Negocio redituable

Ni Fidel Castro, recientemente fallecido, ni Octavio Paz, cuyo deceso tuvo lugar hace ochos años, estuvieron nunca en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, no obstante que ambos tuvieron sobrados motivos para haber estado en la que se presume como la segunda feria de su tipo en todo el orbe. En el primer caso, porque en 2002 Cuba fue el país invitado de la feria, y en el segundo porque se trataba nada menos que del único premio Nobel de Literatura mexicano.

Ambos, sin embargo, estuvieron en la capital jalisciense en otras circunstancias y por razones distintas, si bien cada uno lo hizo por su lado, pues desde que el gobierno de Castro se declaró socialista, a principios de los años sesenta, el autor de Libertad bajo palabra fue siempre un perseverante crítico del régimen castrista, al confesar ser “admirador de la Cuba de Martí, pero no de la de Lenin”.

A diferencia de Paz, el líder de la Revolución Cubana sólo estuvo en una ocasión en Guadalajara. Esa vista tuvo lugar en julio de 1991, con motivo de la celebración de la Primera Cumbre Iberoamericana, que reunió a 25 mandatarios y jefes de Estado de América Latina, el Caribe y la Península Ibérica, además de otros dignatarios que encabezaban varios organismos internacionales. Pero en esa comitiva la figura más destacada, tanto en los actos oficiales como en recepciones, ágapes, entrevistas de la prensa o recorridos informales por las calles y plazas del centro de Guadalajara, fue precisamente la del recién fallecido líder antillano, quien más parecía un rock star que el presidente de la República Socialista de Cuba.

En aquellos húmedos días del verano tapatío y muy por encima del resto de mandatarios –incluido el espigado rey Juan Carlos de Borbón y ya no se diga del anfitrión mexicano Carlos Salinas de Gortari, de talla achaparrada y antítesis de lo que sería un mister popularity–, el líder cubano fue el foco de atención y atracción tanto de la gente como de la explosión demográfica de reporteros, fotógrafos, camarógrafos y demás integrantes de la prensa nacional e internacional, y sin omitir a los incuantificables agentes de seguridad que, como un enjambre, seguía para todos lados a la sobrada veintena de mandatarios y jefes del Estado.

Al paso de ésta por calles y plazas del centro de Guadalajara, la gente no sólo coreaba espontáneamente el nombre de “¡Fidel! ¡Fidel!”, sino que no pocas personas buscaban la forma de acercarse al barbado y sonriente mandatario, con un tácito ninguneo para el resto de la nutrida y aparatosa comitiva, durante los recorridos que ésta hacía del antiguo Hospicio Cabañas (sede de las reuniones oficiales) al Teatro Degollado (donde Juan Gabriel, acompañado por la Orquesta Filarmónica de Jalisco, dirigida por Enrique Patrón de Rueda, cantó parte de sus éxitos a los “ilustres invitados”), o al Palacio de Gobierno, o a la ahora Biblioteca Iberoamericana, que fue inaugurada precisamente en dicha ocasión, en una finca virreinal que el gobierno federal le había cedido a la Universidad de Guadalajara.

Pero a la par de quienes aclamaban al legendario Comandante, también hubo quienes lo evitaron a toda costa. Ese fue el caso, para más señas, de Octavio Paz, quien sencillamente decidió no acudir a la inauguración de la biblioteca que llevaría su nombre (la antes mencionada Biblioteca Iberoamericana) por “sugerencia” del presidente Salinas de Gortari al alto mando de la Universidad de Guadalajara, con el entonces rector Raúl Padilla López a la cabeza, como “un homenaje de los pueblos de Iberoamérica” a quien acaba de obtener el Nobel de Literatura.

Vale decir que la opinión desfavorable que el galardonado escritor tenía del gobierno cubano (“la dictadura castrista”, en palabras de Paz) desde 1962 no fue el único motivo para desairar a los otros 25 dignatarios –incluidos los presidentes de la UNESCO y de la OEA– que también harían acto de presencia en la apertura de la que oficialmente iba a llamarse Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz. Había algo más: el ninguneo que, pocos meses atrás, durante la cuarta edición de la FIL, se había hecho tanto de la persona como de los altos merecimientos de Paz, pues durante los días de la feria en 1990 paladinamente se soslayó, ya fuera por descuido o de manera intencionada, el otorgamiento del Premio Nobel al autor de El laberinto de la soledad, un desaire que éste no les perdonaría nunca a las autoridades de la FIL y de la Universidad de Guadalajara (UdeG), pues Paz tomaría la decisión de no asistir nunca a la feria de marras, a pesar de las reiteradas invitaciones que posteriormente le harían los jeques del padillato, comisionando incluso para ello al escritor Fernando del Paso, que para entonces acababa de integrarse a la nómina de la UdeG con el cargo, precisamente, de director de la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz.

Por ambos motivos (por la poca o nula simpatía tanto hacia el presidente cubano como al ídem de la FIL) el entonces flamante premio Nobel de Literatura no estuvo presente, el 19 de julio de 1991, en la inauguración de “su” biblioteca –y a la que, por cierto, no llegaría a conocer–, pues para el solemne acto de apertura se limitó a enviar unas “palabras de agradecimiento” que fueron leídas a nombre suyo por Víctor Flores Olea, a la sazón presidente del recién constituido Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Este mismo funcionario, por cierto, dos años después sería destituido de su cargo cuando súbitamente, con motivo del llamado Coloquio de Invierno (organizado por la revista Nexos, pero con la subvención de la UNAM y sobre todo del CNCA, como una réplica al Encuentro Vuelta, que sin ningún subsidio oficial se había celebrado pocos meses atrás), se ganó el desafecto del grupo de intelectuales que encabezaba precisamente Octavio Paz. En esa ocasión, el presidente Salinas de Gortari no dudó en sacrificar al “oleaginoso” funcionario (Paz dixit). Pero ésa es otra historia y bastante conocida, por lo demás.

¡Ironías de la vida, a los requiebros y halagos que Paz rechazó antaño, hogaño no les ha hecho el feo Enrique Krauze, quien fuera la persona más allegada a las últimas empresas e iniciativas culturales que encabezara el renombrado poeta! Y es que el padillato, por medio de la FIL, acaba de declarar a Krauze, por boca del presidente de la feria, “intelectual fundamental” y “el historiador más conocido del país”, en el homenaje que se le hizo “por su esclarecida visión y por su trabajo de excelencia en el mundo editorial” (Mural, 29 de noviembre).

Y como si algo abunda en el programa cultural de la FIL son los homenajes, que sobre todo resultan más rentables en mayoreo o medio mayoreo, esta edición de la feria tiene programado como último acto oficial, para la tarde-noche de este domingo 4, otro “sentido reconocimiento” (Raúl Padilla dixit) pero ahora para Héctor Aguilar Camín, otrora antípoda de Paz y de Krauze, en este caso con el llamado Homenaje de Periodismo Cultural Fernando Benítez.

Total, que “el caudillo bueno” de la Universidad de Guadalajara (¿eres tú, Raúl?) sigue homenajeando a tirios y troyanos, convencido de que la vanidad rifa entre nuestra fauna intelectual –y también entre nuestra flora ídem– y que el halago entre dicho gremio, más allá de méritos reales o ficticios, es un buen negocio político, sobre todo cuando se hace con fondos y recursos públicos.