Escrita por Hugo Valdés Manríquez, El asesinato de Paulina Lee (Tusquets) es una novela que provoca un sentimiento muy conocido por la sociedad mexicana: indignación ante la impunidad. La anécdota se ubica en Monterrey durante los años treinta: pero el retrato de un hecho violento para el que son fabricados culpables es tan actual y doloroso que parece ocurrió ayer. Autor también de El crimen de la calle Aramberri, halló dicha historia “como quien tropieza con un cadáver”.
Monterrey, NL.– El autor de la novela
El asesinato de Paulina Lee (Tusquets Editores), Hugo Valdés Manríquez, encuentra paralelos con la actualidad en un sonado caso de nota roja que impactara a la sociedad regiomontana hacia 1938: una chica es masacrada y el autor material es protegido desde el poder, donde se creó un chivo para la expiación.
La novela remite a injusticias indignantes como las que se cometen en la nueva centuria.
Cesáreo Hernández Juárez, auto culpable del hecho, tenía sólo 15 años; no obstante, durante los días que estuvo encerrado, se le hizo pasar por adulto mientras se dilucidaba su verdadera edad. En la indefinición y sin haber sido comprobada su participación en la tragedia, Cesáreo tuvo un inesperado final.
“No lo llevan al tribunal de menores, como se debía. Querían acabar con él. Había muchos huecos en esta investigación. Hay un comentario a la impunidad en esta ciudad en especial, la doble moral de Monterrey, de los regiomontanos de aquella época, y la actual”, afirma en entrevista Valdés Manríquez.
Se encontró la historia como quien tropieza con un cadáver, dice.
Era 2008. Buscaba información hemerográfica sobre El crimen de la Calle Aramberri, otra de sus novelas, cuando encontró un reporte del homicidio de una adolescente de origen asiático, que había sido asesinada por un repartidor quien era su compañero de trabajo. El presunto se había responsabilizado espontáneamente del crimen.
Al hojear los periódicos para interesarse en el caso, el autor intuyó que el proceso estaba sucio. Cuando buscó el expediente, en los archivos judiciales confirmó sus sospechas, pues había desaparecido todo rastro del procedimiento que se siguió tras el homicidio, cometido con arma blanca.
Encontró que tenía entre manos un gran relato, como el que finalmente plasmó en su texto de 265 páginas: una bella adolescente se enreda ingenuamente en una cofradía de chinos acaudalados, que se protegen entre sí y con el cobijo de la ley, a la que han comprado.
Apegado al género de la novela negra, El asesinato de Paulina Lee es una historia de suspenso que tiene como eje la investigación viciada que se le sigue a Cesáreo: existe un homicidio doloso y un cuerpo acribillado a puñaladas. El autor hace saltos en el tiempo y recrea la vida de víctima y victimario, para entenderlos y explicarlos.
Aunque como lo advierte desde el principio de la obra, Valdés Manríquez aclara que “todos los personajes son producto de la ficción”. Con recursos de la narrativa, les inventa una vida a los muchachos.
Monterrey, decadente de origen
A manera de escenario, el autor crea un lienzo gigantesco y con detalles de lo que era Monterrey postrevolucionario.
La descripción es exhaustiva y, por momentos, abrumadora. Se muestran usos y costumbres, arquitectura, tecnología, política, sociedad, prensa, leyes. El universo regiomontano de la época queda descrito en una minuciosa disectomía de un pasado que se ha ido para siempre.
En las pesquisas hemerográficas, el escritor encontró valioso material. Registró detalles de la época, marcas de moda, tendencias. Las fotografías que publicaban los diarios fueron de gran ayuda para describir los momentos. Recurría a la lupa, para encontrar en las gráficas detalles que son fielmente descritos. Hasta encontró los planos de la ciudad de aquellos tiempos, para ejecutar los trazos de sus personajes en sus andanzas por la zona citadina.
Valdés encuentra complicado describir su trabajo.
“No sé cómo llamarlo. La non fiction, de Truman Capote (A sangre fría), supone que todo debe estar apegado a la realidad. El libro sí es novela negra y se dan cuestiones históricas, pero no del todo. Tuve que inventar, para que funcione.”
Ya antes había tocado una temática similar en El crimen de la calle Aramberri (1993, en Ediciones Castillo y la UANL), clásico de la literatura regiomontana del crimen. Describe un asesinato sucedido en 1933 cometido contra otra joven, ocurrido en 1933 (un lustro antes del de Paulina Lee) en el centro de Monterrey. Las dos novelas se asemejan por la época, las víctimas, la ciudad, la saña y el desenlace. El escritor reconoce las similitudes; pero asegura que con el caso de Paulina, él regresó al punto por mera coincidencia.
“Entre uno y otro hecho pasaron cinco años, pero me dio oportunidad para darme cuenta de cómo cambió la ciudad. En la parte programada y meditada de la obra, hice las comparaciones. Y, bueno, en los dos casos hay ley fuga. En el caso de la calle Aramberri a los inculpados se los llevaron fuera de la ciudad; pero en este otro, fue en sábado a las seis de la tarde. Un descaro. Me sentí obligado a escribirlo”, señala.
Empleó tres años para recopilar datos y unos cuantos meses para desarrollar el texto, porque “ya lo tenía en la cabeza”. Luego, con el trabajo de edición, tuvo que tumbarle un centenar de páginas para darle acabado.
El libro se lee en forma de radioteatro, con un estilo narrativo truculento. La voz descriptiva es por momentos tremendista y funciona para enmarcar el crimen como noticia de tabloide. Hay un uso evidente de jerga policiaca pasquinera, con lo que se resaltan las tendencias estilísticas de los periódicos de ese tiempo.
“Sí, es como una parodia, de alguien que estuviera hablando con algo de exageración. Si leemos en voz alta, se escucharía a alguien diciendo: ‘Damitas, están invitadas a venir…’, o algo así por el estilo. Hay algo de perorata, adjetivación, muchos juegos de palabras, aliteraciones…
“Mientras escribía, quería saber hacia dónde me llevaba esa voz. Sí esperaba que tuviera una respiración determinada. Me dejé conducir, quería que se percibiera el arrobo ante la noche y las montañas, figuras de esas.”
El narrador “es algo merolico”, recuerda el autor. Sin embargo, el suceso “es permanentemente doloroso”: dos jóvenes inocentes son objeto de un sacrificio, ordenado por poderes misteriosos de los que eran completamente ajenos. Se despidieron de este mundo sin saber por qué.
“Claro que sentí gacho al escribir, pero en parte por eso hice el libro, para que no fuera en vano. Hay rumores feos, de ese tiempo, sobre cómo era Paulina. Pero lo visible, lo consultable, lo que encontré no habla que se dedicaba a la prostitución. Ella era una hija de familia, tenía trabajo y es asesinada de forma vil. Si se metieron con ella, fueron fregaderas de quien era su jefe, no de ella, que era una menor.”
Fueron cambiados algunos nombres reales involucrados en el caso que aparecieron en las notas de la época, y ciertos participantes en la investigación para evitar reclamos de los verdaderos descendientes. Existen más alusiones de personas a las que también se les distorsiona la identidad, así como víctimas de otros hechos delictivos de esos tiempos, o parientes de los involucrados. Las direcciones también fueron alteradas.
En cambio, Vázquez dejó los nombres reales a los personajes que participaron de buena fe, del lado de la ley, buscando a los auténticos responsables. Fue su manera de darle las gracias a los justicieros, por no doblegarse en la búsqueda de la verdad.
Valdés es pudoroso en las descripciones de la intimidad. Reconoce que fue cauto al plasmar imágenes, pues la víctima china era menor de edad. Se apiadó de su memoria.
“El cineasta danés Lars Von Trier (El anticristo, Ninfomanía) presenta unas cojidotas en la pantalla grande, pero yo hice todo lo contrario porque Paulina era menor de edad, tuve contención. Su despertar sexual es abstracto, imagina ella a un pelado (que puede ser cualquiera, como el mecánico ese que incriminan y nada tuvo qué ver). Lo sexual lo imagina. Y de hecho toda la novela eso es deliberado y recatado”, explica.
La historia ocurre en Monterrey, pero su temática puede ser replicada en cualquier lugar de México, Latinoamérica, “o del planeta”. El poder puede corromperlo todo. Monterrey es ejemplo de progreso en el país, aunque acá la justicia también se prostituye, como donde sea.
“Cualquiera, desde cualquier ciudad, puede verse a sí mismo en la descripción de aquel Monterrey que como ciudad se sostenía con alfileres. Estaba en un momento en el que toda gran metrópoli decide crecer, pero no dejaba de ser pueblo torpe, con problemas de ignorancia terribles. Puede mover a voltear hacia el pasado de su propia ciudad. No hubo transición de terciopelo del ranchito a la gran urbe.”
Valdés Manríquez apunta que crímenes como el de Paulina Lee horrorizaron en su tiempo y ahora, las muertes violentas ocurren a diario. La sevicia se ha incrementado, dice, y los asesinos han encontrado maneras más brutales para dejar sus huellas.
“La chinita fue acuchillada. Los sicarios hoy exhiben en la calle decapitaciones, rostros desollados, cuerpos colgados, desmembrados.”
Concluye el novelista:
“En el comparativo de los tiempos, veo el fracaso humanista de Monterrey. Hay una mirada resignada y fría de aceptar los hechos. El fracaso es total al ver que ya no hay asombro, aunque sean crímenes que no fueron personales, dicho sea esto aunque se trate de personas. Antes, la gente se horrorizaba, y ahora no. Es terrible.”








