“Nerium Park”

Una pareja cambia de departamento para mejorar sus condiciones de vida. Esperanzados, se instalan en un conjunto habitacional alejado de la ciudad pero con todas las comodidades. Sólo son ellos los habitantes, y a pesar de sus deseos de tener vecinos, no hay nadie que los acompañe.

La situación de Nerium Park está planteada y la pareja sufre una descomposición, no sólo por ese cambio, sino por el exterior que roba lo poco que se puede tener para subsistir: el empleo, la tranquilidad, la posibilidad de amar.

Con la ecuación desventajosa determinada por el exterior, la pareja se va minando y destruyendo la armonía. Ella, como jefa de recursos humanos, tiene que despedir empleados y él, paradójicamente, es despedido de la empresa donde trabajaba, y toda la alegría y las expectativas de una mejor vida se van por la ventana.

En Nerium Park, de Josep Maria Miró, lo social determina lo individual con tal contundencia, que da escalofríos. La inutilidad lleva a la enajenación del yo, y la realidad exterior, que  es víctima y victimaria a la vez, se expresa en una presencia que ambos intuyen y que habita en el complejo habitacional. Ella apenas lo siente, pero él convive con ese hombre –que pudiera ser el que ha sido despedido por ella–, y el único que le hace compañía.

La historia que se desarrolla bajo esas premisas está planteada sólidamente por este dramaturgo catalán e interpretada por Mariana Garza y Pablo Perroni con gran verosimilitud. La obra pasa de ser una comedia romántica a una historia de suspenso y desesperación. Los actores se enfrentan al reto de una transformación rotunda: del optimismo y seguridad de él, al sufrimiento y el desprendimiento emocional extremo; de la inseguridad y culpas de ella, al conflicto y el miedo hacia él. Comprometidos con sus personajes se despojan del lugar común para explorar otros caminos.

El director Sebastián Sánchez Amunátegui limita el espacio a una pequeña estancia que hace las veces de sala y en la que logra que los personajes transiten con soltura. El espectador es un espía que observa a través de una ventana, como si fuera la cuarta pared, que da a la alberca común. Miradas hacia abajo que confunden, miradas hacia lo que no existe.

El autor elige un día de cada mes para contarnos los acontecimientos a lo largo de un año; doce escenas, doce momentos que miden la temperatura de la evolución o involución del matrimonio. Los oscuros o cambios de escena y vestuario retardan e incomodan, pero resultan necesarios para responder a esta convención.

La música original de Tareke Ortiz es un ingrediente fundamental para crear el suspense que contiene la obra. Aunque se presenta desde un inicio y provoca desconcierto al no coincidir con lo que se está viendo, conforme ocurre la pieza la preparación anímica imperceptible detona cuando todo explota.

De la naturalidad al drama, del afecto a la violencia, de la relajación del que mira a la incertidumbre, del apego al distanciamiento hacia los personajes. Nunca se tiene certeza en qué pueden convertirse las personas frente a una situación crítica.

El espectador teme, el espectador no tiene claro qué es real y qué es lo imaginado; cuál es el punto de vista que tiene la verdad; gran acierto del autor y el director. La incertidumbre y la sorpresa están presentes en Nerium Park, por concluir temporada en el Foro Lucerna.