Don Servando (Héctor Bonilla) se pensaba seguro para el tiempo que le quedara de vida en el hogar de ancianos; podía salirse con la suya para humillar, ofender e incluso bastonear al personal, al director y al resto de los huéspedes. Pero una quiebra bancaria lo lanza a la calle y no queda más que pedir ayuda a los hijos.
De ellos, sólo Fran (Benny Ibarra), el menor, acepta albergarlo con el inconveniente de destapar una forma de vida que resulta escandalosa para el viejo intolerante y gruñón: un hijo fuera de matrimonio, una relación de unión libre y, lo peor, compartir una casa en San Miguel de Allende con una serie de personajes epítome contra las buenas costumbres.
Un padre no tan padre (México, 2016) es una comedia sentimental que no pretende más que hacer pasar un buen rato, y logra bien su cometido; es fácil caer en la pedantería vituperando las actuaciones, las vueltas fáciles de tuerca o la sensiblería de la cinta, para luego decir que, a pesar de todo, tiene buenos momentos. La dirección de Raúl Martínez es firme, la narración es fluida, no exige más de lo que los actores pueden dar, y los giros, las sorpresas, son las típicas del género, reacciones desproporcionadas, pago de consecuencias y buenas lecciones.
Héctor Bonilla sorprende con una actuación llena de matices en un personaje retacado de manías y tics que bien podría caer en la mera caricatura; el guión de Alberto Bremer logra hacer sentir real la amargura de la viudez del anciano, no como mera anécdota: la ponzoña resuena en las frases con las que fustiga a quien tiene la mala suerte de topar con él. Don Servando no es un monigote cascarrabias, sino un tipo que sabe decir cosas que hieren; Bonilla parece reinventar el lenguaje de dichos vulgares cargados de prejuicios racistas y sexistas.
Entre comedia italiana de los setenta y La lista de Schindler, la secuencia inicial (Don Servando acicalándose para comenzar el día, con sus gestos y manías de orden y decoro) describe eficazmente, sin palabras, toda su personalidad; lo mejor, el director aprovecha tanto prendas del ritual de atavío como el acto mismo de vestirse, posteriormente, en las vueltas de tuerca de la acción. Por más que se le acuse de autocomplacencia, esta comedia mexicana de situaciones cumple bien lo que promete; no hay trampa, Raúl Martínez enseña al principio de la película las cartas que luego se guarda bajo la manga.
Visto desde fuera, la publicidad sí vende un poco tramposamente: Un padre no tan padre como defensora de temas como la diversidad sexual o el uso especial de la mariguana. Desenterrado de su retiro y de su sarcófago de prejuicios, reflejo de una sociedad así, a lo que Don Servando se enfrenta es a un mundo que ya cambió: una pareja homosexual, el consumo de mota, la quinoa, el vegetarianismo, el amor libre, la vida comunitaria, son hechos consumados que a nadie sorprenden ya (por lo menos en el cine).
Martínez y su guionista saben que cuentan con la complicidad del público, divertido con la cara que este reaccionario padre de familia va a poner.








