Un siglo de “Los de abajo”

Aunque considerada la “piedra fundacional” de la novela de la Revolución Mexicana, e incluso suele ser libro de texto sobre ese movimiento, Los de abajo, de Mariano Azuela (1873-1952), no es precisamente la historia del acontecimiento de principios del siglo XX, sino la descripción “con enorme nitidez” del fenómeno social, humano y militar en torno suyo.

De hecho el autor, médico de profesión nacido en Lagos de Moreno, Jalisco, se desencantó prácticamente desde el primer momento de esa revolución de “mentirijillas” que sirvió para legitimar en el discurso al grupo sonorense que había tomado el poder, pero en los hechos no tenía los resultados positivos que se esperaba.

Y así lo deja plasmado en su novela que, sin embargo, al paso del tiempo se convirtió en una especie de instrumento ideológico, parte de la identidad cultural colectiva que forjó el grupo en el poder. De todo ello hablan en entrevistas por separado con Proceso, los investigadores Víctor Díaz Arciniega y Rafael Olea Franco, especialistas en literatura hispánica, con motivo del cien aniversario de la publicación en el diario Paso del Norte de la novela, la más vendida en el Fondo de Cultura Económica (FCE), a decir de Díaz Arciniega.

La experiencia humana

Responsable de la edición conmemorativa de Los de Abajo, publicada a finales de 2015 por dicha casa editorial, y autor de Mariano Azuela. Retrato de viva voz (Conaculta, 2005), Díaz Arciniega comenta que Azuela no sólo se formó como médico sino también a partir de la lectura de Balzac, Molière y Shakespeare, entre otros autores, y lo hizo en el espíritu “más intenso del positivismo”, y del determinismo.

Decidió trabajar con la gente pobre y no ser un médico de ricos, lo cual le forjó una sensibilidad “muy a flor de piel” de las desigualdades y conflictos sociales de la época que él sentía se acentuaban en su natal Lagos de Moreno, aunque se vivían en todo el país. Recuerda Díaz Arciniega que Azuela platicó  en el ciclo de conferencias “El novelista y su ambiente” en El Colegio Nacional, del cual fue fundador en 1943, que se incorporó al gobierno de Julián Medina en Jalisco, como director de Instrucción Pública.

Ahí percibe que villistas o no, los burócratas son idénticos. De esa decepción nace su novela Las moscas y también su libro Domitilo quiere ser diputado.

Relata Díaz Arciniega que Los de Abajo tiene como antecedente su deseo de conocer a los revolucionarios de verdad, no los de los discursos. Se da entonces un hecho determinante para la novela: Luego de que Medina es vencido por Manuel M. Diéguez, el coronel Manuel Caloca, cercano de Medina es herido gravemente, y Azuela es solicitado para atenderlo.

Los villistas están siendo derrotados y los carrancistas ya están en todas partes, por lo cual Azuela decide llevarse a Caloca hacia Aguascalientes y al Cañón de Juchipila, con el fin de operarlo. Lo acompañan cerca de 80 individuos para protegerlo en un viaje que dura alrededor de cuarenta días.

Es esa experiencia humana, en el contexto de la guerra, la persecución que sufren estos hombres, alejados de sus rutinas, sus ambientes, su familia, “en el desquiciamiento absoluto”, la que dice Díaz Arciniega, alimenta la novela pues su autor va recogiendo en papeles sueltos las conversaciones, lo dicho por uno o por otro, el canto de aquel, la marcha, y Azuela se asume como un reportero que va tomando notas y recogiendo voces y descripciones:

“Esto ha pasado inadvertido, pero aquí hay un fenómeno cultural que debo subrayar: Se dice que en la novela está plasmada la revolución y por revolución entendemos todo. Y no es cierto, lo que está plasmado es la guerra, lo que significa la guerra, independientemente de qué grupo de militares se trate, son unos perseguidos por otros, ‘estamos atacando, estamos defendiéndonos’, ¡es la guerra!, no hay buenos ni malos, es uno contra otro.”

Y ahí está Azuela, describe, con el oficio para unir los hilos conductores y crear una historia “absolutamente ficticia”, con personajes que tienen los rasgos de personas reales, pero amalgamados por el escritor. Unos son anónimos, otros tienen nombre; pero él construye con todos esta novela que narra además una historia de amor “muy del siglo XIX, con un triángulo amoroso entre Camila, la Pintada y Demetrio”.

¿Por qué Azuela articula estas dos historias? –se le pregunta el investigador– y responde que así es la historia humana: “con pasiones, enamoramientos, soledades, necesidades de compañía, la disputa de la mujer por el hombre y del hombre por la mujer, es decir los valores más convencionales de nosotros como personas y simultáneamente mete el conflicto de guerra con los otros valores, en esa crisis de estar fuera y perder cualquier noción de las estructuras formales, la más elemental ética o moral”.

La paradoja es que siendo la primera novela de la revolución, género que además se acuñó mucho tiempo después de su aparición, muestra el escepticismo de Azuela frente al movimiento del cual fue muy crítico hasta los últimos días de su vida, y sin embargo se convirtió en un instrumento ideológico de ella.

Detalla al respecto el especialista que con la llegada de los sonorenses al poder inicia la institucionalización de la revolución. Plutarco Elías Calles plantea la necesidad de un proyecto a futuro, con instituciones, leyes, una ideología y “un punto de acuerdo de identidad” en el cual la novela tuvo un papel: “Aquí están los hechos, todos participamos en ellos, todos fuimos pueblo, todos sufrimos, morimos, renacimos…”

Y a partir de ahí “se articula simbólicamente una identidad”.

Díaz Arciniega se dedicó a estudiar las ediciones que se hicieron desde 1920 hasta la de 1958, hecha por Alí Chumacero para el FCE. Y cuenta que de la primera de 1915 a las siguientes los correctores hicieron “su oficio”, “adecentando” el texto al quitarle las palabras del habla popular que Azuela quiso conservar, por ejemplo: haiga, usté, güevos, naiden… Considera el investigador que Azuela tuvo una “astucia literaria admirabilísima, al fin educado en la literatura francesa y española, logró un realismo al recrear a sus protagonistas con sus propias voces y su propio lenguaje”.

La edición conmemorativa respeta ese lenguaje.

Visión nihilista

Para Rafael Olea Franco, investigador del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México, Los de abajo sigue siendo “un pilar fundamental de la literatura y la cultura mexicana”. Primero, porque ensaya una modalidad distinta de escritura, con una estructura fragmentaria, pues hay que recordar que tuvo como subtítulo original “Cuadros y escenas de la revolución actual”.

Dice que Xavier Villaurrutia destacó su “gran habilidad para construir personajes”.

En el campo de la historia de la cultura mexicana, “es la primera visión escéptica de la Revolución Mexicana”. Refiere el especialista que la novela no tuvo mucho impacto en su publicación en 1915; se conoció realmente hasta 1925 luego de una polémica alrededor de la literatura mexicana desarrollada a fines de 1924, y fue Francisco Monterde quien llama la atención sobre ella y se publica en El Universal Ilustrado, en cinco entregas.

Ahí, menciona, se constituye en una obra reconocida aunque el escritor y periodista Victoriano Salado Álvarez la crítica por lo que juzga como “incorrecciones” de la lengua, sin entender que Azuela recoge el habla de los campesinos:

“Si los personajes dicen ansina (así) es porque la gente en el campo mexicano dice ansina, no es una incorrección gramatical.”

Salado también le critica “su visión nihilista” de la revolución, pues se deduciría de la novela que el gran alzamiento revolucionario de México no sirvió para nada:

“En realidad eso demuestra que Azuela tenía una visión muy profunda de la situación”, enfatiza Olea Franco.

Detalla que cuando el jalisciense escribe su obra en 1915, era cercano a los villistas y Villa acababa de ser derrotado en Celaya, por lo cual había la percepción de que el general estaba en el lado perdedor, aunque no se había definido qué facciones tendrían la victoria definitiva. Sin embargo, el propio Azuela declaró en alguna ocasión que si algún mérito había tenido era haber visto, antes que nadie, en lo que se estaba convirtiendo la revolución.

“Fue muy crítico hasta el final de sus días, por eso es tan meritoria la obra. Carlos Fuentes, en el prólogo que hace a la edición de la Colección Archivos, dice que Azuela evitó que la revolución se nos convirtiera en una simple visión épica, porque la épica tiende a engrandecer todo, mostrarlo de mármol y de magnitudes enormes.”

Subraya que el autor nunca se creyó los discursos de los gobiernos de la revolución que hablaban del reparto agrario y la igualdad social. Y lo único que reconoció fue que pese a ser crítico nunca fue perseguido por el gobierno y se respetó su libertad de expresión:

“Por eso es curioso que finalmente se haya convertido en la figura fundacional de la novela de la revolución, algo que fue apoyado por el propio gobierno. Lo que se hacía en los discursos oficiales era hablar de la mexicanidad de Azuela y nunca se decía que era muy crítico respecto de la Revolución Mexicana.”