Los lectores requieren de una explicación de los enormes problemas nacionales que nos afligen como sociedad, lo que exige de Proceso desglosar los hechos y su contexto, así como sus consecuencias potenciales.
Cuarenta años de periodismo independiente, durante los cuales ha pervivido esta revista en un país como el nuestro, no pueden pasar inadvertidos. El acontecimiento es motivo de encomio. Los enfoques sobre Proceso pueden ser abordados desde diferentes aproximaciones; una de ellas es sin duda la incursión del semanario en ensayos de muy diversa índole, con lo que ha abierto un nuevo espacio de reflexión, particularmente en el ámbito de cultura. Muchas plumas han transitado por él con diferentes propuestas.
En debates propios de finales del siglo XX y en el umbral del XXI se ha polemizado respecto de la forma en que la cultura y el periodismo interactúan. Ambos mantienen un vínculo simbiótico: el segundo tiene una clara influencia en la cultura, como ésta sobre aquel. Las aproximaciones encuentran su origen en dos polos: uno enfatiza su función en la creación cultural y constituye un vehículo natural para el tránsito de valores culturales, y su planteamiento discurre tanto en términos normativos como en fundamentos empíricos; el otro examina el papel de la cultura en la práctica periodística y en la creación de la memoria pública.
Los ensayos en materia de cultura, en criterio de quien esto escribe, deben intentar explicar la flora y fauna de las imágenes, de los símbolos y de los mensajes culturales, y proveerlos de un sentido. Con las limitaciones propias del espacio periodístico, buscan ofrecerle al lector nuevas perspectivas; son instrumentos de interpretación y aspiran a ser una confluencia de vectores en los que se destaquen las imposiciones culturales de los grupos hegemónicos de nuestra sociedad.
En una sociedad tan heterogénea como la mexicana, es obligado hacer énfasis en las relaciones de dominación y de subordinación cultural. Mis ensayos intentan subrayar la manera en que los grupos y comunidades culturales resisten las distintas formas de dominación e imposición de identidades. Por ello, los ensayos deben desplegar análisis que introduzcan exposiciones interpretativas y metodológicas, todas desde una óptica eminentemente crítica.
Se parte de la convicción de que los ensayos son vehículos que permiten examinar los fenómenos culturales desde diferentes perspectivas para contribuir al cultivo de una visión apreciativa y comprensible de los mismos. Los ensayos de cultura, entre otros muchos, están imbuidos en los conflictos sociales de nuestra sociedad.
El inicio
Mis primicias en Proceso son tributarias de Julio Scherer García. Fue Jorge Barrera Graf, en la época Secretario del Consejo de Administración de CISA, empresa editora del semanario, quien propició el encuentro. Con don Jorge, hombre probo y de una integridad excepcional, me unía una amistad muy sólida. Scherer García y el maestro Heberto Castillo, muy próximo a Barrera Graf, requerían de servicios notariales y me hicieron extensiva la confianza que le prodigaban a don Jorge.
La conversación con don Julio fluía en forma natural. En los intercambios de criterios, le narré que en mi ejercicio profesional había asistido al general José Hernández Toledo –quien encabezó el operativo castrense en la Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre de 1968– en la redacción de su última voluntad.
Fue particularmente intenso mi encuentro con el militar, máxime porque yo había pertenecido a la generación del 68. Inerme, en el lecho de la muerte, jamás perdió la marcialidad ante la cercanía de su muerte. Scherer García me conminó a escribir el suceso y publiqué “El general y el abogado”, mi primer ensayo en la revista, en septiembre de 2008.
Con don Julio compartía un pasado común: ambos éramos egresados del Colegio Alemán. Aunado a ello lo había conocido en forma circunstancial en el 68. En la Schule (la escuela), como la conocemos quienes estudiamos en ella, se polemizaba mucho sobre el movimiento. Las discusiones eran auspiciadas por los maestros alemanes pertenecientes al ala radical de la socialdemocracia alemana. En plena preparatoria, las tesis socialdemócratas germinaron rápidamente en el estudiantado y los debates que se suscitaron fueron muy intensos. Hasta la fecha sigo profesando ese ideario.
Mi primer ensayo fue del agrado de Scherer García, quien después me solicitó otro en conmemoración de la muerte de Heberto Castillo. Con el ingeniero ya sostenía vínculos inherentes a mi profesión. Más aún, ya habíamos iniciado una sólida amistad, al igual que con su hija Laura Itzel, a quien quiero y respeto. De don Heberto aprendí la lección de jamás tocar el dinero público. Con profunda convicción he sido fiel a esta enseñanza.
A partir de entonces mi participación en la revista sería frecuente. Para darle transparencia a mi colaboración, don Julio y yo convenimos en que no llevaría ningún asunto profesional de la revista, salvo en casos excepcionales, todos pro bono, y que tampoco devengaría honorarios por mis ensayos.
Don Julio tuvo la delicadeza de recurrir con frecuencia a mis servicios profesionales. Me convertí en esa forma en su notario. Uno de los primeros asuntos notariales próximos a Scherer García que fue necesario abordar y que se resolvería exitosamente fue el del padre Enrique Maza, cofundador de Proceso, quien falleció a finales de 2015.
Posteriormente pude convivir intensamente con don Julio en el último tramo de su vida. Consciente de que había que tomar decisiones complejas y difíciles, pero que resultaban impostergables, me apresuró a darles forma jurídica. Mis reuniones con él se multiplicaron. Conocí muy de cerca las cavilaciones de un gran hombre a quien el tiempo obligaba a incursionar en la “zona de incertidumbre”, como la solía llamar. Conocí sus angustias, sus desasosiegos, su proyecto periodístico, que debatimos ampliamente; su profunda convicción de la libertad, en cuya defensa había empeñado su vida.
A raíz de su fallecimiento, y con motivo de la sucesión testamentaria, reencontré a la familia Scherer Ibarra; todos sus miembros de una gran calidez, de un extraordinario humanismo y causahabientes de uno de los pocos espacios de libertad de expresión en el país. Todos ellos dignos herederos del legado de don Julio.
La amistad con él me llevó a otra en forma natural: la de Rafael Rodríguez Castañeda. No costó ningún trabajo cimentarla. Compartimos los mismos ideales y compromisos sociales. La transparencia de nuestra amistad es absoluta; los pactos asumidos con Scherer García continúan siendo honrados. En tertulias enormemente agradables, debatimos largamente de muy diversos temas, pero especialmente de su proyecto periodístico y de mi afición al derecho cultural.
El modelo periodístico
A Rodríguez Castañeda le tocó asumir una metamorfosis particularmente compleja en lo que respecta al cambio de paradigma del periodismo tradicional; su proyecto, empero, se inserta en los postulados de Adolph Ochs, que se remontan a inicios del siglo XIX. En consistencia con estos basamentos, el ejercicio de la objetividad, la dignidad y la imparcialidad resulta satisfactorio y confiable para los lectores de Proceso.
Sin embargo, sostiene Rodríguez Castañeda, lo anterior no es suficiente si no se acompaña de una interpretación analítica de las noticias; de ahí su interés por el periodismo interpretativo.
Los lectores requieren de una explicación de los enormes problemas nacionales que nos afligen como sociedad, lo que exige de Proceso desglosar los hechos y su contexto, así como sus consecuencias potenciales.
En el modelo de Rodríguez Castañeda se privilegia más la construcción de la escena que la narrativa de los hechos, los cuales dependen solamente de la evidencia anecdótica. El postulado de Proceso es dotar a la ciudadanía de información que resulta básica en una democracia representativa y posibilita la participación social en la vida cotidiana.
El reportaje de Proceso revela no solamente los intereses gubernamentales o los privados, sino el leitmotiv de unos y otros. Ello supone en ocasiones explicar en forma sencilla situaciones de alta complejidad para los lectores.
En el modelo del director de Proceso resulta claro que no basta la mera información, la cual puede obtenerse fácilmente vía internet, sino que es indispensable su escrutinio para ofrecerlo a los lectores. La divisa es muy clara: el reportaje deber ser totalmente autónomo, original y creíble. Un periodismo crítico define los eventos en términos de desacuerdos sociales; sólo así puede dársele viabilidad a la fiscalización del quehacer gubernamental y al aseguramiento de la rendición de cuentas.
Sin discusión, uno de los principales retos para Proceso en el futuro inmediato es el periodismo digital, en donde las noticias se reinventan y su carácter se reconstruye. Ante este nuevo paisaje resulta fundamental preservar la autonomía, la originalidad y la credibilidad.
Los ensayos sobre cultura
Mi afición por los ensayos de cultura nace de mi participación en el proceso formativo de la Convención Cultural del Instituto Internacional para la Unificación del Derecho Privado (Unidroit en su acrónimo en francés) y su aprobación en una conferencia diplomática que se celebró en Roma en 1995.
Durante la formación de esa instancia, iniciada a comienzos de la década de los ochenta, me convertí en un aficionado acucioso de la literatura en la materia, y este apego me ha llevado a transitar en foros internacionales de corte académico e institucional que debaten intensamente al respecto.
La vastedad del tema obliga a dar cuenta en Proceso de diferentes perspectivas. Stefan Lüddemann (Kulturjournalismus) ha dicho con razón que el periodismo cultural permanecerá vigente en la medida en que las nociones de cultura difieran constantemente, no en interés del grupo dominante sino en función de percepciones y discusiones sociales.
Los ensayos sobre cultura encuentran su razón de ser no únicamente en los debates sobre las razones, causas y objetivos de los fenómenos culturales en la vida social, sino en su significado. De ahí la trascendencia del escrutinio de la alta cultura y de los fenómenos culturales en su más amplia acepción.
Las tensiones entre cultura y periodismo se advierten precisamente en la interacción entre las percepciones de la cultura como paradigma de excelencia estética o como una forma de vida. En estos contextos, los ensayos culturales deben estar orientados a reflexiones críticas de eventos, procesos, rituales y productos, y desde luego a sus raíces y consecuencias. El periodismo cultural, por lo tanto, es sin duda también productor de cultura.
Este tipo de ensayos están determinados por marcos de referencia integrados por documentos y actividades de los agentes sociales, y deben regirse por la autonomía intelectual y periodística de sus autores, que en el desarrollo de los análisis es fundamental.
Lejos de ser un mero reflector, el periodismo cultural es constitutivo de objetivos, lo que resulta especialmente válido para las formas culturales que se funden, se impregnan y se configuran mediáticamente. Por tal motivo es primordial desplegar el amplio espectro del periodismo cultural a través de eventos paradigmáticos.
En suma, el desafío del periodismo cultural consiste en situarse en el centro de los procesos de innovación, en vez de permanecer al margen de ellos.








