó a los delegados de las FARC. Uno de ellos, Rodrigo Granda, se levantó de su silla, interrumpió a Jaramillo y expresó con molestia: “¡Un momento, nosotros nunca nos vamos a desmovilizar, movilizados siempre vamos a estar, y si ustedes no entienden esto, nos vamos!”.
Dos días después el diferendo de resolvió con un acuerdo: se hablaría se “desmovilización armada” de las FARC, pero nunca de renunciar a la movilización política.
Otro término que las FARC tampoco aceptaron en los acuerdos fue el de “entrega” de armas. Hasta hoy, el grupo insurgente habla de “dejación” de armas, aunque en los hechos las entregarán a personal de las Naciones Unidas.
En agosto de 2012, tras seis meses de reuniones en La Habana, los delegados de la guerrilla y del gobierno acordaron una agenda de negociaciones de seis puntos: desarrollo agrario; participación política; fin del conflicto (en el que se habla de “dejación de las armas”); drogas ilícitas; víctimas y justicia; e implementación, verificación y refrendación de lo acordado.
Durante esos encuentros secretos en La Habana, Henry Acosta pasó de emisario a facilitador.
Estas funciones, para las que se requiere tener “toda la confianza y credibilidad de las dos partes”, las seguiría cumpliendo desde noviembre de 2012 hasta septiembre de 2016, lapso durante el cual las FARC y el gobierno colombiano negociaron los acuerdos de paz suscritos en noviembre pasado.
El economista vivió esos cuatro años entre Cali y la capital cubana.
El camarada Pablo
Hasta finales de los noventa Acosta sólo conocía de las FARC lo que leía en los periódicos. De hecho, nunca se había imaginado haciendo amistad con ningún integrante de esa guerrilla. Él era entonces un economista experto en cooperativismo, exsecretario de Desarrollo Comunitario de la ciudad de Cali y funcionario de las Naciones Unidas.
Pero un día de 1998 transitaba en su vehículo por la cordillera oriental, cerca de Cali, para visitar una cooperativa agrícola, cuando se topó con un retén de las FARC. Los guerrilleros le ordenaron parar y, tras revisar sus papeles, le dijeron:
–Síganos y usted habla con el camarada.
–¿Qué camarada? –preguntó.
–Usted síganos.
Tras un trayecto de media hora, Henry llegó a una hacienda en la que el “camarada” resultó ser el comandante de las FARC Pablo Catatumbo, a quien de inmediato identificó porque era uno de los jefes de esa guerrilla más visibles para la opinión pública.
“Yo saqué un currículum mío que traía en un portafolios y le dije ‘este soy yo’. Me pidió disculpas porque sus hombres me llevaron hasta allá, pero a él le llamó la atención que yo fuera trabajador de las Naciones Unidas y me invitó a conversar”, recuerda el economista.
Dice que la conversación comenzó a las 9:30 de la mañana y a las 11 de la noche seguían hablando de historia y de política, temas de los cuales ambos son voraces lectores.
En ese encuentro comenzó a cimentarse una amistad. Henry se convirtió en un visitante frecuente del refugio del jefe guerrillero, a quien le llevaba libros y con quien pasaba largas horas conversando.
El nivel de interlocución y confianza que alcanzó con Pablo Catatumbo, sus relaciones con el mundo político del suroccidente del país y las vicisitudes de la guerra, acabaron por convertir a Acosta en un puente natural entre las FARC y la institucionalidad colombiana.
Cuando las FARC secuestraron, el 11 de abril de 2002, a 12 diputados locales del Valle del Cauca, Acosta llevó a los familiares de tres de ellos a hablar con Pablo Catatumbo. Aunque esas gestiones fueron infructuosas, porque la guerra se recrudeció con la llegada de Álvaro Uribe a la Presidencia, en agosto de ese año, el economista demostró su capacidad para abrir puertas de uno y otro lado.
En los hechos, se convirtió en el único colombiano en tener acceso al Secretariado de las FARC –el máximo organismo de dirección de esa guerrilla, integrado por siete miembros, entre ellos Pablo Catatumbo– y a los más altos niveles del gobierno colombiano.
Con el presidente Uribe, quien gobernó Colombia entre 2002 y 2010, Acosta se reunió 31 veces a lo largo de esos ocho años. En vano intentó convencerlo de dialogar con las FARC, luego de que el mandatario había dado fuertes golpes militares a esa guerrilla y de que resultara evidente que el conflicto nunca se resolvería por la vía armada.
Ni el Estado tenía capacidad para aniquilar a esa guerrilla, ni las FARC podían tomar el poder por medio de las armas.
“Yo le decía a Uribe: ‘Hay que negociar, presidente’, pero él no quería negociar, quería rendirlos. Me decía: ‘Que me entreguen las armas y yo los trato bien’, y eso no era posible porque, militarmente, las FARC no estaban derrotadas”, afirma Acosta.
Pero Santos, quien había sido ministro de Defensa de Uribe, asumió el 7 de agosto de 2010 la Presidencia con la convicción de que, luego de ocho años de guerra total contra las FARC, era el momento de buscar un diálogo con esa guerrilla. Y Henry era su emisario perfecto.
Crisis en La Habana
De las negociaciones en La Habana, Acosta recuerda con mucha precisión los momentos más difíciles. El peor, dice, fue en noviembre de 2013, cuando el jefe de la delegación de las FARC, Iván Márquez, y su inseparable asesor Jesús Santrich, insistían en que, además de los seis puntos de la agenda, debían discutirse los temas planteados en el preámbulo de ese documento elaborado durante los diálogos
exploratorios.
Y es que, antes de mencionar los seis puntos que negociarían las partes, el texto señalaba la necesidad de propiciar “el desarrollo económico con justicia social”, con “equidad y bienestar”.
Estas palabras, especialmente para Márquez y Santrich, abrían las puertas para negociar el modelo económico colombiano.
“Esto se fue volviendo tan repetitivo en las discusiones en la mesa, que al terminar un ciclo de negociaciones, en noviembre de 2013, los delegados del gobierno regresaron a Bogotá y le dijeron al presidente Santos que no podían continuar porque las FARC insistían en discutir el preámbulo de la agenda, y sería una discusión interminable”, cuenta el economista.
Acosta le recomendó al presidente persistir en los diálogos, lo cual fue posible por el convencimiento de las FARC de que el modelo económico no sería sometido a negociación.
“Eso era idea de Iván (Márquez), quien fue la línea dura durante todos los diálogos y la más ortodoxa desde el punto de vista del marxismo-leninismo. Iván y Santrich, al inicio de los diálogos, pretendían que este fuera un país socialista, cuando la Unión Soviética se había desarticulado 20 años atrás y cuando Cuba está en un proceso de apertura económica”, señala Acosta.
Afirma que la posición de Timochenko, el comandante en jefe de las FARC, y de los miembros del Secretariado, Pablo Catatumbo, Pastor Alape, Mauricio Jaramillo, Carlos Antonio Lozada y Joaquín Gómez, siempre fue más conciliadora.
En cambio Iván Márquez, también integrante del Secretariado, “tenía reservas con ese diálogo y por eso Timochenko lo mandó como jefe de los negociadores, para que no hiciera oposición desde afuera”.
Al final, dice el economista, tanto Márquez como Jesús Santrich “fueron bajando paulatinamente sus posiciones y acabaron siendo factores importantes para lograr la paz”.
Para Acosta, el acuerdo de paz que finalmente suscribieron Santos y Timochenko el 24 de noviembre pasado tuvo dos “posibilitadores”: Pablo Catatumbo, por parte de las FARC, y Sergio Jaramillo, por el lado del gobierno.
Ambos, señala, hicieron un trabajo político muy certero durante los cuatro años de negociaciones.
Acosta, que relata su experiencia en el proceso de paz con las FARC en el libro El hombre clave, dice que entre más pase el tiempo, más confesiones hará, “aunque los secretos-secretos más berracos (duros) los contaré como media hora antes de morirme”.








