Establecer un diálogo al tratar la asimetría entre los sexos requiere, para entendernos, precisar con cuidado qué queremos decir por igualdad, y cómo definimos el camino para alcanzarla
A lo largo de estos 40 años que he leído Proceso, he admirado a las y los increíblemente valientes periodistas que aquí laboran, y me he preocupado por las condiciones en que investigan casi tanto como me he deprimido por los horrores que documentan. Me sobrecoge pensar en los riesgos y amenazas que enfrentan para dar cuenta de lo que está pasando en México y el resto del mundo. Por eso, antes que nada, quiero expresar mi profundo agradecimiento por quienes hacen esta revista y confesar que el hecho de compartir quincenalmente con ellos el mismo espacio significa, para mí, un honor.
¿Cómo celebrar los 40 años de persistencia de este proyecto de libertad informativa? Quiero usar como punto de referencia de mi intervención algo que considero significativo: los desacuerdos que en diciembre de 2002 expresaron Javier Sicilia y Carlos Monsiváis, escritores que encarnan dos ejes fundamentales de Proceso: un catolicismo progresista y un radicalismo implacable. Lo traigo a cuenta pues, además de que dicho debate fue la razón por la que inicié mis colaboraciones, en él se encuentra presente una confrontación que persiste hasta el día de hoy y que tiene sentido revisar para el proyecto político que Proceso despliega.
Sicilia y Monsiváis debatieron sobre las mujeres indígenas, la religión y el género en cuatro artículos que no tienen desperdicio, y las diferencias de estos escritores siguen siendo el centro del debate del feminismo, pues implica concepciones sobre los límites y consecuencias de la diferencia sexual.
En las páginas de Proceso he sostenido que el debate sobre el género es también un debate sobre la justicia. La dificultad para comprender los alcances y límites de la diferencia sexual explica la dificultad para entender qué es el género. Este nuevo concepto, que erróneamente se usa como sinónimo de sexo, nombra lo que en una cultura determinada se considera “lo propio de los hombres” y “lo propio de las mujeres”. La nueva acepción de género nombra las ideas que se tienen en una cultura determinada sobre “lo propio” de los hombres y “lo propio” de las mujeres. Por eso, a diferencia de la sexuación, que es un determinante genético que produce hembras y machos biológicos en todas las culturas, el género es un filtro cultural distinto en cada cultura. Baste pensar en los mandatos sobre “lo propio” de las mujeres en países escandinavos, islámicos o latinoamericanos. En México, las creencias sobre “lo propio” de cada sexo están teñidas por la herencia cultural judeocristiana.
Lo que impulsó el debate Sicilia/Monsiváis fue precisamente la concepción que se tiene sobre la mujer, y su “destino natural”: la maternidad. La reacción de cuatro obispos (Autlán, Xalapa, Matehuala y Oaxaca) ante unas declaraciones de la Primera Cumbre de Mujeres Indígenas de las Américas –realizada en 2002 en Oaxaca– fue lamentar que: “La Cumbre pretenda imponer el concepto de derechos sexuales y reproductivos, que implican programas de control poblacional que atentan contra el valor de la maternidad y de la vida”, y reafirmar su creencia en la maternidad como el destino de las mujeres.
Con su acostumbrada mordacidad, Monsiváis calificó el documento del Episcopado como “un blindaje dogmático” que les niega a las mujeres sus derechos mínimos, que idealiza el hogar indígena (donde las mujeres padecen la violencia de sus hombres alcoholizados) y que no visualiza la condena a la precariedad educativa a que están sometidas por el analfabetismo. Además, recordó que desde 1994, con la rebelión del EZLN, las indígenas habían hecho una crítica a sus condiciones de vida y a ciertos usos y costumbres, e invitó a confrontar el discurso de la comandante Esther en el Congreso de la Unión en marzo de 2001.
En su respuesta, Sicilia coincidió con Monsiváis en la terrible discriminación y opresión de la mujer en el mundo indígena y se deslindó de “obispos imbéciles y ciertos sectores de la Iglesia que utilizan reflexiones para encubrir un régimen de explotación y mantener un poder tan corrupto como estúpido”. Sin embargo, el poeta sostuvo que “el problema de la opresión femenina en el mundo indígena nada tiene que ver con la maternidad, la procreación y las labores del hogar, sino con el valor económico que, desde la Conquista, ha ido corrompiendo la vida de los commons del mundo indígena hasta producir las sociedades económicas de la globalización”. Inspirado en el pensamiento de Iván Illich sobre el género vernáculo, Sicilia planteó que “la liberación femenina en las sociedades económicas no es más que la completa ruptura del género que sustituye la armonía primigenia por el sexismo económico y su imperio sobre lo humano”.
Para Sicilia, “los obispos tienen razón cuando afirman que hay que defender el ámbito femenino, pero se equivocan cuando guardan silencio sobre las condiciones de opresión de las mujeres indígenas”. Según el poeta, en otros tiempos las relaciones entre mujeres y hombres eran de “complementariedad asimétrica”; es decir, el ámbito de la mujer (la maternidad, el cuidado de los hijos y del hogar) era complementario del trabajo del hombre (el trabajo con la tierra, la alimentación, la defensa de la vida familiar). Y esas diferencias no llevaban ni a la dominación ni a la competencia, sino a la armonía de la vida en común. La reciprocidad se desarmonizó con el industrialismo, y el capitalismo agudizó y degradó la complementariedad asimétrica.
En su respuesta a Sicilia, Monsiváis coincidió con el anticapitalismo de Sicilia: “Nadie sensatamente elogia el capitalismo que la globalización consolida”, pero criticó lo indefendible a estas alturas de una supuesta armonía primigenia. Él no cuestionó a la maternidad en sí misma, sino “la multiplicación de hijos en condiciones de máxima insalubridad”, situación que potencia la mortandad infantil antes de los cinco años de edad, y se indignó ante una defensa del hogar “entendido como sojuzgamiento permanente de las mujeres”.
Monsiváis concluyó su alegato señalando que tanto el punto de vista de Sicilia como el suyo deberían ceder el sitio a las interesadas (y por esa invitación a las mujeres para que nos manifestáramos respecto de la polémica que entablaron ambos fue que Julio Scherer García me invitó a escribir). Y en su siguiente respuesta, Sicilia se explayó en su valoración de las relaciones de complementariedad asimétrica al mismo tiempo que rechazó la sumisión de la mujer. Pese a ello, el poeta planteó, coincidiendo con el Vaticano, que “el hogar, la maternidad y la procreación son un deber femenino”.
Mi resumen no hace justicia a los argumentos que ambos desplegaron, pero lo que quiero aquí es subrayar la vigencia de dicha confrontación, pues además la idea de la complementariedad asimétrica que tiene Sicilia es la que comparte la mayoría de la población. Pensar el mundo a partir de la indudable complementariedad procreativa que existe entre mujeres y hombres lleva a concebir complementariedades en otros ámbitos de la vida. De tal perspectiva se desprenden una serie de prohibiciones vinculadas al aspecto corporal: las personas con cuerpo de mujer no deben hacer tal y cual; las personas con cuerpo de hombre no deben actuar de tal o cual manera. El género –es decir, el conjunto de creencias sobre “lo propio de las mujeres” y “lo propio de los hombres” – ha instaurado estereotipos sobre qué es ser mujer y qué ser hombre, que limitan sus opciones de vida al margen de sus intereses, vocaciones y aptitudes.
Esa ha sido la causa por la cual las mujeres han luchado por acceder a una serie de oportunidades vitales y estilos de vida humanos, que en el pasado eran considerados masculinos. Las prohibiciones a que las mujeres estudiaran, entraran a la universidad, votaran o gobernaran se basaban en argumentos biologistas que han sido ya ampliamente descartados. En la medida en que el conocimiento ha avanzado se ha comprendido que no hay que sacralizar la biología. Es necesario reconocer la sexuación sin esencializarla: mujeres y hombres somos diferentes en tanto sexos, pero también somos iguales en tanto seres humanos.
¿Qué tiene todo eso que ver con los 40 años de Proceso? Que no obstante que Proceso trabaja para registrar y denunciar injusticias y desigualdades, me parece que no ha explorado suficientemente las consecuencias sociopolíticas del esquema tradicional de género. Aunque las transformaciones socioeconómicas y culturales provocadas por el neoliberalismo han producido cambios en algunos mandatos tradicionales de género y en las maneras de sentirse “mujer” y sentirse “hombre”, persiste en el orden simbólico un esquema tradicional de la división sexual del trabajo: los trabajos “de amor”, que no se suelen pagar bien económicamente (la crianza, el cuidado de las personas ancianas, enfermas o con una discapacidad), pero de los cuales depende el lazo social y, por ende, la sobrevivencia del conjunto social, suelen estar a cargo de las mujeres, mientras que los trabajos mejor pagados de gobierno, provisión y defensa están casi en su totalidad a cargo de los varones. Tal división del trabajo entre mujeres y hombres estructura y valida la desigualdad política y social entre los hombres y las mujeres de manera estrictamente funcional para la marcha de la economía actual.
La política capitalista neoliberal se caracteriza por una masiva producción ideológica y discursiva que conduce a una cada vez mayor explotación y disponibilidad de los trabajadores, y el discurso mistificador de género conecta el cumplimiento de los objetivos económicos con los mandatos de género internalizados en la subjetividad. Por eso a las personas se les dificulta movilizarse políticamente ante la injusticia y el dolor que les producen unas condiciones laborales alienantes y explotadoras, pues viven el problema estructural de la división sexual del trabajo como un asunto personal. Esa política está provocando lo que Loïc Wacquant llama una remasculinización del Estado, que consiste en un fortalecimiento del esquema patriarcal, con un duro giro punitivo y una vulneración de los derechos sociales. Y, hablando de masculinización, en México todavía se ven las fotografías de reuniones políticas donde 90% o 100% son varones como algo “natural”. La entrada de las mujeres en esos espacios no es garantía de que cambie el sentido de la política, pero sí de que empiece a cambiar.
Lo que esa significativa ausencia de mujeres en los espacios de toma de decisiones (Hacienda, Gobernación, Ejército, etcétera) favorece es un sesgo en un aspecto fundamental del rumbo de la política: la problemática laboral, con sus derivaciones de explotación, precarización y desempleo. Justamente los esquemas laborales de la división sexual del trabajo impactan la igualdad sustantiva entre mujeres y hombres. La desigualdad de género nace y se reproduce en el ámbito familiar, y se expresa en el ámbito laboral. Se requiere una seria inversión en servicios de cuidado infantil, educación extraescolar, servicios de cuidado para personas ancianas, enfermas o con una discapacidad, para abatir la desigualdad. Ante tal situación no contamos con leyes ni con infraestructura para proteger a las personas dependientes, y tampoco existe protección social para las personas que llevan a cabo los trabajos de cuidados, casi en su totalidad mujeres.
Y aunque el problema está invisibilizado por los mecanismos culturales y psíquicos que rigen las dominaciones y las sumisiones humanas, habría que visibilizarlo y ponerlo en la agenda política. El discurso político actual, incluso el de izquierda, está cruzado por mistificaciones e ignorancias reconfortantes. Una mistificación es, justamente, la de la complementariedad natural entre mujeres y hombres, en la que resbala Sicilia cuando sugiere “vernos en el espejo del pasado” sin recordar que el pasado, para las mujeres, es la ausencia de derechos, la imposibilidad de estudiar, de trabajar, de participar políticamente. El pasado también es la castidad impuesta unilateralmente a las mujeres y la ausencia de anticonceptivos que desemboca en los hijos “que Dios mande” o en los abortos ilegales y estigmatizados. Y aunque el conocimiento del pasado ayuda a entender el presente (sobre todo cuando el pasado está tan vivo como en México), hay que tratar de desentrañar de dónde proceden las constelaciones conceptuales dentro de las que nos encontramos inmersos, y analizar sus expresiones discriminatorias.
Algo fundamental que Proceso ha documentado a lo largo de estos 40 años es la forma en que las acciones de las y los ciudadanos van ampliando y transformando los márgenes de lo que tradicionalmente se considera aceptable o moral. Las leyes que rigen la convivencia son la concreción de nuestras creencias, por eso cuando la sociedad cambia y las leyes no reflejan esas transformaciones, el orden social entra en conflicto. En cambio, cuando los procesos legales asumen las aspiraciones éticas, consolidan el avance social. Sin embargo, en nuestro país las leyes y sus políticas públicas se siguen definiendo desde una perspectiva que no asume a cabalidad ciertos problemas que mayormente afectan a las mujeres: no se considera la despenalización del aborto, no se otorga valor al trabajo de cuidado y se privilegian las opciones militares y policiacas para la resolución de conflictos.
Hoy, al releer la polémica Sicilia/Monsiváis, comparto la desazón de Sicilia ante las pérdidas que los hombres y las mujeres hemos sufrido con la industrialización, pero creo que su utopía de un mundo sin explotación económica implica aceptar lo que apunta Monsiváis sobre la importancia de que esa utopía incluya los derechos sexuales y reproductivos. Por otro lado, aunque Monsiváis reafirma su “Elogio a la liberación de las mujeres y las ventajas teóricas y prácticas aportadas por los feminismos”, que han llevado a muchas mujeres a “Liberarse de una legión de prejuicios y desarrollar aptitudes nuevas, con frecuencia formidables”, pienso que hoy en día también los varones requieren liberarse de prejuicios y desarrollar aptitudes nuevas.
Hoy se acepta lo que hace un siglo era impensable: mujeres que estudian, trabajan y gobiernan; sin embargo, escasean –y son ridiculizados– los varones que cuidan a los seres vulnerables y que se ocupan de las labores domésticas.
Y aunque es impresionante ver la velocidad con la que se han movido ciertos usos y costumbres, también lo es la resistencia que sigue habiendo. Indudablemente que la “guerra de los sexos” persiste y se vive cotidianamente, acompañada en ocasiones de actos de crueldad y violencia. La feminista francesa Elisabeth Badinter coincide con Sicilia cuando señala: “Es posible que, con ayuda del individualismo, las relaciones entre hombres y mujeres se hayan deteriorado. No sólo no se resolvió la disputa, sino que se complicó. Los dos sexos se colocan en víctimas el uno del otro”. Sí, lamentablemente hoy también los varones son víctimas de las relaciones de género.
Y justamente un punto central de la disputa es la conciliación trabajo-familia, que en el fondo es el tema de la conciliación de las mujeres y los hombres. Si no se concilia vida familiar y vida laboral pública, no se van a conciliar los hombres y las mujeres. Y si mujeres y hombres no se concilian, la vida cotidiana se vuelve otro campo de batalla más en nuestro desgarrado país.
¿Cambiará la desigualdad de género con la política? Esa pregunta es casi lo mismo que preguntar si cambiarán las mujeres y los hombres. Establecer un diálogo al tratar la asimetría entre los sexos requiere, para entendernos, precisar con cuidado qué queremos decir por igualdad, y cómo definimos el camino para alcanzarla. Creo que esa es una asignatura pendiente de Proceso, y para cumplirla le sería necesario sentir de manera más imperativa la urgencia ética de investigar, documentar y reportear las reivindicaciones, las luchas y los reclamos de género. Por lo pronto, habría que empezar a cuestionar la idea de que la igualdad se consigue en lo público sin modificar lo privado. Lo personal es político, decimos las feministas, y así cierro mi celebración por los 40 años de Proceso, con la esperanza de que dicha problemática capte un tantito más la atención de este querido semanario.








