Nabucodonosor fue rey de Babilonia entre los años 605 y 562 a. C.; a este personaje del Antiguo Testamento (libro de Daniel) se le conoce, entre otras cosas, por la creación de los famosos Jardines Colgantes.
Giuseppe Verdi (1813-1901) en 1841 compuso su tercera ópera, Nabucco (basada en pasajes de la vida del rey caldeo) cuando el compositor tenía 28 años, en medio de terribles problemas emocionales: acababan de morir su esposa y sus dos hijos. No obstante, el joven maestro logró una magnífica e innovadora obra que se representa con frecuencia aún hoy día y que contiene no sólo el coro operístico más famoso de la historia, el “Va Pensiero”, sino pasajes muy bellos.
Es una obra de juventud no del todo redonda, sobre todo por el libreto de un buen poeta italiano, Temístocle Solera, pero con notorias fallas estructurales. Esa fragilidad puede, como en muchas ocasiones, obviarse cuando tenemos en el papel protagónico a un figurón que lo eclipsa todo, cosa que no ocurrió esta vez, cuando la producción del Metropolitan de Nueva York nos obsequió una magnífica lectura de esta ópera verdiana, pero cuyo talón de Aquiles fue precisamente el de Plácido Domingo…
Un hombre que ayer fue un héroe de la ópera pero que hoy, golpeado por la edad, hace lo que se puede, y su voz sin graves no llena los requerimientos del personaje y simplemente no se oye como barítono.
El Nabucco es el primero de varios personajes baritonales verdianos donde se dibuja la relación padre-hija con una profundidad musical y psicológica nunca antes ni después vista.
Esta función inaugura las transmisiones correspondientes al 2017 en el Auditorio Nacional, el pasado 7 de enero, vía satélite en vivo desde el MET de Nueva York. La puesta en escena de Elijah Moshinky fue tradicional, con pinceladas de modernismo y muy funcional; el vistoso vestuario de Andreane Neofitou falló cuando debe mostrar a un Nabucco harapiento que lleva 7 años viviendo entre bestias en los bosques, y aquí lo vemos casi igual que cuando era un rey en plenitud.
La soprano Liudmyla Monastyrska, de Ucrania, encarnó a Abigaile (la mujer guerrera hija ambiciosa de Nabucco, dispuesta a usurpar su trono), verdaderamente maravillosa no sólo por su presencia escénica y actuación sino por su portentosa voz de soprano lírico spinta. La música delineada para este personaje marcó en su época una nueva forma de canto para las sopranos en la ópera italiana, nunca se había tenido un personaje de este profundo y robusto calado vocal; al tiempo, Wagner hacía lo propio al escribir su Holandés Errante.
La otra hija de Nabucco, Fanena, fue interpretada por la joven mezzosoprano estadunidense Jamie Barton, también muy destacada por su voluminosa voz, fraseo y legato elegante y su certera actuación.
Bien el Ismaele del tenor norteamericano Russell Thomas Zacccaria; el sacerdote hebreo fue cantado por el bajo ucraniano Dimitri Belosselskiy, de portentosa y robusta voz pero con graves muy endebles, aunque buena actuación.
La dirección orquestal corrió a cargo del legendario maestro James Levine, director musical del MET de 1976 a 2016, quien a pesar de su delicado estado de salud ofreció una lectura certera de la partitura. A Levine se le debe sin dudas el haber llevado a la orquesta del MET a su nivel actual, el de una de las diez mejores orquestas del mundo.








