Sólo en una ciudad como Guadalajara podía suceder: que a los dirigentes de un renombrado club deportivo les diera por hacer algo tan insólito como celebrar como un éxito el que ha sido, sin ninguna duda, el mayor de sus fracasos. Eso es lo que hicieron hace un par de semanas los dirigentes del Club Atlas AC, con motivo del centenario de la fundación del equipo homónimo de futbol, el cual apareció en el horizonte tapatío en septiembre de 1916 y que, aun cuando sigue vigente, desde hace tres años dejó de pertenecer a dicho club, luego de que su Consejo de Directores, con la aprobación de su Asamblea de Asociados Activos, decidiera venderlo a un grupo empresarial de la capital del país.
La suerte del Atlas mucho se parece a la historia reciente de la ciudad en la que ese equipo surgió y donde sigue radicando, pese a que, como ha quedado dicho, ahora es propiedad de un empresario fuereño. Y aun cuando pareciera exagerado hablar de un historial de vidas paralelas entre la escuadra rojinegra y la ciudad que lo vio nacer, hay sin embargo un raro parecido entre el centenario equipo de futbol Atlas y la casi pentacentenaria ciudad de Guadalajara.
Así, por ejemplo, ambos atraviesan desde hace muchos años por una época de vacas flacas hasta el punto de que uno y otra viven de los réditos de su pasado, cuando las cosas no les salían mal y el porvenir parecía promisorio. Pero de repente algo vino a torcer la vida de ambos.
Por un lado, hacia fines de los años setenta, la capital tapatía comenzó a crecer a tontas y a locas, con un desarrollo urbano caótico, alimentado por la mala planeación y por no pocas corruptelas, con consecuencias que hasta la fecha se siguen lamentando, entre ellas la expansión desordenada de la ciudad hacia los cuatro puntos cardinales, el despoblamiento del centro tapatío, el deterioro de los servicios públicos.
Éste sería el caso del transporte colectivo, del que olímpicamente se fueron desentendiendo las autoridades de la comarca, que optaron por destinar la mayor parte de recursos para infraestructura urbana (recursos federales, estatales y municipales) a obras destinadas al transporte unipersonal (a los coches, pues) antes que a la mejoría y a la modernización del transporte colectivo.
Y casi por el mismo tiempo que nuestras autoridades ponían la carreta delante de los bueyes, el equipo de futbol Atlas comenzó a ser víctima del descuido y el abuso de sus propios dueños y directivos: empresarios y gente de negocios de la ciudad que, al tiempo que se esmeraban en ir dándole forma a un club social con inmuebles e instalaciones de gran lujo, fueron condenando al club, la verdadera joya de la corona atlista, a prescindir de sus mejores jugadores, que en su gran mayoría habían surgido de las propias fuerzas básicas y a los que, de una forma usurera y muy poco inteligente, comenzaron a vender casi por regla general, queriéndolos sustituir con petardazos o, en el mejor de los casos, con cracks envejecidos que venían de otros equipos y llegaban al Atlas ya al borde de su jubilación.
Así, mientras el pomadoso club social Atlas prosperaba con un campo de golf de clase mundial y con instalaciones para presumir, en la década de los setenta el equipo, que groseramente iban desguarneciendo sus codiciosos directivos de ese momento, descendió en dos ocasiones al purgatorio de la Segunda División.
De manera coincidente, hacia fines de esa misma década de los setenta se puede ubicar una de las grandes caídas de la capital jalisciense, con la construcción de la desafortunada plaza Tapatía sobre una docena de manzanas de la vieja Guadalajara, las cuales fueron arrasadas sin ningún sentimiento de culpa.
Otro caso contraproducente de ese mismo periodo (fines de los setenta y comienzos de los ochenta) fue la muy desatinada transformación de las céntricas avenidas Hidalgo y sobre todo Juárez en ejes viales. Y una pifia más fue la tácita clausura de San Juan de Dios, que tradicionalmente había sido el lugar por excelencia de la mexicana alegría en el occidente del país y que, por una imperdonable iniciativa “regeneradora” del gobierno estatal de Flavio Romero de Velasco y el municipal de Juan Delgado Navarro y Guillermo Reyes Robles, perdió su condición de zona masiva de entretenimiento y de disipación de todo género.
Sobra decir que de esta serie de golpes, a la que siguieron otros como el traslado de la Central Camionera de la zona del Agua Azul a los límites de Tlaquepaque y Tonalá, el deprimido centro de Guadalajara no se ha podido reponer. Muy por el contrario, a los desatinos antes señalados, se han venido a sumar en tiempos recientes otras pifias como el fallido proyecto Alameda, que sólo degradó todavía más los alrededores del parque Morelos, o el agonizante barrio del Santuario, un lugar ahora irreconocible y que hace apenas un par de décadas era un imán social para tapatíos y no tapatíos. Y todo por el mal manejo, la soberbia, el autoritarismo, la política de oídos sordos y en ocasiones también la venalidad de quienes han gobernado esta parte del mundo, así como por la dejadez o la apatía de los gobernados, es decir, de la sociedad tapatía.
Como la ciudad que lo vio nacer hace exactamente cien años, irónicamente el Atlas también ha sido víctima de quienes eran los responsables de ver por su bienestar. En este caso, los victimarios fueron precisamente los directivos y asociados del club, quienes rubricaron su poca competencia empresarial en 2013, cuando decidieron quitarse de problemas (y de pasada embolsarse unos pesos) al vender el equipo, la joya de la corona del club, a un negociante de otra plaza: Ricardo Salinas Pliego, dueño de Televisión Azteca y de otro grupo de empresas.
Si los fundadores del Atlas renacieran, de seguro se volverían a morir de pena y de vergüenza al ver lo que se ha hecho con el equipo que ellos forjaron hace exactamente un siglo. Como se sabe, el Atlas fue obra de un grupo de jóvenes tapatíos que estudiaban en Europa, en su mayoría en Inglaterra, hacia mediados de la segunda década del siglo XX y quienes se vieron obligados a repatriarse a causa de la Primera Guerra Mundial. El futbol, deporte que todos ellos jugaban en sus colegios y universidades del viejo continente, era algo que por entonces se practicaba poco y mal en Guadalajara y en resto del país. Según Juan José Cortina, uno de esos pioneros atlistas, la fundación del equipo en el verano de 1916 vino a ser para todos ellos una especie de remedio contra la nostalgia y un avance para el mundo deportivo tapatío.
La actualidad del Atlas es otra cosa. Por un lado y aun cuando los directivos del club son conscientes de que ya no son dueños del equipo de futbol que heredaron y cuya lejana fundación permitiría luego la creación del club (en este caso primero fue el huevo-equipo, del cual salió la gallina-club), de todos modos a los atolondrados directivos rojinegros les dio por celebrar los cien años de su ex, con la misma lógica de quien discurre festejar sus fracasos. Por cierto, a esas fiestas del centenario atlista en ningún momento se apersonó Ricardo Salinas Pliego, quien parece ver a “su” equipo como un negocio más y no precisamente como uno de los más redituables y queridos. ¡Una nueva versión del mundo al revés: los que deberían estar de luto hacen fiesta, y ni sus luces de quien realmente tendría motivos para festejar!
Y ese mundo al revés también está presente en la historia de la Guadalajara de las últimas generaciones.








