Una vez más el actor Gerard Depardieu –con un programa de cocina—aparece en la carta programática de Canal 22. Bon Appétit (Provecho) se titula la serie cuyas emisiones de media hora son difundidas una vez a la semana.
Ya famoso por sus múltiples interpretaciones de protagonistas de la historia francesa, la encarnación de personajes creados para el cine por escritoras como Marguerite Duras y por haber sido dirigido por el cineasta Bernardo Bertolucci, el comediante derivó recientemente hacia la televisión en series. Varias de éstas han sido transmitidas por el Canal Cultural: El Conde de Montecristo, Los Miserables. Recientemente en Netflix es el héroe de Marsella, hoy empezando la segunda temporada.
Criticado por la desmesura de su comportamiento, puede caer simpático o ser abominable, lo objetivo es su intenso trabajo en diversos géneros con registros diferentes: acepta participar en proyectos comerciales sin dejar los artísticos. Es sujeto de escándalos, como aquel que le llevó a renunciar a su nacionalidad para optar por la rusa, o el exilio de su domicilio fiscal a Bélgica para escapar a la tasa del 75% de impuesto por el actual mandatario francés a las grandes fortunas.
La de Depardieu ha sido multiplicada por su incursión en los negocios. Posee un viñedo, escribió un libro de cocina y es propietario de un restaurante lujoso. Su interés por la comida lo lleva ahora a crear una serie junto al chef de su local, Laurent Audiot.
Europa es el escenario. Bélgica, Inglaterra, el País Vasco, Italia revelan sitios poco conocidos, los cuales albergan pequeños lugares que nos descubren las delicias preparadas, los ingredientes secretos, junto con cualidades alimenticias de los guisos. Bon Appétit es una emisión desaliñada, igual al aspecto de sus protagonistas. Carente de puestas en escena, fotografían lo que sucede sin arreglos, mínima edición. Tampoco existe libreto alguno, las frases van surgiendo de manera espontánea pues las recetas son preparadas frente al espectador, no aparecen por escrito. Cantidades, combinaciones, se hacen al cálculo, con total inventiva y al ritmo individual del cocinero creativo.
Depardieu resalta por encima de la actividad culinaria, su enorme presencia constituye la mayor atracción del programa. El corpachón del intérprete, peso excesivo proyectado en el abdomen, sus risueñas ocurrencias, llenan la pantalla. Vestido con una camisa azul, pantalón de mezclilla –si hace frío un chaleco oscuro de tela sintética–, pelo largo sin peinar, completan la figura. Vemos a la persona tal cual o quizá al personaje en que esa persona devino aun sin quererlo.
Bon Appétit no tiene pretensiones cultas, está para ofrecer al televidente un rato de placer evocando sabores, el olor de las preparaciones o los ingredientes, los paisajes en los cuales ocurren las escenas. Prescindible y sin embargo capaz de despertar el interés o el morbo por observar una ocasión más a ese fenómeno actoral y mediático llamado Gérard Depardieu.








