El arte de la indumentaria en México

Aun cuando carece de una narrativa curatorial que permita ubicar la definición de moda y la pertinencia de las piezas históricas seleccionadas, la muestra El arte de la indumentaria y la moda en México, 1940-2015, es un valioso proyecto de múltiples lecturas.

Estimulante por los cuestionamientos que provoca, exitosa por el diálogo que establece con el público y disfrutable por la afectividad de su contenido, esta exhibición del Palacio de Cultura Banamex (de Iturbide) en el Centro Histórico de la Ciudad de México, destaca en primera instancia por la igualdad que plantea entre indumentaria indígena, mestiza y cosmopolita.

Curada por Ana Elena Mallet y Juan Coronel  Rivera, la exposición se divide museográficamente en secciones correspondientes a la indumentaria original y la presencia de moda de alta costura en México.

Sin ser el tema de la exhibición, la integración de algunas imágenes pictóricas y fragmentos de escenas del cine nacional –que no siempre aluden a las vestimentas exhibidas–, permite establecer vínculos entre las distintas indumentarias y la imagen artística. Como señala Anne Hollander en su libro Ver a través de la ropa, las figuras vestidas se miran más persuasivas en el arte que en la realidad. Y basta con observar el retrato de la actriz Silvia Pinal que pintó Diego Rivera en 1956, de frente al vestido original diseñado en el mismo año por Tao Izzo/Pani, para comprobar que la historiadora tiene razón: La magia del retrato rebasa la presencia de la prenda.

Sin embargo, es imposible negar que la indumentaria construye la imagen simbólica de la persona, y esto se evidencia con las divas cinematográficas de los años cuarenta. Sin la sofisticación de sus atuendos corporales –incluyendo peinado y maquillaje–, divas como María Félix sólo serían actrices. Divididas por décadas y una sección especial para el Salón Internacional de la tienda El Palacio de Hierro, los apartados de la moda presentan diseños autorales –Valdés Peza, Chatillon, Méndez, Izzo, Loredo, Demichelis, Mafud, entre muchos otros– sin ubicar la pertinencia o significado de la selección.

Con piezas espléndidas, las secciones de indumentaria originaria abarcan una gran diversidad de prendas –huipiles, quexquemetls, enredos, rebozos, sarapes y trajes– realizadas por creadores, muchas veces anónimos, de culturas étnicas de todo el territorio: huichol, seri, nahua, cora, mazahua, otomí, maya. En su interpretación pictórica y fotográfica, estas prendas se convierten en la construcción simbólica de un orgullo nacional que se filtra en la cotidianidad.

Entre los retratos expuestos, destaca el autorretrato de 1940 de María izquierdo quien, con su tez morena, reboso y postura hierática, no es una diva sino una diosa. Y en este contexto, es muy interesante la participación de la nueva moda mexicana. Desarrollada a lo largo del siglo XXI principalmente por mujeres, la integración de lenguajes originarios con  diseños contemporáneos abre un capítulo que fusiona creación, compromiso cultural y solidaridad social.

Realizado por creadoras como Lydia Lavin y Carla Fernández en conjunto con artesanas de distintas regiones de la República, la integración y reinterpretación permite la permanencia e inclusión de una valiosa herencia tradicional.

En conclusión, una exposición interesante que está a punto de terminar.