Lillian Helman (1905-1984) retrata, en Pequeños zorros, la ambición y la lucha de poder al interior de una familia aristocrática de finales del siglo XIX en la región sureña de los Estados Unidos. Una crítica aguda a la voracidad capitalista y a la perversión de los sentimientos humanos.
Ahora podemos vivir la historia de esta familia en el teatro Santa Catarina con un equipo actoral consistente y la certera dirección de Luis de Tavira.
La autora ejemplifica el impacto de la revolución industrial al interior de una familia que está a punto de cambiar de sistema productivo y dedicarse a la fabricación de fibras textiles. En ella, dos hermanos, que producen algodón, se asocian para meter su dinero en una fábrica, pero requieren de un inversionista más, el cual ven en la figura del esposo de su hermana. Ella, a la que han dejado fuera de la herencia paterna, pero es igual de ambiciosa, elabora un plan para obtener el mejor beneficio, en contra de lo que la sociedad de su tiempo esperaba de cualquier mujer: sumisión y abnegación. Los hermanos, en colaboración, están dispuestos a robar, a engañar y a utilizar al hijo de uno de ellos para lograr sus objetivos.
Pequeños zorros (1939) causó revuelo en su época por la crítica hacia el cambio económico que se venía solidificando en detrimento de los campesinos vueltos obreros, y por vislumbrar un relato autobiográfico de la familia con la que Lillian Hellman creció.
El título de la obra ilustra a la perfección la intención de la autora: pequeños zorros, astutos y feroces que buscan conservar y ampliar su territorio. En la obra, la figura femenina juega con las mismas armas y se enfrenta a los hombres de tú a tú, aunque lo que pueda perder sean los regalos que la maternidad le brinda. Lillian Hellman, con atrevimiento, coloca a la mujer en las entretelas del poder familiar y supera la visión machista de su tiempo que en el siglo XXI sigue existiendo.
La conformación familiar y la estructura social del siglo XIX tiene formas distintas, pero reproduce nuestra situación actual; de ahí el hallazgo de no contemporaneizar el texto de Hellman sino de mostrar un momento histórico y que sea el espectador el que vea retratado nuestro presente.
Así como Lillian Helman crea personajes complejos, los actores de esta puesta en escena se apropian de los propios para darles volumen y profundidad: Stefanie Weiss, Arturo Ríos, Juan Carlos Vives, Pedro de Tavira Egurrola y Ana Clara Castañón, entre otros, logran la verosimilitud necesaria para impactar emocionalmente en el espectador. El trazo escénico de Luis de Tavira crea ritmo y movimiento. La obra fluye y acompañamos a los personajes en su transformación; en sus logros y en sus derrotas, pero sobre todo en sus bajezas, que son con las que la autora construye el drama.
La escenografía de Alejandro Luna plantea, con realismo riguroso, una estancia principal, una escalera y un comedor. Se admira la resolución escénica donde el comedor se ve a través de un espejo, y el uso dramático que se le da a las escaleras, donde los personajes tienen momentos definitivos.
En Pequeños zorros presenciamos una paleta amplia de personajes; cada uno con su problemática, sus claroscuros y su carácter bien definido. En Lillian Hellman prevalece la decepción y rechazo hacia nuestra sociedad actual y muestra, descarnadamente, de lo que una familia adinerada y ambiciosa, puede ser capaz.








