Desde su independencia de España y Portugal, hace más de siglo y medio, las naciones latinoamericanas han vivido bajo Constituciones republicanas y democráticas. Para nadie es un secreto que, salvo en periodos aislados y generalmente cortos, casi todos estos regímenes nominalmente republicanos y democráticos han sido, de hecho, dictaduras. Desde 1825 a 1976 nuestros gobiernos han adoptado muchas ideologías, pero la diversidad de todas esas máscaras no ha logrado ocultar la realidad permanente de nuestra historia política: el caudillo. Dentro de esta situación, que es hoy imperante en América Latina –salvo unas cuantas excepciones como las de Costa Rica y Venezuela– el caso de México es único, peculiar. Nuestro régimen es un compromiso entre la democracia auténtica y el caudillismo a la latinoamericana. Pero este compromiso, positivo en su primera etapa, se ha vuelto más y más inoperante. La crisis de 1968 fue un ejemplo dramático del progresivo desgaste del sistema mexicano. El partido en el poder durante cerca de medio siglo, incapaz de resolver el conflicto por medios políticos, no tuvo más remedio que apelar a la fuerza y llamar al Ejército.
El gobierno actual recogió la lección e intentó una reforma democrática dentro del partido. La mayoría de los observadores encuentran, con razón, que los cambios han sido insuficientes. Se nos dio un respiro, pero no se logró infundir en nuestra anémica democracia un poco de la vitalidad. En las verdaderas democracias la vitalidad es sinónimo de diversidad ideológica y de pluralidad de opiniones y partidos. La crisis de nuestro sistema político es tal que ninguno de los partidos independientes presentó candidatos en la elección presidencial de este año. El panorama es aún más desolador si se piensa en la situación de los dos poderes que, según nuestra Constitución, están encargados de preservar la democracia en México: el Poder Legislativo y el Judicial. El primero, formado por una abrumadora mayoría de miembros del partido oficial, no es un órgano de discusión y deliberación sino de aprobación mecánica de las iniciativas presidenciales. La misión de nuestros senadores y diputados es aplaudir y elogiar al presidente en turno… La función del Poder Judicial es todavía más triste: no es sino un apéndice del Ejecutivo.
Los cambios ocurridos en el diario Excélsior adquieren su cabal significado sólo dentro de la realidad que, someramente, acabo de describir. En México no existe una autentica vida política porque carecemos de ese espacio libre donde se despliega, en las democracias, la actividad de los grupos y los individuos. Ese espacio es plural: es el lugar público por excelencia, llámese plaza, parlamento, periódico o cualquier otro sitio de confrontación y discusión de ideas y personas. Los mexicanos no tenemos vida política real, pero tenemos una ficticia: cada tres y seis años celebramos elecciones. En ellas participan partidos y grupos fantasmas que no tienen más función que probar, con irrealidad, la realidad aplastante y omnipresente del Partido Revolucionario Institucional (PRI). También tenemos una Cámara de Senadores y otra de Diputados, una Suprema Corte de Justicia y una federación de estados soberanos.
Nuestra ficticia vida política sería incompleta si no tuviéramos una libertad de prensa igualmente ficticia. Teóricamente nuestros periódicos pueden decir lo que quieren: prácticamente dicen lo que pueden. Y lo que pueden es lo que quiere el gobierno. O lo que quieren los grandes intereses que dominan al país, de las corporaciones privadas a las poderosas burocracias obreras y políticas. Aunque no hay que exagerar la influencia de los organismos privados y gremiales: en México el verdadero poder es político y se concentra en el Estado.
Ante la experiencia de 1968 el régimen decidió liberalizar su política frente a la prensa. Fue una decisión positiva que la mayoría de los mexicanos aplaudimos sin reserva. Excélsior era un periódico como los otros: gracias a la nueva coyuntura política, y, sobre todo, gracias a la iniciativa de su director, Julio Scherer García, se transformó en un periódico distinto a los otros: Excélsior empezó a decir lo que muchos querían y no podían decir. El diario se convirtió en el centro de convergencia de las opiniones libres y disidentes de México. No todo lo que se dijo en Excélsior coincide con lo que yo pienso y creo. Más de una vez estuve en desacuerdo con muchos de sus colaboradores. No defiendo sus opiniones: defiendo su derecho a sostener ideas distintas a las mías. Defiendo nuestro derecho a disentir del poder de los poderosos.
Justo en el momento en que el ocaso de los partidos independientes clausuraba el reducido espacio político mexicano, Excélsior abrió otro espacio. Hoy ese espacio también se cierra. No asistimos al triunfo de una ideología verde, roja o negra: asistimos al triunfo del color gris, el color del conformismo y la pasividad. ¿Por cuánto tiempo? l
* “La libertad como ficción” se publicó en julio de 1976 en varios periódicos y revistas del mundo y después se recogió en El ogro filantrópico, Barcelona (Seix Barral) y México (Joaquín Mortiz), 1979.








