“Más fuerte que las bombas”

La retrospectiva de la obra fotográfica de Isabelle Joubert Reed (Isabelle Hupert), fallecida tres años antes en un accidente de automóvil, reúne a la familia; Jonah (Jesse Eisenberg) se aparta de su mujer y su bebé recién nacido para convivir con su padre (Gabriel Brayne) y un hermano adolescente, Conrad (David Druid). Cada uno lleva un atado de trabas y miedos: Jonah no acierta a asumir su paternindad, Conrad vive absorto en los video juegos, el padre (Gene) anda enredado con la maestra de su hijo; el fantasma de Isabelle aletea sobre el amasijo de piezas de este rompecabezas que el director noruego Joachim Trier parece que va a armar.

Más fuerte que las bombas (Louder Than Bombs; Noruega-Francia-Dinamarca, 2015) toma el título de un álbum del grupo británico Smiths (Compilación americana), alude a la peligrosa actividad de Isabelle, fotógrafa de guerra, y propone una imagen sonora al estruendo interno de esta familia que funciona atrincherada en sus roles, cuidando de no pisar los vidrios rotos del inexplicable accidente, probable suicidio de la madre.

Reconocido por su elocuencia narrativa, JoachimTrier aprovecha la oportunidad de este primer largometraje en inglés para sumergirse en uno de los temas consentidos del melodrama estadunidense: la superación personal dentro de la unidad familiar. Con un reparto estupendo, encandila a su público, ese acostumbrado a que los duelos se superan, los personajes cambian, todo termina por resolverse; pero la tirada del director es el desconcierto. Aquí no importa dónde se llega sino por dónde se pasa.

Al ritmo del vaivén entre presente y pasado, cada miembro de esta familia se siente en el lugar equivocado, disociado entre la fachada y un interior que no puede compartir. Jonah se refugia en el cuarto negro de fotografía de la difunta Isabelle; Conrad se cocina en su marmita de emociones, anhelos amorosos con sus compañeras y un padre que lo observa desde lejos en su soledad sin poder acceder a él; Gene gravita entre la resignación y el resentimiento hacia la mujer que vivía ausente del hogar, en la adrenalina de las guerras y que terminó absurdamente en un accidente de carretera. Isabelle es un rostro que Huppert ofrece sin resistencia a la cámara, rostro que el director explora a manera de escenario donde todo se lee.

La ambición del director es grande, su drama ocurre apostillado entre la vida y la muerte, la imagen de la mano de la bebita que agarra la del padre y los momentos del aparatoso accidente de Isabelle; en ese incierto intervalo se agitan las cosas de la vida, evocando un tanto al realizador francés Claude Sautet, sólo que aquí son los que se quedan quienes interrogan el pasado. Joachim Trier proclama su admiración a Ozu, el maestro de dramas familiares donde casi nada ocurría y lo más importante de la vida salía a relucir; pero el mundo que habita esta familia no fluye como el de Ozu, más bien parece que va a estallar en cada momento: entre serio y en broma el hermano mayor le pregunta al menor si va a llevar a cabo una balacera en la escuela.