Dentro del programa de la Muestra de la Cineteca se exhibe la última cinta del canadiense Xavier Dolan, No es más que el fin del mundo (C’est n’est que la fin du monde; Canadá-Francia, 2016), ganadora del Gran Premio del Jurado en Cannes; se trata de una adaptación de la obra de teatro de Jean-Luc Lagarce (Haute-Saône, febrero 14 de 1957), un dramaturgo que reúne temas que obsesionan a este enfant terrible del cine: sexualidad, lazos familiares, y el amor materno como especie de boa constrictor.
Después de 12 años de ausencia, Louis (Gaspar Ulliel), un joven autor, decide regresar a su ciudad natal para anunciar a su familia que le queda poco tiempo de vida; la trama se desarrolla en una tarde, y recuerdos del pasado asaltan su memoria. Esta madre (Natalie Baye), un tanto más tierna pero colorida e intensa como todas la madres que se repiten en el trabajo de Dolan; el hermano mayor, envidioso y colérico, un irritante Vicent Cassel con gesto de jabalí furioso a la Trump (aunque sin el lado bufonesco del nuevo presidente electo); Marion Cotillard, su pareja, deja adivinar el calvario que vive con él; y no podía faltar Lea Seydoux en el papel de la hermana menor, entusiasta del éxito de Louis, aunque desaforada en su demanda de atención.
A estas alturas, el director, de 27 años y autor de seis películas, puede permitirse el lujo de pedir el actor que le apetezca, y aquí no titubeó en escoger a varios de los mejores para construir este laberinto de emociones, de silencios y palabras que enredan a cada personaje y lo perturban.
Para Xavier Dolan (Mummy, Cómo maté a mi madre) el infierno es la familia, no tanto en el sentido ético de Sartre, sino justo por la complejidad de los vínculos afectivos, odio, culpa, amor, que fermentan en el seno materno.
Irritada por el estilo un tanto de clip publicitario de Dolan, la crítica francesa ha sido en general hostil con No es más que el fin del mundo pasando por alto que el director creció haciendo comerciales y es parte de las nuevas generaciones que piensan en video clip; es justo de esa fórmula visual y musical que proviene la fluidez narrativa de Dolan. La mezcla de póster de moda y exploración introspectiva de emociones ponzoñosas en lazos profundos, en este autor que carece del discurso académico tan afín al cine francés, se hace cada vez más natural. De esta manera de aproximarse intuitivamente al corazón proviene la clave de su talento.
Notable la forma en que edita la secuencia de la llegada de Louis a la casa familiar: Dolan corta con planos fijos los rostros de cada uno de los familiares que se presentan por medio de sus diálogos; la sensación de fragmentación y soledad dentro de la familia se hace intolerable. Inspirado seguramente por la publicidad, el eje de las tomas cambia a menudo, y si predomina la mirada de Louis, su presencia no es siempre el foco del cuadro.
La figura retórica por la que se conoce el teatro de Lagarce proviene de la dialéctica, y el término técnico en griego es epanortosis (επανορθωσις), que no es otra cosa más que la tendencia a repetir lo que se dice con palabras diferentes, o con sinónimos. Dolan logra aplicar esto a la imagen y a los diálogos, lo cual provoca que la comunicación, en vez de hacerse más clara, se descompone en una especie de entropía de la palabra.








