Refrescante luego de una seca cartelera a base de blockbusters veraniegos, el tour fílmico galo de este año ofrece un muestrario de películas de buena calidad que funcionan comercialmente. Todas son producciones recientes, y refleja un tanto el estado actual de esa cinematografía. Aparte de un par de comedias, la tendencia es al drama sombrío; el corte académico, de calidad sostenida y sin miedo a finales desdichados, prueba que Hollywood pierde el monopolio del buen cine de entretenimiento.
En el nombre de mi hija (Au nom de ma fille; Francia, 2016) cuenta la lucha que sostuvo durante treinta años André Bamberski (Daniel Auteuil) pidiendo justicia contra el criminal de su hija adolescente, el médico alemán Dieter Krombach (Sebastian Koch). Se trata del sonado caso Kalinka Bamberski que el realizador Vincent Garanq adapta a partir del libro que escribió el padre de la muchacha.
Cuando vivía con su familia en Marruecos, Bamberski sorprendió in fraganti a su esposa con el herr dóctor; divorcio y temporadas de vacaciones en Alemania con el padrasto; Kalina, de catorce años, muere de forma inexplicable y el padre sospecha violación y asesinato. Esto ocurre a principios de la década de los ochenta, la justicia se atora entre el sistema judicial francés y el alemán, la tendencia era dar carpetazo; en el momento de afianzar a la comunidad europea, un doctor Mengele disfrazado de buen samaritano apestaba como mala propaganda.
Vincent Garanq se ha especializado en contar historias verdaderas y casos de injusticia (La encuesta, Se presume culpable), se vale de géneros como el drama judicial y el thriller para caminar por esa tierra de nadie entre la legalidad, la institución supuestamente encargada de impartir justicia, la burocracia, y la repercusiones en la vida privada. No es fácil moverse en la zona entre géneros, sobre todo si el director se impone sobriedad y un tratamiento quirúrgico con las emociones de sus personajes por respeto a las víctmas del caso.
Pero el estilo documental y los vaivenes entre presente y pasado que rompen la tensión obligan al espectador a llenar huecos, no en el sentido de datos de la historia, no falta ninguno, sino de los procesos y motivos psicológicos. No se trata de esforzarse por aceptar la verosimilitud del asunto, pues Garanq asume que el público (francés) lo conoce aunque sea de oídas; el verdadero reto es aceptar los móviles de Bamberski y llegar a compadecerlo sin recurrir al melodrama, algo que el cine comercial americano habría impuesto de entrada.
Bamberski es un personaje poco simpático; en la actuación magistral de Daniel Auteuil, la de un hombre despedazado por el dolor que se sostiene gracias a la obsesión por encontrar una forma de justicia, con lo que llega a ganar el respeto y la identificación del público. Auteuil recuerda la actuación de Jack Lemmon en Glengarry glen ross (1992), pidiéndole a sus compañeros actores que lo detengan en cuanto sientan que esta provocando lástima; es decir, una salida barata.








