A propósito de la temporada de danza Trilogía Memoria Viva en la que estuvieron presentándose los especialistas Alan Stark, Anadel Lynton y Mirta Blostein –en ese orden de programación– en el Salón de Danza de Ciudad Universitaria, se dedica este espacio a la performatividad de Lynton, no sin antes mencionar de manera sintética los particulares estudios del cuerpo que cada una de esas figuras ha desarrollado desde los años setenta.
Y que el público pudo conocer por la iniciativa curatorial de la Dirección de Danza de Difusión Cultural UNAM, consistente en reunir los conocimientos de todos ellos.
Primero, Stark ha abordado desde una perspectiva histórica el género del flamenco y las danzas europeas de los siglos XV al XIX. Segundo, Lynton ha realizado diversas prácticas artísticas motivada por el activismo, la coreografía en el espacio público y la pedagogía del cuerpo. Y tercero, Blostein ha trabajado un concepto amplio del movimiento que extiende el ser bailarín más allá de la etapa de la juventud y hasta la vejez.
En particular, la presentación de Anadel Lynton articulaba múltiples recursos performativos como hierbas de olor con las que los asistentes recibieron, voluntariamente, una “limpia”, y daba pétalos para que ellos mismos trazaran caminos hacia una realidad de paz. Además, lavaba su cuerpo con semillas de frijol y arroz en un acto simbólico de purificación y renacimiento.
Ese conjunto de recursos naturales que constituyen una parte de la performatividad de la bailarina mostraban la influencia de los pueblos originarios de Chiapas, que ella absorbió durante su faceta como activista en el frente de derechos humanos organizado por Samuel Ruíz en los años noventa.
En dicho frente, Lynton realizó labores de acompañamiento de la comunidad zapatista, como registrar en una bitácora los aviones que sobrevolaban la zona y enseñar mecanografía.
Al hacer el relato caminando de esa formación en la comunidad del sur del país, ella integraba un elemento narrativo a su performance. Dicha historia surgió espontáneamente por la entrevista que Livia Olvera –su hija– conducía en escena.
Asimismo, hubo otros dos testimonios en vivo que abarcaban sus facetas pedagógica y coreográfica en la calle:
En uno, Rogelio Rueda, exalumno de la maestra, se refería retrospectivamente al taller de improvisación que ella conducía en el Museo Universitario del Chopo hace menos de dos décadas, por medio del cual consiguieron varias conquistas en las políticas educativas de la institución, entre las que destacaba mantener el espacio físico de manera grupal y autónoma para realizar los jams de entrada libre aun en ausencia de la maestra.
En otro, Lourdes Fernández, exbailarina de Romerías Tours –recorrido coreográfico en la calle– elaboraba en vivo el recuerdo con movimiento sin recurrir a la palabra al bailar en el foro la danza que Lynton usó para el espacio público de la colonia Roma: se trataba de un fragmento alusivo a la idea de la revolución tomado de la obra coreográfica 30-30, original de Nellie Campobello.
Como uno de los principios sociológicos de la artista consiste en que la danza y la coreografía suceden por la participación kinética de los asistentes dentro de un contexto afectivo –en lugar de ser representadas por un elenco de bailarines desde afuera y lejos en relación con el público–, la maestra impartió una clase sintética de exploración de movimiento y creatividad a voluntarios como otro momento destacado del performance.
Distanciada de la danza contemporánea tradicional, Lynton ha sido una artista multifacética que reunió todo su acervo y performatividad chamanística, narrativa y docente para construir su intervención escénica titulada Danzando en comunidad en la temporada a la que fue convocada.








