El placer es mío

El idilio dura poco: Rita (Flor Edwarda Gurrola) y Mateo (Fausto Alzati) llegaron a esa casa de campo, enorme y descuidada, con la idea de comenzar una nueva vida en común que incluye relación, criar pollos y arreglar carros destartalados para después venderlos; la falta de comunicación y de intereses comunes, así como el hastío sexual enfangan a la pareja hasta dejarla varada por completo.

El título de este primer largometraje de Elisa Miller, El placer es mío (México, 2015), un tanto misterioso, oscila entre la ironía de “qué gusto habernos conocido”, hasta la referencia bíblica de “la venganza es mía”. El machismo que termina por imponerse en este romance comprado a base de fantasía, y que apoya la imagen del gallo que anda suelto, sostendría la tesis de un señalamiento contra la postura patriarcal disfrazada de igualdad de derechos; como si en el fondo el varón creyera que sólo a él le corresponde dirigir el placer.

Elisa Miller (ganadora ya de una Palma de oro en Cannes­ por un corto en 2006) y su coguionista, Gabriela Vidal, no facilitan el trabajo del espectador; en el transcurso de la película habrá que ir deduciendo las razones del espejismo de esta pareja; por alusiones directas e indirectas se entiende que la propiedad es herencia del padre de Mateo, que Rita trasgrede un pacto cuando expresa la ilusión de tener un hijo con este machín que no quiere repetir la historia del padre ausente, o que ella dejó trabajo y tesis doctoral en la ciudad apostando a la felicidad campirana con el bueno de Mateo. En tanto que resorte dramático, el método del coitus interruptus que practican, dicho sea de paso, es poco verosímil en una pareja moderna, a menos que hayan olvidado abastecerse de condones antes de exiliarse y que no los vendan en el pueblo cercano.

Rita busca conectar afecto con entendimiento intelectual, por algo su tesis es sobre el romanticismo, pero a Mateo el tema le importa un comino, lo mismo que a ella el gusto de él por la mecánica automotriz. El vínculo, que podría ser complementario, se hace imposible por la actitud fálica, literal, de él, y la necedad de ella; y aunque su deseo de maternidad, demanda de afecto y respeto sean legítimos, en el contexto de la relación resultan un disparate. Como tampoco se puede caer en un feminismo fácil acusando a Mateo de un simple miedo al compromiso: en la habitación prohibida, Rita descubre la historia de un niño que no comparte con el público. La directora muestra la desarticulación entre corazón, cabeza y sexo de manera muy carnal; las escenas de intimidad, más crudas que explícitas, involucran por completo a los actores en su trabajo.

Además del gallo en su gallinero, la ratas se hacen cada vez más presentes, y el armado y desarmado del automóvil, con su enorme cantidad de piezas, subrayan la truculencia de esta relación. El placer es mío escatima diálogos y antecedentes del contrato de esta relación, y prodiga, en cambio, una serie de metáforas visuales que la buena fotografía y la dirección de arte rinden de manera explícita, a la manera del arte conceptual, al grado de dirigir la lectura del drama.