Señor director:
Entre conductores de vehículos es fama que la Policía de Tránsito del Estado de México es particularmente difícil, por decirlo de manera suave. Se dice que con ellos queda muy bien aplicado el calificativo de “mordelón”.
Un fin de semana reciente salí con mi familia, de Cuernavaca rumbo a Querétaro. Para evitar el engorroso paso por la Ciudad de México nos fuimos por las Lagunas de Zempoala y, naturalmente, tuvimos que pasar por el Estado de México.
En un tramo vecino a San Nicolás Coatepec, en la carretera 106, se instala un agente de tránsito que detiene a todo automovilista sin razón alguna, pero en especial a quienes no somos mexiquenses. El policía interroga al conductor, le ordena que le abra la cajuela, que se le muestre todo tipo de documentos, póliza de seguro, licencia de manejo, etc. Si tiene uno la mala fortuna de no contar con alguno de esos papeles ya se amoló. Pero incluso si todo está en regla el policía se las arregla para inventar cualquier tontería. Hasta llega a decir que no se permite, en el Estado de México, llevar parasol en las ventanillas.
En el caso de los que vivimos en Morelos, el asunto es grave en estos días en que los verificentros han sido cancelados. Exige la verificación, aunque ya no tenga sentido hacerlo. El policía lleva con él dos o más compañeros, a los que ordena que revisen la cajuela y el automóvil en general. Que “hagan bola”, con clara intención de amedrentar al conductor y sus acompañantes. Una vez que inventó cualquier cosa, amenaza con levantar una infracción que amerita llevar el vehículo al corralón. Dice que serán mil 800 pesos de multa y que el dueño no podrá recoger el vehículo hasta el lunes siguiente. Todo lo hace con una prestancia digna de mejor causa. El sujeto tiene colmillo. Si va uno de paso, lo normal es que uno esté cansado de manejar y que no quiera ningún contratiempo para arribar a su destino. El policía-mordelón se percata de esto y comienza a “negociar”. Suelta: “Con mil pesos lo arreglamos aquí”. Si uno cede se “arregló el problema”. Si no es así, el sujeto continúa de una forma descarada y cínica presionando para que uno ceda por algún precio.
El problema serio es que este “servidor público” –yo diría más bien ladrón– tiene meses o quizá años con ese “negocio”. Esto lo deduzco porque les he platicado a mis conocidos lo que sufrí en mi viaje y ellos me han dicho que a ellos, o a conocidos de ellos, les ha ocurrido lo mismo desde hace por lo menos un año. El policía es bajo de estatura, muy moreno y usa unos lentes oscuros que no permiten verle los ojos, pero él sí puede seguir las reacciones de uno. Esta descripción coincide en todos los casos. Desafortunadamente la sorpresa, amedrentamiento o el coraje lo ciega a uno y no atina a fotografiarlo, grabarlo o siquiera a tomar las placas de su patrulla. Pero es muy fácil reconocerlo. ¿Podría tomar cartas en el asunto alguna autoridad honesta?
Atentamente:
Alfonso Huanosta Tera








