El Foro de la Cineteca que continúa en la Filmoteca de la UNAM, culmina con la cinta del filipino Lav Díaz, Norte, el fin de la historia (Filipinas, 2013); oportunidad quizá única para esta experiencia visual y narrativa de más de cuatro horas de duración, que no parece excesiva si se toma en cuenta que otras de sus películas alcanzan hasta once horas (Evolución de una familia filipina, 2004), u ocho horas, como la más reciente, Lullaby, premiada en Berlín.
Hay algo inevitablemente trágico, por inalcanzable, en el anhelo artístico de Lav Díaz que engloba política, sociedad, historia, filosofía y espiritualidad en sus películas, obras monumentales parecidas a las novelas de Dostoievski, el escritor al que hace referencia constantemente. Y que nadie se desanime ante tal magnitud porque, a diferencia de autores como el implacable y letárgico Theo Angelopoulos, este cineasta filipino sabe manejar acción y suspenso sin caer en lo gratuito. Díaz sólo exige sentarse en la butaca y olvidarse del tiempo.
Fabián (Sid Lucero) es un universitario fallido que va a los bares a pontificar contra el capitalismo, explota a sus amigos para emborracharse y pagar la renta, para terminar robando y asesinando a una agiotista, porque hay que eliminar el mal. En la patética versión de Fabián sobre Nitszche, la verdad y el sentido están muertos. Crimen y castigo es la referencia obvia, sólo que Díaz sabe más de la injusticia que de la posibilidad de redención; Fabián escapa, presa de la culpa pero sin consecuencias; en su lugar, un hombre honesto y justo, Joaquín (Archie Alemania), chivo expiatorio de la maquinaria social, es condenado a cadena perpetua dejando desamparados a su mujer y a sus hijos. Ya van 90 minutos y ahora empieza realmente la película.
Aunque el título de Norte… se refiere a Ilocos Norte, la provincia de Filipinas de donde nació el dictador Marcos, Lav Díaz evita el didactismo de la metáfora política, sus personajes existen en esos contextos de iniquidad política y económica. La historia con mayúscula del mismo título, que por supuesto nunca termina, alude con sorna al ensayo de Francis Fukuyama. Del lado del realismo social, Díaz se halla cerca del Buñuel de Los olvidados o del indio Satyajit Ray; el impacto poético y contemplativo de Norte…, como en la mayoría de las cintas de este veterano del cine experimental, no busca escapar del mundo o trascenderlo, como harían Tarkovski o Terence Malick, sino penetrarlo.
Con inquietantes tomas aéreas, o largos planos secuencia, tal el de Joaquín caminando con muletas apresado por la policía, la cámara regresa al color después de más de una década, recupera la capacidad narrativa de un cine que cuenta permitiendo apreciar y criticar lo que muestra la pantalla. El ritmo de la imagen disuelve las escenas de manera imperceptible, casi en pormenores. Para Lav Díaz Dios está en el detalle.
En Norte, fin de la historia, sorprende ese pulso que lo mismo sostiene desde el aire la mirada del ángel exterminador que encuentra al asesino escondiendo su botín en un ambiente nocturno que evoca al cine de horror clásico.








