“Mis mejores días”

Arnaud Desplechin había sido un cineasta mal apreciado en su país; los embrollos sicológicos de sus personajes, la forma tortuosa de sus relatos y la mezcla de géneros, podían verse como la torpeza e inconsistencia de un autor (etiqueta que defiende) pretencioso. Con Mis mejores días (Trois souvenirs de ma jeunesse; Francia, 2015) y el Premio César 2016, los supuestos defectos y tics del director se descubren ahora como el lenguaje propio de un talento poco común.

Tres recuerdos de mi juventud, como se traduce el título del francés y refuerza el elegido en español, sugiere una historia de nostalgia, y sí que lo es si se toma en un sentido literal: el del dolor del regreso. Paul Dédalus (Mathieu Amalric, Quentin Dolmaire), se prepara a regresar a Francia luego de una década en Tayikistán donde trabajó como antropólogo; detenido en el aeropuerto de París porque su pasaporte parece falso, es interrogado por un inspector; también le informan que en Australia existe un doble suyo: mismo nombre y misma fecha de nacimiento.

Para explicarse, Paul empieza a contar tres episodios claves de su juventud. Las rupturas de tono, del ambiente policiaco casi kafkiano, saltan a la novela de aprendizaje, y de ahí, casi al drama de venganza. En el primero, el niño de once años vive una relación imposible con su madre, a la que no deja acercarse valiéndose de un cuchillo; en el segundo explica el misterio del pasaporte, una aventura digna de La cortina rasgada de Hitchcock; en el último, el encuentro y la relación con Ester (Lou Roy-Lecollinet), una extraña y complicada joven que oscila entre la niña ingenua y la mujer fatal.

Desplechin, rebuscado y transparente como su protagonista, no sólo exhibe sus influencias artísticas sino que se ufana de ellas; Dédalo aparece ya por tercera vez en sus películas: el nombre proviene de James Joyce, ese héroe que escapa del laberinto, Creta o Dublín, con las alas del ingenio; Paul Dédalus corresponde también a Antoine Doinel, el personaje, parte autobiográfico, que Francois Truffault acompaña en diferentes etapas de su vida; el actor Quemtin Dolmaire es harto parecido al joven Jean Pierre Léaud, actor fetiche del patriaca de la nouvelle vague. Al igual que Doinel, este Délalo sufre, emocional y físicamente, más de cuatrocientos golpes durante infancia y adolescencia; la diferencia es que Paul es un intelectual y sabe que estudiar es su salvoconducto.

Los segmentos narrativos son desproporcionados, las líneas retorcidas, la cantidad y el ritmo dependen de la intensidad emocional. Paul es un narrador dudoso no porque mienta: se miente a sí mismo y lo hace por incapacidad de entender el vector que dirige su vida afectiva. A diferencia también de Doinel, solo contra el mundo, el conflicto de este Dédalo es consigo mismo: a los 16 o a los 19 años, Paul es demasiado introspectivo para disfrutar su juventud, y demasiado joven para sacarle partido a esa capacidad de reflexión; capta de manera visceral las metáforas, como la caída del muro de Berlín en la que lee el final de su infancia; pero no puede elaborar esto, y entonces la vida se teje y desteje a su alrededor.