Trump será un huracán para México. Y entre los ámbitos en los que amenaza con demoler está el de la seguridad. Su perspectiva simplista –construir un muro o deportar migrantes– se traducirá en grandes problemas para el país. A eso se suma la incertidumbre de su discurso contradictorio, y por consiguiente el gobierno mexicano debe barajar sus propias cartas con precisión y prepararse con valentía e inteligencia para todos los escenarios que pueden sobrevenir. En esto coinciden expertos estadunidenses.
El gobierno de Enrique Peña Nieto debe prepararse para lo peor. La línea dura de Donald Trump contra México se da por descontada entre especialistas de las relaciones de seguridad entre México y Estados.
En el mejor de los casos –aun cuando algunas de sus medidas fueran cosméticas– el perfil de la nueva administración estadunidense puede llevar a una mayor militarización en el combate al narcotráfico –estrategia que en su actual intensidad ya ha dejado alrededor de 200 mil muertos en México.
De hecho, el presidente mexicano y su gabinete de seguridad tendrán que considerar incluso medidas de represalia si Trump y sus colaboradores –salidos del radicalismo de derecha– se empeñan en tener con nuestro país una relación hostil, de países antagónicos, por divergencias en cuestiones de migración y narcotráfico.
Es posible, así, un retorno a la situación vivida en los años ochenta del siglo pasado, definida como la de “vecinos distantes” por el periodista estadunidense Allan Riding en su libro homónimo, en el que documentó la desconfianza y el enfrentamiento entre los gobiernos de Miguel de la Madrid y Ronald Reagan.
Ahora puede ser peor, inclusive, advierte Vanda Felbab-Brown, investigadora principal en el Centro para la Seguridad e Inteligencia del Siglo 21 en el Programa de Política Exterior de Brookings Institution, uno de los centros de pensamiento más influyentes de Washington.
Ella es experta en conflictos internos e internacionales y amenazas no tradicionales a la seguridad, incluida la insurgencia, la delincuencia organizada, la violencia urbana y las economías ilícitas. Se ha especializado en Afganistán, Indonesia, Somalia y México, a donde ha hecho visitas para revisar en campo las políticas de los gobiernos de Felipe Calderón y de Peña Nieto en relación con Estados Unidos.
Felbab-Brown no duda que en esos dos sexenios se ha improvisado y hecho muy poco para consolidar una política antidrogas de largo plazo. Dichos mandatarios han privilegiado la represión a las cúpulas de los cárteles y desdeñado el fortalecimiento institucional. Con el triunfo de Trump, la perspectiva es peor. Por lo menos de incertidumbre, dice en entrevista telefónica.
Si durante la última década la Iniciativa Mérida ha delineado la cooperación en materia de seguridad entre los dos países, con asistencia en equipo militar y de inteligencia a México, el arribo de los supremacistas a la Casa Blanca puede echar abajo lo que se ha conseguido después de muchos años de desconfianza, asegura Maureen Meyer, directora del Programa México de la organización no gubernamental Washington Office (WOLA).
Responsable del seguimiento de la Iniciativa Mérida y el respeto a los derechos humanos, el Programa México se concentra en migración y narcotráfico, tanto en la frontera como en el resto del país.
A través del cabildeo en el Congreso, su propósito es monitorear los recursos que Estados Unidos le da a México en materia de seguridad para que éstos se enfoquen en la reforma del sistema de justicia y de la policía. Pero, sobre todo, apoya a organizaciones mexicanas que buscan justicia para las víctimas de violaciones a los derechos humanos.
“No se sabe qué va a pasar con esa cooperación”, dice Meyer. Trump tiene en la mira el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) además de la migración y seguridad fronteriza. Durante su campaña habló muy poco de política exterior, y menos aún se refirió a América Latina. Sí se refirió al narcotráfico, sobre todo a la heroína mexicana, y esa perspectiva no es buena para México, asegura la estudiosa.
En eso coincide Felbab-Brown, directora del proyecto Mejorando la Política Global de Drogas: Perspectivas Comparadas y la Sesión Especial de la Asamblea General de Naciones Unidas, de Brookings Institution:
“Es muy difícil saber qué va a pasar. El presidente electo dijo muchas cosas contradictorias durante la campaña y muy poco específicas. En muchas materias, incluido México, es difícil saber. Pero ya reiteró que quiere deportar a indocumentados y detener el tráfico de drogas en la frontera, sin detallar nada sobre la lucha interna en México de los grupos que se disputan el control del narcotráfico.”
Pero asienta: “Lo único seguro es que habrá una línea dura hacia México”. Puede ser cosmética o de gran impacto. En el primer caso, si decide que construir el muro es muy costoso y extenso, podría entonces poner más elementos de la Guardia Nacional, apoyados con mayor tecnología. Sería una línea dura pero con poco impacto.
Pero también es capaz de adoptar esa línea dura con un tremendo impacto. Explica: si destruye el TLCAN impondría tarifas a las mercancías de México, lo que empeoraría significativamente la economía del país, elevando el desempleo y el subempleo, estimulando aún más la delincuencia, y con más gente tratando de entrar a Estados Unidos. Sería una política muy contradictoria porque terminar con el TLC empeoraría la inseguridad en la frontera.
Para que eso ocurriera podrían pasar uno o dos años, tiempo suficiente “para ser muy destructivo”. En su realidad como presidente, Trump deberá confrontar la dificultad de poner en marcha políticas contraproductivas e ineficientes. Los intereses de negocios o institucionales lo tendrían que llevar a buscar la cooperación con México. “Espero que aplique cosas más cosméticas antes que una política desastrosa para ambos países”.
Próxima a publicar el libro Lo negro del narco: cárteles, policías y corrupción en México, Felbab-Brown explica que Trump no está muy informado sobre la seguridad en la frontera. “Él se imagina que este problema se resuelve simplemente poniendo un muro electrificado y vallas para hacer una línea divisoria”, y no es así: implica cooperación, inteligencia y cumplimiento de la ley.
Doctora en ciencia política por el Instituto Tecnológico de Massachusetts y licenciada por la Universidad de Harvard, advierte “relaciones distantes, como las de los años ochenta, entre los dos gobiernos”. La alusión es clara al libro de Riding. “Una relación hostil o por lo menos distante. Será un escenario difícil, crítico. Pero me imagino que muchas cosas tienen que pasar antes de llegar a ese escenario”.
Explica que si Trump adopta una política agresiva, el gobierno de Peña Nieto –sobre todo en vísperas de la elección de 2018– puede decir: “Si ya no quieres una política de seguridad conjunta, ni la política de desarrollo de instituciones o más agencias de inteligencia aquí, gracias por tu dinero, pero no, gracias”.
Así, México podría perder el interés en cooperar, sobre todo si se ponen vallas en la frontera. El problema es que la droga seguiría fluyendo por otras vías: mar o aire. Además, sin colaboración sería más difícil revisar los camiones que entran a Estados Unidos.
Es más, si la administración Trump es demasiado hostil en sus políticas, actúa unilateralmente y toma medidas económicas contra México, como el desconocimiento del TLCAN, el gobierno de México podría tomar represalias de muchas maneras. Para empezar, dar por terminada la Iniciativa Mérida y cancelar la cooperación en temas de seguridad, o dejar de cooperar en el caso de la migración procedente de Centroamérica, aunque México tiene que contenerla por su propio interés.
Vigente desde 2007, en los inicios del gobierno de Felipe Calderón, la Iniciativa Mérida ha definido la relación en seguridad de los dos países, con ayuda en equipo y entrenamiento policial y militar a México, a cambio de una mayor presencia de las agencias de Estados Unidos en el país, incluidas las militares, que nunca antes habían podido entrar (Proceso 1776).
Una inmensa complicación sería que Estados Unidos sufriera un atentado terrorista cometido por gente que entrara por la frontera sur. Empeoraría aún más la relación y el gobierno de Trump podría hacer cualquier cosa. Además, un ataque desde el sur trascendería al próximo gobierno, dice.
“No creo que la nula cooperación sea una medida que el gobierno mexicano quisiera tomar aun con una relación muy hostil. Me imagino que buscará la colaboración”. El propio Peña Nieto lo declaró en cuanto se confirmó el triunfo de Trump.
Sin embargo, la también integrante de la Iniciativa Global Contra la Delincuencia Organizada, asienta que México podría tomar varias medidas ante una política hostil y antagonista de Estados Unidos: “Puede mandar señales muy fuertes al gobierno de Trump de que hay cosas inaceptables y decirle que no comparte sus puntos de vista”.
Optimista, arguye: “Me imagino que internamente el gobierno de México está preparando opciones y políticas inteligentes, incluyendo acciones de represalias. Una podría ser reducir la presencia de las agencias de inteligencia y dejar de ser los vecinos cooperativos que vimos en la administración Obama.
“Durante su campaña, Trump fue muy duro en lo concerniente a la migración y las drogas, pero espero que, por el interés de los dos países, haya esfuerzos para mantener la cooperación, como podría ser entre los estados de los dos países, antes de que se llegue al punto de los años ochenta.”
Maureen Meyer, directora del Programa México de WOLA, quien se ha encargado de darle seguimiento a la Iniciativa Mérida, dice que, ante una posible menor cooperación, Estados Unidos puede volver a las estrategias de erradicación y detección de drogas, en lugar de “la evolución que hemos visto a partir de la Iniciativa Mérida, sobre todo en temas institucionales o la reforma al sistema de justicia”.
Advierte de la probabilidad de profundizar el enfoque militar. En entrevista telefónica, recuerda que era lo que pretendía el gobierno, también del Partido Republicano, de George W. Bush al inicio de las negociaciones de la Iniciativa Mérida. El enfoque inicial fue el de darle más equipo militar a México, pero en la administración Obama, con Hillary Clinton como secretaria de Estado, se priorizaron las cuestiones estructurales e institucionales.
Ahora hay que ver quién tiene más influencia en la relación con América Latina y en particular con México, si el Departamento de Defensa o el Departamento de Estado, sopesa Meyer.
A mediados de la década pasada, el Pentágono pretendió el liderazgo para combatir a las pandillas en América Central. Y desde hace varios años han querido tener más cooperación con México. Con el gobierno de Felipe Calderón logró introducir agencias de inteligencia en el país.
De acuerdo con una investigación de WOLA, titulada Operaciones Especiales de EU en Latinoamérica: ¿Diplomacia Paralela?, el Pentágono triplicó los entrenamientos a militares de la región entre 2007 y 2014.
En el caso de México fueron dos adiestramientos por parte de las Fuerzas de Operaciones Especiales (SOF, por sus siglas en inglés), en las que participaron boinas verdes del Ejército y los llamados SEAL de la Marina, es decir, expertos en el combate en agua, aire y tierra. Los cursos se realizaron en 2007 y 2008, al inicio del gobierno de Calderón.
México tiene que definir qué quiere de Estados Unidos, y negociar. La experta anticipa que la asistencia antinarco puede limitarse mucho y México puede ser tratado como cualquier otra nación, a diferencia de lo ocurrido gracias a la Iniciativa Mérida: entre 2008 y 2015 el Congreso estadunidense ha autorizado 2 mil 462.2 millones de dólares de ayuda material a México.
“El indicador va a ser en febrero, cuando el Departamento de Estado presente su propuesta de presupuesto para el exterior. Ahí se va a ver el trato para el mundo y América Latina.
“Trump va a alterar la cooperación, seguramente. Aunque aún está pendiente aprobar este año la asistencia para 2017 y licitaciones de equipo ya comprometido. Hay muchos acuerdos y programas que están operando bajo la Iniciativa Mérida. Los cambios van a tardar un año para verse en el terreno, y el Congreso puede insistir en lo que piensa que son las prioridades”, asegura la analista.
–¿Podemos regresar a la certificación de Estados Unidos hacia México en el combate al narcotráfico? –se le pregunta, en alusión al programa injerencista que existió hasta 2002.
–El discurso antiinmigrante de Trump ya ha hecho mucho daño y no sabemos si el Congreso puede condicionar la ayuda y cómo lo haría. Por lo pronto, una de las prioridades con México es el TLCAN, no se sabe si renegociarlo o quitarlo. En seguridad, la gran pregunta es qué va a pasar con lo que se ha avanzado en los últimos 10 años.
Pero también es importante que el gobierno de Peña Nieto diga lo que quiere proponer, en dónde y en qué quiere cooperar. Es fundamental que se defina a pesar de los meses de incertidumbre que vienen. “Esperamos que se decida a atender debilidades estructurales, como el sistema de justicia y la policía, pero eso más difícil que la mera entrega de equipo”.
Respecto de los derechos humanos apunta que va a ser difícil que la administración Trump priorice la situación en México. Un presidente electo que en campaña ha apoyado la tortura, dice Maureen Meyer, difícilmente adoptará ese tema como una de sus prioridades.








