Política y ciberespacio: la transformación de la vida pública

Hace 10 años, las redes sociales eran una incógnita. Hoy son una industria gigantesca que acapara audiencias, modifica contenidos, aprovecha los avances tecnológicos, mueve la economía de las telecomunicaciones y constituye un desafío cotidiano al periodismo.

Interesado en este fenómeno, Proceso saca a la luz una nueva edición especial, Las redes sociales: Vértigo y pasión, en la que un equipo de reporteros del semanario, coordinado por Jenaro Villamil, aborda la expansión de estas plataformas de comunicación, describe la generación de jóvenes milennials que empujan esta revolución y revisa los nuevos retos para el periodismo, la política y la economía global.

La edición especial también perfila a los hackers, esos tipos solitarios, disidentes, que han potenciado el uso de la web 2.0, y describe la crisis por la que atraviesan los medios impresos y los gigantes de la televisión, como Televisa, ante las redes sociales.

El mundo se ha reconfigurado a través de las millones de horas de video de Youtube, la ola de likes en Facebook, el alud de imágenes de Instagram, los hashtag de Twitter, la transmisión en vivo de Periscope o los contenidos globales de Netflix.

A continuación presentamos un fragmento del ensayo que lleva como título el de esta selección. Fue escrito por el investigador César Augusto Rodríguez Cano, colaborador en esta edición especial que analiza el activismo digital y los principales medios nativos de internet en estos años.

La llegada de Enrique Peña Nieto a la Presidencia de la República estuvo acompañada por una histórica y actualizada demanda de la oposición, la ciudadanía y el movimiento estudiantil #YoSoy132: la democratización del sistema de medios en México.

En respuesta, como apuesta política en el marco del Pacto por México, el presidente y los principales partidos opositores apostaron por reformar el marco legal de telecomunicaciones en México.

A dos años de su puesta en marcha, la licitación de nuevas cadenas de televisión ha hecho tomar en serio la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión, aunque los analistas coinciden en que se afectó más el monopolio de la telefonía móvil de Carlos Slim que el de Televisa y TV Azteca.

Curiosamente, la democratización del sistema de medios en México está ocurriendo, pero no gracias a una concesión del gobierno federal, sino por una vía informal: el ciberespacio.

La premisa fundamental para cuestionar al sistema de medios en México ha sido el derecho a la información, en el sentido que establece la propia Constitución en su artículo sexto: “Toda persona tiene derecho al libre acceso a información plural y oportuna, así como a buscar, recibir y difundir información e ideas de toda índole por cualquier medio de expresión”. Un derecho que no estaba garantizado en el contexto mediático previo, sobre todo en los aspectos de buscar, recibir y difundir información.

A raíz del entorno web, el sistema de medios ha sufrido por lo menos tres transformaciones sustanciales: 1) la creación de nuevos medios (digitales), 2) la emergencia de medios alternativos y 3) el papel de las redes sociales digitales como plataformas de difusión fundamentales para los medios.

En cuanto al primer aspecto, la creación de nuevos medios, los también llamados nativos digitales, conviene recordar la aparición, entre otros, de Animal Político, Aristegui Noticias y Sin Embargo.

Tres ejemplos que representan modelos periodísticos diversos, aunque todos críticos del poder político, cuya característica en común es que no se imprimen, una posible ventaja en términos financieros pero que también exige diversificación en la captación de recursos, ya sea mediante publicidad en sus portales, consultorías o como agencia informativa para otros medios.

Animal Político, por ejemplo, instauró un novedoso sistema de patrocinadores al que denominó Círculo de Amigos Animal, cuya responsabilidad es la de realizar pequeñas colaboraciones económicas mensuales. Un ejercicio que se inició con la intención de “financiar el periodismo independiente”.

El caso de Aristegui Noticias es diferente. En un primer momento se nutrió del espacio radiofónico que tenía la periodista en la empresa MVS. Luego del despido de Carmen Aristegui y su equipo, el sitio siguió funcionando en línea con una gran cantidad de lectores.

A su vez, Sin Embargo, cuyo eslogan es “periodismo digital con rigor”, sobrevive con una sencilla interfaz en la que conviven notas, entrevistas y reportajes periodísticos al mismo tiempo que opiniones de destacadas figuras de la opinión pública, muchos de ellos defensores de derechos humanos.

A la par, han aparecido medios de difícil clasificación: portales de noticias como Yahoo Noticias, sitios de entretenimiento como Sopitas.com y ejercicios de humor periodístico como El Deforma, e incluso espacios que acumulan las noticias de todos los medios, como puede ser Google Noticias o las mismas redes sociales digitales.

A esto se suma la aparición de los portales de noticias de los medios locales, de los medios nacionales que han reaccionado con afán de reclamar su parcela digital, y de medios internacionales.

En resumen, sin soslayar el importantísimo tema de la brecha digital, en el ciberespacio ya existe una pluralidad de medios que garantiza en mayor medida el derecho a la información.

A esto se suma la incorporación de una red de medios alternativos, segundo punto de la transformación del sistema de medios en México; también de difícil clasificación, pero muy presentes en la agenda pública.

Son sitios que provienen de proyectos periodísticos cada vez más conocidos, por ejemplo Desinformémonos, que se define como periodismo desde abajo; el colectivo Más de 131; ejercicios de televisión por internet, como Rompeviento Televisión, y canales de videos, como Mientras tanto en México y El Pulso de la República, así como medios impulsados por activistas y organizaciones de la sociedad civil que, a través de distintas plataformas, visibilizan una amplia agenda social de los derechos humanos y de sectores desprotegidos: migrantes, mujeres, indígenas, etcétera.

El tercer y último punto es el protagonismo de las plataformas de redes sociales como entidades que están transformando la cultura en general, pero en particular el consumo de noticias.

Bajo una estructura reticular, estos sitios se pueden configurar a la carta. Los usuarios deciden qué páginas seguir y a partir de eso las agendas a las que tendrán acceso. Lejos estamos del escenario en que las posibilidades de informarnos eran el Canal 2 o el 13, Joaquín López-Dóriga o Javier Alatorre.

Esto no significa que las televisoras hayan dejado de tener el poder de penetrar en los hogares, pero sí que en internet han tenido que competir con muchos otros medios. Este nuevo contexto plantea una dimensión de análisis que tiene que ver con el cambio generacional.

De acuerdo con la encuesta “La Cultura Política de los Jóvenes en México”, en el contexto electoral de 2012, entre los adultos el consumo de noticiarios en televisión lo realizaba 51% de los hombres y 21% de las mujeres, mientras que entre los jóvenes el porcentaje se reducía a 29% en hombres y 17% en mujeres. La tendencia es clara. Seis años después de este estudio, en 2018, no hay duda de que el consumo de noticias mediante los televisores será mucho menor.

El activismo digital en México

El papel de las plataformas de redes sociales no sólo ha sido fundamental para transformar la manera en que nos informamos, sino también en la que nos ­manifestamos.

A partir de 2009, se han documentado una serie de movilizaciones digitales para protestar y expresarse en contra de acontecimientos políticos de diversa índole.

No hay duda de que #YoSoy132 ha sido el ejemplo más emblemático, sin embargo el panorama es más amplio. Desde el trágico incendio en la guardería ABC en Hermosillo, Sonora, el 5 de junio de 2009, bajo la etiqueta #JusticiaABC, hasta el llamado a la marcha del 24 de abril de 2016 #VivasNosQueremos, para protestar en contra de las violencias machistas, las redes han sido espacios para discutir temas de interés público.

Si tomamos como puntos de partida el movimiento de los indignados en España, las revueltas de la primavera árabe o la ampliación de los repertorios de protesta del movimiento Ocupa Wall Street, comprender lo que pasa en las redes digitales implica necesariamente estudiar lo que sucede en las relaciones sociales fuera de ellas.

A esto se suma que en los casos destacados, la emisión colectiva de publicaciones en línea establece la agenda que será retomada en la cobertura de los medios tradicionales, con o sin demostraciones en las calles.

Cuando se intersectan, los espacios públicos digital, urbano y mediático logran poderosas manifestaciones que implantan climas de opinión capaces de provocar la renuncia de funcionarios de alto rango o el rechazo a iniciativas de ley lesivas para derechos fundamentales. Es decir, crean climas de opinión que generan un contrapoder informacional ante la narrativa institucional otrora todopoderosa.

El contenido hipermediático que se socializa, muchas veces es especializado. Hay una escenificación que puede coincidir con lo que Levy llama inteligencia colectiva. Por ejemplo, en el caso #LeyFayad destacó el papel de organizaciones expertas en derechos digitales para explicar los alcances jurídicos de la propuesta y argumentar en contra de la misma.

Aquí es necesario hacer un paréntesis para comprender que cualquiera de estas manifestaciones no necesariamente tiene que salir a las calles para adquirir relevancia. Tal y como sucedía con un encabezado de ocho columnas, una noticia puede tener alcances considerables en la medida del impacto político que genere. La diferencia es que ahora tales noticias de primera plana también se suelen conformar de manera colaborativa a través de Trending Topics.

Si bien no todo en las redes es positivo, pues no hay que olvidar las constantes manifestaciones de intolerancia, discriminación y maniqueísmo, el uso de estas plataformas ha generado un inusitado ambiente de visibilización del proceder público de actores de las élites políticas y económicas del país.

Otro ejemplo de ello es el caso de las llamadas ladys (Lady100pesos, la más reciente) y los gentlemans o lords (véase el caso de #LordRollsRoyce).

Uno de los aspectos cardinales de este nuevo escenario de opinión pública es la presencia de actores sociales que difícilmente tenían voz en las tribunas de los medios convencionales. Ha sido fundamental el papel de los medios (tradicionales, digitales y alternativos) para expandir las consignas, pero también el rol de una nueva generación de líderes de opinión.

En un análisis de Twitter sobre 12 recientes manifestaciones (#JusticiaABC, #SoyProle, #QuitaUnAnuncio, #YoSoy132, #MarchaAntiEPN, #TodosSomosPresos,
#LadyProfeco, #LeyBala, #PosMeSalto, #PrensaNoDisparen, #EPNvsInternet y #EPNbringthemback), las cuentas de medios (Sopitas, Animal Político, Proceso, Aristegui Noticias y CNN México, principalmente) fueron las que tuvieron mayor resonancia.

Enseguida aparecieron activistas y colectivos (Daniel Gershenson, Jesús Robles Maloof, Anonymous, YoSoy132, entre otros), ciudadanos en general, periodistas (principalmente Jorge Ramos, Julio Hernández, Jenaro Villamil y el monero José Hernández), militantes (Epigmenio Ibarra), figuras públicas (Calle 13, Gael García Bernal, Julieta Venegas, Café Tacuba, Diego Luna, Facundo, Werevertumorro y hasta Kim Dotcom) y académicos (John Ackerman, Denise Dresser, Sergio Aguayo, Héctor Díaz-Polanco, Rossana Reguillo y Jesús Silva-Herzog Márquez).

Es decir, las protestas digitales sustentaron su fortaleza en la pluralidad de actores o nodos reconocidos en la opinión pública. Por supuesto, la cobertura de los medios ha sido fundamental para difundir y ampliar su alcance.

Como señala una definición de tecnopolítica respecto a este tipo de fenómenos, se parte de multitudes conectadas con herramientas digitales que buscan una acción colectiva. Justo es tiempo de comenzar a hacer preguntas sobre ¿quiénes son esas multitudes? ¿cuáles herramientas? ¿por qué esas herramientas y no otras? Y ¿qué tipo de acción colectiva? En la medida que encontremos respuestas basadas en un análisis crítico, conoceremos los alcances y limitaciones de este tipo de neoescenarios de conflicto social.

@CesarArcano