“Pasión por las letras”

La biografía de Max Perkins, el notable editor que además de tolerar supo reconocer el talento de escritores como Hemingway o Scott Fitzgerald, ha circulado por décadas: Scott Berg comenzó con este tema de tesis en Princeton y el resultado final fue Max Perkins: Editor de genio (1978). La adaptación a la pantalla de este libro, imprescindible para quien se interese en esa etapa vital de la literatura norteamericana, sonaba como buena noticia.

El guion de Pasión por las letras (Genius; E.U., 2016) estuvo a cargo de John Logan, quien tiene en su haber trabajos estupendos como Gladiador o Coriolano; el reparto contó con varios de los mejores actores británicos, y la dirección estuvo a cargo de Michael Grandage, conocido director de ópera y de teatro shakespeariano. El proyecto, sin embargo, naufraga de principio a fin.

La historia se enfoca en la relación de Perkins (Colin Firth) con el joven Thomas Wolfe (Jude Law), desbordado escritor que irrumpe con manuscritos de miles de páginas que el concienzudo editor ayuda a trillar; de ese paciente esfuerzo salen obras maestras como El ángel que nos mira (Look Homeward, Angel; 1929). Además de la carga editorial y de sobrellevar egos de escritores geniales con adicciones y problemas financieros, Perkins es hombre de familia con cinco hijas (se sobrentiende que Wolfe se convierte en el deseado hijo varón); con Aline Berstein (Nicole Kidman), amante y patrocinadora mayor que él, Wolfe completa el marco de sus figuras paternas.

Las dificultades de la cinta empiezan con el título: el genio puede ser el del escritor, el editor o una entidad abstracta, algo así como el problema de la genialidad. Editor de genio, como subraya el título de la biografía en inglés, podría matizarse como decir editor de mucho talento. El matiz importa porque un director experimentado en el teatro como Grandage, que nunca había dirigido cine, sabría que la línea dramática depende de una definición clara. La revista The New Yorker comenta que desde las primeras páginas de la lectura del guion, los productores se sorprendieron de que un editor pudiera ser el héroe de una historia. Queda claro que Grandage no se salió con la suya.

El contexto de la Gran Depresión, inseparable de la poética y de la vehemencia de Wolfe, apenas se mira como trasfondo del diseño de producción; en todo caso, según comenta Berg, el mérito de descubrir, editar y publicar la obra no dependió sólo de Perkins sino también de su equipo de trabajo, incluyendo a su secretaria. Hollywood exige que el personaje cambie, y cambió en esta versión de Wolfe, el ego del histérico y movedizo autor crece de manera monstruosa, y habría habido mucho que explorar por ese lado, pero matar al padre en sentido freudiano asusta en esas tierras, y el enfrentamiento entre Perkins y Wolfe se resuelve de manera sentimental y satinada.

Da pena ver los esfuerzos de Jude Law, Peter Pan desbordado con un acento sureño que nunca cuaja, o los tics de Colin Firth como si quisiera esconderse bajo el sombrero. Reducida a un esquema de estereotipos, el de la esposa inteligente y abnegada (Laura Lynn) de Perkins, el de la amante ofendida de Wolfe (amenazada por el lugar que toma el editor en su vida), la cinta deja el sabor de un espectáculo de fuegos de artificio que nunca explotaron.