Conclusión de litigios

Este 2 de octubre los latinoamericanos tenemos dos eventos relevantes para incrustar a la memoria. El ya conocido de la noche de Tlatelolco, ocurrido el año de 1968, es el primero. Como reza el lema reiterado de su conmemoración: 2 octubre no se olvida. Lema atinado, sin duda. Los actores señalados como responsables de aquella masacre, los hombres del poder, repitieron el montaje hace apenas dos años, con una saña similar, con un cinismo copiado al pie de la letra, para mentir sobre la identidad de los ejecutores y la tergiversación de los hechos. Ahora escogieron como víctimas a actores del mismo gremio, estudiantes, si bien ahora fueron normalistas de Ayotzinapa.

El pueblo mexicano no echa al olvido estas masacres, estos atentados a la integridad de sus miembros. Los muchachos normalistas de Ayotzinapa, al igual que los estudiantes universitarios de la noche de Tlatelolco, sacrificados en aras de aviesos intereses, ocupan ya un espacio en el corazón de quienes pugnamos por un país distinto al que hollamos. Ocupan merecido lugar en el nicho de nuestro respeto colectivo y los anhelos de una patria justa y sin distingos, ni de raza ni de credo ni de preferencias sexuales como está en boga por el día presente. En su humanidad se ensañó la sevicia de quienes ocupan los puestos administrativos y recibieron la descarga de la intransigencia, que ciega a quien se fanatiza con el ejercicio del poder omnímodo e impune.

La rememoración de lo vivido por los muchachos de Ayotzinapa en la trágica noche del 26 de septiembre casi viene a empatarse en el calendario cívico mexicano con la de Tlatelolco, que no ha pasado al olvido. Vamos a terminar armando con ambas, de manera simbólica, “la semana de la dignidad”, “la semana por el rescate”, “la semana de un nuevo México”. El mes patrio iniciará con el grito de Independencia y concluirá con el altar de los caídos de Tlatelolco, pasando por rememorar la infamia cometida en contra de nuestros muchachos de Ayotzinapa. Los del poder siguen impertérritos y enmudecidos cuando se les cuestiona sobre el paradero de estos desaparecidos. Mas ya no es sólo exigencia del pueblo mexicano sino que se volvió mundial el reclamo por saberlo.

Esto es doméstico. Pareciera que no mantiene vínculos sólidos con luchas que se desarrollan en otros escenarios. Mas basta con presentar avatares de otros confines para encontrarnos con que los acontecimientos de otras latitudes se anudan entre sí y se hermanan. Este 2 de octubre transitan masivamente nuestros hermanos colombianos a depositar su voto en urnas, convocados a un plebiscito, para aprobar o rechazar la propuesta de paz signada entre el gobierno y la guerrilla más antigua del mundo, las FARC.

Tras cuatro años de negociaciones en La Habana, promovidos y alentados por personalidades que le buscan salida a los conflictos más cruentos en los que nos enredamos los seres humanos, ambos beligerantes aceptaron discutir cara a cara las diferencias que los mantienen con las armas en la mano y los mecanismos que darán salida al conflicto. Compactaron en seis puntos sus acuerdos. Entre ellos están las problemáticas para las que nunca se dice la última palabra como el reparto de las tierras, la brasa ardiente del cultivo y comercialización de los narcóticos, la indemnización a las víctimas, la entrega de las armas y la reinserción a la vida pacífica de los combatientes. No falta, por supuesto, un tribunal que revise lo que fue lucha política y lo que haya saltado las trancas y que sea criminalidad por castigarse.

No fue fácil llegar a tales acuerdos. El esfuerzo lo hicieron ambas partes, mereciendo el aplauso por lo que significa generosidad ante la concesión de una parte y de otra. Como siempre ocurre, los que pertenecen al bando de la mano dura, los intolerantes, aquellos que se dejan cegar por la locura de la violencia y que se reclaman poseedores de la verdad absoluta por imponer, sólo ven como solución definitiva la aniquilación de una de las partes en litigio y descalifican a quienes proponen la salida negociada.

El expresidente colombiano Uribe pertenece a este bloque de intolerantes. Por supuesto que no es el único. Desde que se desarrollaban las pláticas de entendimiento entre las FARC y el gobierno estuvo dinamitando y descalificando cada paso que se anunciaba como ganancioso en el proceso de paz. En el plebiscito, su camada de intolerantes encabeza la opción por el NO. Esta propuesta tiende a conseguir que el pueblo colombiano rechace el acuerdo, ya signado entre los beligerantes, y que ambos bloques de combatientes se remonten de nuevo a los campos de batalla hasta que uno de los dos termine de eliminar al otro y provenga la paz de los sepulcros.

No es de admirarse que existan tales actitudes políticas patológicas, ni en Colombia ni entre nosotros. Aquí también actúa con el mismo margen de acción gente de la derecha que sostiene tales posturas. Baste y sobre para ilustrar con el dato de nuestras dos fechas emblemáticas arriba mencionadas, en las que compatriotas nuestros perdieron la vida o fueron desaparecidos por agentes emboscados, por criminales que no dan la cara y que siguen manteniéndose protegidos a la sombra de las fuerzas oscuras del poder. Las convicciones de estos actores no serán otras que las de las soluciones de fuerza. Entre Colombia y México, ante situaciones cruentas, no hallamos mucha diferencia.

El padre Camilo Torres escribió en 1966, a propósito de los conflictos irresolutos de su patria, Colombia, lo siguiente: “Durante más de 150 años la casta económica usufructuó el poder político en su propio provecho. Inventaron la división entre liberales y conservadores. Durante 40 años los liberales no tuvieron puestos y después les sucedió otro tanto a los conservadores durante 16 años. Las diferencias políticas y religiosas ya habían cesado. No se peleaban entre los oligarcas sino por la plata del gobierno y por los puestos políticos. Mientras tanto el pueblo se había dado cuenta de que la lucha por el partido liberal o por el conservador lo hundía cada vez más en la miseria. Los aristos (sic) no se daban cuenta de que el pueblo estaba harto de ellos. Cuando apareció Gaitán enarbolando la bandera de ‘la restauración moral de la república’, lo hizo tanto contra la oligarquía liberal como contra la conservadora, por eso ambas oligarquías fueron antigaitanistas”.

Eliécer Gaitán pintaba a ser el candidato popular que se alzara con la victoria en Colombia, en 1948. Conservadores y liberales se conjuraron para impedirlo, lo asesinaron el 9 de abril de ese año. A partir de entonces, la violencia se desató en aquel país hermano y la guerra civil no cesa. Ahora alcanzan un punto de acuerdo para transitar por fin a la paz tan deseada. En cambio aquí nuestras heridas siguen abiertas y no se oyen cantos de reconciliación próxima. ¿Cuándo nos veremos los mexicanos tan generosos e inteligentes como nuestros hermanos colombianos?