Y mis gritos ni se notan

Entramos a un gran ruedo, subimos por las gradas. ¡Qué horror, pelea de gallos! –digo.

–¿A poco está Juan Gabriel en Texcoco?

El local a reventar. Miro a los 360 grados que me rodean. En el escenario, los galleros llevan entre sus manos a los hermosos animalitos; mi vecino explica que al tercero sólo lo utilizan para azuzar a los peleadores: los acercan y se les encrespan las plumas del copete. Una muchacha narigona, muy, muy hombruna, con no mal cuerpo, le va al rojo, mienta madres con ademanes groseros, sonríe, se sienta, se levanta, le grita a los de adelante, a los de al lado, a los de arriba. Un hombre canoso carga al rojo, mientras el de bisoñé, serio como un médico y teatral como un mago, revisa una a una las navajas. Las muestras en su estuche como si fuera a dar comienzo una delicada cirugía. Todo está listo para soltar a los gallos. Los apostadores, con caras de respetables padres de familia, presurosos, despejan la pista. Wall Street.

Y empieza el voladero de plumas, el rojo se le sube al verde, “¡Mátalo!”, grita mi vecina, pero el verde salta y se le monta al rojo, luego el rojo al verde, cuando se desanudan el verde parece muerto. Lo levantan y el animalito da señas de seguir vivo; el tipo le da aire de boca a pico. ¿Les gustará esto a todos? Me detengo en los rostros nerviosos de los que apostaron fortunas, revolotea puro billete grande. Vuelven a encarar a los gallos: hay que divertir al Honorable; a los de primera fila, tan serios e importantes, les salpica sangre.

Otra vez el verdecito ya agachó el pico, los amarradores observan con profesionalismo. ¿Qué goce sentirán? Pobrecito del verde, ya ni se mueve, lo levantan, le enrollan bien la navaja con el hilo. El veterinario, muy ceremonioso, lo inspecciona y otra vez los enfrentan. Sorpresivamente el desfallecido verde agarra fuerza y ¡sopas! madrea al rojo. Mi vecina grita, está que echa chispas.

Por fin declaran empate, se llevan a esos pedazos de gallos desplumados, rotos, agónicos.

Empiezan a meter bafles e instrumentos musicales, extienden en el piso del escenario un tapete redondo color guinda. Aparecen unos mariachis de lujo, briosos y macizos charros blancos. Después de dos piezas, hace su entrada triunfal Juan Gabriel. Sus canciones hacen en mí el efecto de un bálsamo cura heridas. Interpreta melodías muy conocidas, sazonadas con los gritos del público. Poco a poco su magia nos envuelve, canta una balada que le compuso a su madre.

Entra la orquesta, se instala frente a órganos, pianos, baterías y “necesito de tu amor, porque ya no aguanto más”, y los músicos se suman al mariachi y a toda la fuerza del público. Juanga mueve la pelvis de adelante hacia atrás, la música estremece hasta las piedras que sostiene el palenque, el baterista nos cimbra con su entusiasmo. Salen los mariachis, la orquesta continúa acompañando a este hombre que da brinquitos. Nos mueve los hombros y el corazón. El respetable grita: “¡¡Quiero!!” Juanga orgulloso muestra su ser: “¡¡Queridaaa!!”. El auditorio canta con él. A media melodía Juanguita se queda callado, nos escucha mientras detiene su agitado corazón con la mano. Al unísono cantan el que vende papas, los apostadores, los policías. Juan Gabriel hace un paseíllo con el micrófono y el cuerpo echado hacia atrás, como un torero que orgulloso muestra la oreja que acaba de cortar, “¡¡¡Querida!!!” Veo transformados a los que me rodean, “necesito de tu amor, porque ya no aguanto másss”, “veo la vida con dolor”, “quítenme esta soledad”. Sus voces ya no gritan “¡Mátalo!”. “¡¡Debo hacerlo todo por amor!!!”. El amor a la madre, al amante, al otro, al niño, se ha instalado en cada uno de nosotros. Juan Gabriel nos escucha corear. Un reflector ilumina a los asistentes, lo giran como ola alrededor del círculo que es la luneta, tiene enloquecida a la multitud. “¡¡Juanga!!” Si afuera hay toros, se les han de haber caído los cuernos de puro gozo.

El reflector ilumina al ídolo que termina con: “Toditito te lo doy». Empuja hacia adelante la parte inferior del cuerpo y las manos hacia atrás, dándose de adevis. Se lo quieren comer porque él no se anda con chiquitas, sus movimientos son de quien se sabe entregar, aunque se lo lleve el diablo después. “Entonces verás” –dice Juangabrielito untando y dejando caer con lentitud sus manos, los dedos bien abiertos y temblorosos, desde la cintura hasta el sexo, “lo que tengo yo de más”.

“Te pareces tanto a mí, que no puedes engañarme”.

La concurrencia se levanta enardecida. Arriba un  grupo ondea servilletas amarillas. Las dos hileras de enfrente entrelazan las manos y se acunan, “Nada ganas con mentir”. En todo el redondel se encienden cerillos, luces, le llueven flores, un tenis, un calcetín y alguna chamarra.

– ¿Sabe usted que él es hijo de una señora muy muy pobre que lo dejó en un orfanatorio?, por eso él mantiene uno –me susurra el vecino.

Me siento, como todo mundo continúa parado, no veo nada. Aquí nadie está marginado. Y “¡¡Querida!! Más y más alto, y respondemos “¡¡Querida!!”, hombres y mujeres atentos a su voz, a su cara, a los movimientos de su cuerpo, a los besos que avienta, y a su pelvis que va y viene. “¡Quítenme esta soledad!!!”.

“¡Que te vas a ir con él, está bien yo no me opongooo!!”

Y canto, y canto, y mis gritos ni se notan.   

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* Escritora y fotógrafa. Su libro Novia que te vea, fue llevado al cine por Guita Schiffer.