El talento deportivo de las favelas

Una generación de atletas brasileños marcados por un pasado de violencia y narcotráfico en las periferias aspira a colgarse el oro en Río. Tienen en común que han sufrido la pobreza, el racismo y el rechazo, pero también el hecho de que, en algún momento, al menos algunas instituciones funcionaron y les permitieron trascender su entorno. Éste es uno de los factores que explican que Brasil sea el mayor triunfador latinoamericano en los Olímpicos.

RÍO DE JANEIRO.- Patrick Lourenço se crió en una favela carioca, donde a los tres años perdió a su padre. Hoy, a pocos kilómetros, el fibroso joven busca una medalla en unos Juegos Olímpicos.

En la comunidad de Vidigal, donde nació hace 20 años, el futuro le ofrecía sólo trabajos poco calificados o, si las cosas se torcían, integrarse al grupo de narcotraficantes local que, con armas semiautomáticas y walkietalkies, imponían su ley en este barrio, situado junto a las playas de la zona sur de Río –la más adinerada de la ciudad.

“Estuve cerca de ir hacia el lado oscuro, hacia el crimen y el narcotráfico, porque aquí en la favela no tenemos las mismas oportunidades que en los barrios ricos. Pero mi madre y el deporte lograron que fuera por el buen camino”, explica tras una extenuante sesión de entrenamiento en el modesto gimnasio que lo vio formarse como boxeador y al que siempre vuelve cuando no está compitiendo en lugares como Kazajastán o China.

El gimnasio de Raff Giglio es una casa abierta para todos en esta localidad de 13 mil personas que desde 2012 se beneficia del plan de pacificación de favelas por parte de la policía militar. El tráfico de droga no ha desaparecido en este barrio de casas modestas erigidas en las empinadas calles de la colina. Pero la violencia ha caído drásticamente y los turistas extranjeros son habituales en los bares y restaurantes de esta comunidad, en la que años atrás se rumoró que el jugador inglés David Beckham y la cantante Madonna planeaban invertir en el sector inmobiliario.

Mientras Patrick se deshace de tres sparrings con movimientos rápidos y golpes secos durante una lluviosa mañana de sábado, dos pequeños de tres y cuatro años llegan, descalzos, y se enfundan unos guantes que difícilmente logran mover.

“El Estado ha abandonado la favela y a sus habitantes, por eso yo me encargo con mis propios recursos de ayudarles a salir adelante”, dice, crítico, Giglio –a quien todos llaman Raff en el gimnasio–, fundador y gestor del proyecto Todos en la Lucha. Asevera que la labor que desempeña va más allá de lo deportivo: se trata de formar “primero humanamente y luego deportivamente” a los jóvenes de la comunidad para que encuentren un futuro. El deporte, en este caso el boxeo, es una válvula de escape para jóvenes que enfrentan todo tipo de dramas sociales, desde el abandono de los padres hasta la falta de oportunidades para ascender socialmente.

Tras llegar a varias finales internacionales durante los últimos años en su categoría (peso mosca), Lourenço es una de las grandes esperanzas de medalla para Brasil en los Juegos de Río. Sus inicios no fueron fáciles, recuerda, sudoroso, mientras se toma una pausa sobre la lona para hablar con Proceso. Pero desde que integra la selección nacional es todo más fácil: tiene un salario estable, unas excelentes condiciones de entrenamiento y una cierta celebridad mediática. Una nueva realidad que no provocó que olvide sus orígenes.

“Raff es para mí como un padre, no sólo en el tema deportivo, sino también por el calor humano que me ha dado”, explica Lourenço. “Empiezo a sentir la presión por los Juegos, pero eso es bueno. Estoy convencido de que voy a ganar el oro y ese día, en la final, espero que todo Vidigal vibre conmigo, porque soy de aquí y siempre seré de aquí”, dice Lourenço, quien se enroló en las Fuerzas Armadas para beneficiarse de las becas que el Estado brasileño da a sus jóvenes promesas.

Los contrastes de Brasil

Brasil es uno de los países que más redujo la pobreza y las desigualdades sociales en la última década y media, gracias a políticas públicas que sacaron de la miseria a 30 millones de personas y engordaron la clase media en 20 millones. Este hito fue reconocido por organismos como el Banco Mundial y Naciones Unidas, pero el país ahora pasa por momentos sumamente difíciles a causa de la profunda recesión y la crisis política.

Así, las diferencias sociales siguen siendo enormes en una nación donde al menos 11.5 millones de personas viven en favelas. Una cifra que probablemente sea notablemente mayor, ya que el censo del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) más reciente es de 2010. La mayoría son negros, lo que significa que el racismo se suma a la larga lista de dificultades que deben enfrentar los muchachos de áreas periféricas para llegar a la élite de cualquier disciplina deportiva.

Aunque los grandes futbolistas brasileños de las últimas dos décadas son, con excepción de Kaká, afrodescendientes, el racismo en el deporte es una realidad en el segundo país del planeta –tras Nigeria– con mayor número de negros.

El gimnasta Angelo Assumpçao, primer suplente en el equipo olímpico brasileño, tuvo que enfrentar en 2015 los comentarios racistas de sus propios compañeros de equipo. Fue en una deleznable sesión de vídeo por la red Snapchat cuando otro gimnasta, compañero de equipo, hizo bromas de mal gusto. “Si el celular funciona, la pantalla es blanca; pero si no funciona, es negra”, decía en el vídeo Arthur Nory Mariano, quien sí disputará la Olimpiada de Río. “La bolsa del supermercado es blanca, pero la de basura es negra”, continuaba el joven atleta, en un vídeo de junio de 2015 que causó repudió en Brasil.

“No fue un episodio feliz. Ya había sucedido en otras veces. Pero lo positivo es que la sociedad logró saber lo que pasa. Esto sigue ocurriendo en pleno siglo XXI. Fue una cosa de muy mal gusto, y quiero que sirva para otras personas. Para que no pase a otros jóvenes de la periferia. Podría haber procesado a mi colega de trabajo, pero no quiero eso, deseo que cambie y que no pase mal”, explica al reportero Assumpçao, de 20 años y nacido en un barrio marginado, al este de Sao Paulo.

Ejemplo de madurez y con un prometedor futuro como gimnasta, Assumpçao recuerda que desde los inicios su carrera fue difícil, por ser ajeno al ambiente elitista que domina los mejores clubes deportivos de Sao Paulo. “Comencé en la gimnasia, con siete años. Fue muy difícil, no por ser negro o pobre. Fue difícil ir en transporte público hacia el gimnasio, en un trayecto de dos horas en autobús en el que podía percibir paulatinamente el cambio de ambiente social mientras cruzaba los barrios. No sabía comportarme en ese ambiente diferente y ajeno a mí… Pero comencé a lidiar con eso y crecí”, evoca el muchacho, quien recuerda que cuando era más joven sufrió episodios de racismo y –como Lourenço– no olvida sus orígenes. “Vivo en dos mundos: cuando voy al club Pinheiros, donde entreno, tengo una vida; cuando vuelvo a mi casa en mi barrio, es otra. Pero no vengo de una minoría, vengo de una mayoría aquí en Brasil”, apunta, en referencia a los negros residentes en áreas modestas.

La luchadora Joice Silva, campeona brasileña y oro en el Panamericano de Toronto 2015, relata por teléfono: “Donde yo entrenaba eran todos pobres y negros, así que no sentí eso en el mundo de la lucha por ser negra, pero sí por ser mujer. Sí he percibido las diferencias sociales en mi vida cotidiana, como cuando entro a una tienda y la dependienta opta por atender primero a la mujer blanca que ha llegado después de mí”.

Recuerda, sin embargo, historias divertidas que hoy recorren su mente como fuente de motivación ante los que serán sus segundos Olímpicos, tras Londres 2012. “Cuando no tenía beca o ayuda del Estado utilicé mi uniforme escolar durante años para no pagar el autobús. También hice de peluquera en el barrio para ganarme algo de dinero”, explica esta carioca de 33 años, también negra y que ocupa el rango de sargento en la Marina.

Quizá una de las historias más reveladoras de cómo el deporte puede cambiar la historia de una vida es la de la campeona brasileña de bádminton, Lohaynny Vicente, y su hermana Luana. Plata como dupla en los Panamericanos de Toronto, las jóvenes tuvieron un padre que era uno de los jefes del narcotráfico en una favela de Río de Janeiro. Perseguido por las facciones rivales y la policía, las pequeñas cambiaban hasta 15 veces de casa por año. Hasta que en 2002 el padre murió durante una operación de las fuerzas de seguridad y la madre se mudó con las dos a la favela de Chacrinha. A una casa situada junto al proyecto Miratus, que fomenta la práctica del bádminton en comunidades carentes.

“Tenía apenas cuatro años y comencé en el proyecto social con seis. Me daban ropa, raquetas, zapatillas y viajes para entrenar. Al principio no me aceptaban en el proyecto social por ser demasiado joven. A los 12 años comencé a darme cuenta de que podría ser profesional”, explica Lohaynny, de 20 años y seleccionada por Brasil para disputar la Olimpiada. “Para mí el bádminton es un trabajo. Siento amor por este deporte, ya que cambió mi vida. Amo entrenar y esforzarme. No sé qué sería de mí sin él”, admite la atleta, quien hoy vive en Sao Paulo pero medita irse a Dinamarca o a Francia tras la Olimpiada para mejorar su rendimiento. “Cuando gano en mis competencias siempre pienso en mi madre, mi abuela, mi hermana, mi padre… quiero decir, mi padrastro. Siempre tuve muchos técnicos y psicólogos que me ayudaron”.