“Los últimos días en el desierto”

Escrita y dirigida por Rodrigo García, Los últimos días en el desierto (The Last Days in the Desert, EU, 2015)  corre el riesgo de pasar desapercibida; pese a la aridez del tema, lo menos que se puede decir de la película es que es bastante entretenida, pero este Jesús (Yoshua), camino de regreso a Jerusalén al final de su retiro en el desierto, parecería demasiado humano para la ortodoxia cristiana, o demasiado espiritual para los escépticos.

El guión evita el aspecto espectacular de las tentaciones satánicas, los efectos especiales del vuelo, la demanda de convertir piedras en pan, o de adorar al calumniador, la confrontación habría ocurrido antes, da la impresión de que la relación entre Yoshua y Satanás es de viejos conocidos; el mismo actor, Ewan McGregor, interpreta a los dos personajes, como si la peor tentación fuera el juego del reflejo, la trampa del ego. Este hijo de Dios no podría confundir al diablo con un ángel como ocurre con La última tentación de Cristo de Scorsese.

Más cercano a la novela de Kazantzakis, este Cristo, además de padecer hambre y sed, es capaz de reacciones meramente humanas como miedo y tristeza; de las contribuciones al cine sobre la persona de Cristo, Los últimos días en el desierto es la más psicológica. El eje es el padre; Yoshua llama a un padre que no responde, por lo menos no a viva voz; y en la familia con la que convive, ayudando con su experiencia de carpintero, el tema central es el conflicto con el padre (Ciarán Hinds), la falta de comunicación con el hijo adolescente (Tye Sheridan) que desea abandonar el lugar y hacer su vida en Jerusalén, cosa que aprueba la madre (Ayelet Zurer), moribunda.

Rodrigo García (In Treatment) conoce bien el manual freudiano, la tesis de la figura aplastante del padre, el deseo de eliminarlo, y la toma de responsabilidad de ser uno mismo. La situación es arquetípica, y tan simple como parece ilustra bien el conflicto sobre la sumisión o la rebeldía del hijo, el derecho a ejercer la propia identidad. La metáfora funciona dramáticamente, no porque Yoshua se vea reflejado simplemente ahí, sino porque entiende, junto con el espectador, que los grandes dramas universales se viven a nivel cotidiano y personal. La mejor cualidad de este director (Mother and Child), todavía poco apreciada, es la capacidad para horadar la psique de sus personajes a diferentes niveles sin perder el hilo.

Este es un Cristo en situación, que existe ahí, en el desierto, sin perder nunca su esencia; la física es contundente, el polvo se respira, la piedras pesan, el agua hay que traerla de lejos, nada se ve de utilería, la actuación es directa, real sin realismo que abrume; el humor es posible, incluso un poco escatológico, sin atentar contra la persona de Jesús. La fotografía de Emmanuel Lubezki juega con cielo y tierra, convierte el desierto en epifanía, lugar de revelación.

La relación es de espejo, pero el diablo sabe más, de ahí que intente jugar con la inexperiencia de Yoshua y hacerlo caer en una tentación peor que la de querer escapar de la muerte, la de hacerlo creer que el padre tiene muchos hijos como él.