“Los Hámster”

Pocos títulos de película existen que, además de aclarar por completo el significado del tema, se ajusten perfectamente a la historia que cuentan; el de Los Hámster (México, 2014) encuadra perfectamente la vida simple y aburrida de esta familia de tijuanenses, tanto que provoca escalofrío. Este primer largometraje de Gilberto González Padilla implanta la mirada del espectador en una zona donde la indulgencia y la simpatía por sus personajes se mezcla con la tristeza de verlos atrapados en una jaula, círculo vicioso donde se mueven afanosamente.

Todo ocurre durante un día en la vida de esta familia, un día que no es el primero ni será el último: Rodolfo (Ángel Norzagaray), el padre, es un desempleado de cincuenta años que sale por la mañana pretendiendo ir a trabajar (café, lectura de periódico, búsqueda humillante de empleo); Beatriz (Gisela Madrigal), a todas luces preocupada por la edad, se pone mascarillas de aguacate, acude al gym y no se pierde de sus telenovelas; Jessica (Monserrat Minor), la hija adolescente, se dedica al chat por celular, se va de pinta, tiene novia y novio; Juan (Hoze Méndez), el otro hijo adolescente, es un vago que no estudia aunque va a la escuela, su novia está embarazada.

Empezando por el director mismo, la tendencia en los comentarios es describir este pequeño clan como familia disfuncional, dando por hecho que existe la familia funcional; seguramente, pero lo que asusta de esta familia es su normalidad, la manera de funcionar cotidianamente, cada uno con un rol bien asignado que engrana con el de los demás. Aunque cada uno se halla en crisis, el orden de hábitos, el lugar de cada quien en la familia los mantiene dando vueltas.

El director organiza su estudio de familia de forma tan específica, una familia de clase media de Tijuana al margen de los estereotipos de prostitución, narco y migración, que la visión del microscopio se hace macroscópica; es el retrato de una clase media tan aburrida como desesperada, colgada a sus ideales de vida moderna con gadgets, teléfonos celulares, teles y coches, enjaulada en sus deudas de tarjetas y créditos no cumplidos.

González Padilla muestra ese talento del creador que habla sólo de lo que conoce, y como sabe de lo que se trata, nada suena falso por alucinante que parezca; por ejemplo, la casa donde viven los Hámster es casa de su propia familia, y aunque no son nuevas en el cine las historias con síndrome del hombre quebrado que pretende ir a trabajar (Fassbinder –Sólo quiero que ustedes me quieran, 1975–  o Laurent Cantet –El empleo del tiempo, 2001– ), el director explica en una entrevista que la idea proviene de una situación real frente a su ventana. Los actores son locales, talentosos rostros nuevos en el cine que el director logra hacer inseparables de sus personajes.

Cada miembro de esta familia de distrofia miente y se miente a sí mismo; uno de los resortes humorísticos de la cinta es decir la verdad, de tal manera que parece broma de mal gusto; en cada uno la verdad es patética, pero aún más patética es la mentira con la que la cubren. Indicio claro de la desarticulación del ideal de vida con la realidad, es el grotesco discurso terapéutico en el radio sobre la crisis de pareja que escucha la esposa.