Los finales del Siglo de Oro español, nombrado así por el florecimiento de la cultura literaria, pictórica y de arquitectura del entonces Reino bajo el mando de Felipe IV, es el pretexto que usó Arturo Pérez Reverte para escribir la saga de aventuras de un soldado, ascendido a capitán por la gracia de su espada.
Varias esferas sociales se tocan en la figura de Alatriste, la del pueblo depauperado, el hampa, la de los artistas y de la nobleza. Con todos tiene relación en su calidad de soldado del rey, transformado en espadachín justiciero. Va de uno a otro aunque su lugar se encuentra entre quienes sobreviven apenas.
Producida por Mediaset y Telecinco de España, la serie lleva el mismo nombre del libro que le sirve de partida. En México sale al aire por Canal 22 en el horario nocturno de lunes a viernes. Se le llama serie mas tiene características de una telenovela; los episodios terminan en interrogación para engancharnos en el siguiente capítulo. Y así se logra alargarla hasta cansar al espectador o bien mantenerlo fiel a la televisora.
Prima la anécdota, el contexto histórico es apenas un ciclorama desleído sobre el cual se desenvuelven personajes que han pasado a la historia.
Es el caso del poeta Francisco de Quevedo. Resulta lastimoso su papel en la serie, es parte del elenco de ayudantes de Alatriste, su cortejo frente a la corte, a la jerarquía eclesiástica. No sabemos de su obra, de su trabajo sobre el papel. Manifiesta personalidad de un borracho bonachón sin mayor talento. Otro protagonista famoso de la época es Diego de Velázquez, a quien apenas se le menciona, y aparece muy atrás como en su cuadro de Las Meninas. Peinado, vestido y modales de la corte salen del lienzo sin darle crédito al pintor.
Los actores cumplen con decoro su papel, la indumentaria es correcta, quizá exagerada en el tamaño del sombrero, la capa y las botas de Alatriste, aunque eso le proporciona prestancia. Se cuenta con la ventaja de haber sido escrito en español el original y en español los diálogos.
La estética de Las aventuras del capitán Alatriste se resiente de una iluminación fallida. En el siglo XVI no había focos de 400 watts, que son los que alumbran el interior del castillo en la serie. Las calles eran oscuras, incluso tenebrosas. El programa se excede en la brillantez de las escenas. Aun cuando los personajes se muevan en la noche, parece como si un reflector diera luz a los caminantes; éstos marchan sin sombra que les pise los talones.
No ayuda a la credibilidad el estudio: paredes de cartón, escaleras desechables, la foto del palacio en el fondo añadida al paisaje en donde se desarrolla la acción. Los interiores como nuevos, cual si fueran construidos ayer. Una búsqueda cuidadosa de locaciones habría permitido escenas variadas. Así de pronto el público parece ver el mismo espectáculo repetido, pues el duelo se escenifica en el mismo lugar una y otra vez.








