A quererlo o no y aun cuando todavía le restan dos años y medio en el cargo a la presente administración estatal, para el gobernador Aristóteles Sandoval Díaz y colaboradores que lo acompañan ya hace buen rato que comenzó la cuenta regresiva, lo que en términos prácticos significa básicamente que sería iluso esperar que su gobierno dé más de sí, es decir, que pueda mejorar sustancialmente su desempeño, superando lo realizado hasta ahora, algo que, por lo demás, no ha sido para echar las campanas al vuelo ni en cantidad y todavía menos en calidad.
Cuando el gobierno del priista Sandoval Díaz debutó a principios de 2013, lo hizo con un nada despreciable margen de aprobación, confianza y hasta de optimismo entre varios sectores sociales, sobre todo después del decepcionante cierre que tuviera la gestión de su predecesor, el panista Emilio González Márquez, quien se mudó de Casa Jalisco dejando un estado sobre endeudado y al garete en varios ámbitos de la administración pública, aparte de que a su partido ya lo había dejado meses atrás en el descrédito y en inopia, lo mismo política que electoralmente, con sonadas derrotas al por mayor.
Sin embargo, para el nuevo gobierno comenzaron a pasar las semanas, los meses y los años, y fue demostrando que en realidad, más allá de colores y banderas partidistas, no se diferenciaba mucho de la administración de González Márquez. Y ello porque, entre otras cosas, su postura frente a varios de los problemas de la entidad terminó siendo la misma.
Así, por ejemplo, cuando se esperaba que ante el proyecto federal de la presa de El Zapotillo –sobre el cauce del río Verde, en territorio jalisciense, y concebida en esencia para abastecer de agua al área metropolitana de León, Guanajuato– el gobernador Sandoval Díaz asumiera una posición en defensa de los intereses de Jalisco, máxime cuando en campaña y ya como gobernador electo se había comprometido reiteradamente a ello, a las primeras de cambio dobló las manos y trató de justificarse con una excusa más pusilánime que convincente: que los técnicos de la Comisión Nacional del Agua lo habían convencido de que “lo más conveniente” era que la altura de la cortina de la represa fuese a 105 metros y no 80, aun cuando ello implicase la inundación de tres poblados de la zona de Los Altos, dejando a los desahuciados vecinos a su suerte. Y si la construcción de la presa se estacionó en 80 metros de altura se debe a que esos vecinos consiguieron varios fallos favorables a su causa de parte de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y no porque la autoridad estatal haya hecho algo por ellos.
Pero no es éste el único caso en el que Aristóteles Sandoval y colaboradores han patinado feo, contradiciendo sus promesas de campaña y sus propuestas y lineamientos publicados en el Plan Estatal de Desarrollo. En rubros como la seguridad pública, el cuidado del medio ambiente, el combate a la corrupción y la generación de empleos “bien remunerados”, han sido más los deberes que los haberes. Así, por ejemplo, a los “ecologistas” oficiales, comenzando por la Secretaría de Medio Ambiente, les dio por cancelar el programa de verificación vehicular obligatoria, aduciendo fallas en el mismo, pero sin sustituirlo por otro, cuya elaboración ha demorado una eternidad, lo mismo que su aprobación, de suerte que su entrada en operación se anuncia para el año entrante.
Con el utópico proyecto de la Ciudad Creativa Digital (CCD), que dizque vendría y ha de venir a relanzar económica y urbanísticamente a Guadalajara, particularmente en su zona central, el gobierno del priista Aristóteles Sandoval ha hecho lo mismo que el del panista Emilio González Márquez: nada o casi nada, con el agravante de que mientras al panista sólo le tocó sobrellevar al cacareado proyecto durante un año, el priista lo ha tenido en sus manos durante casi tres años y medio, un periodo de esterilidad en el que su gobierno ya tuvo que devolverle a la federación 30 millones de pesos, etiquetados para obras en la CCD, porque dicho dinero sencillamente no se ejerció.
Esa misma pazguatería gubernamental se ha visto en otros casos y a veces hasta de manera multiplicada. Ejemplo de ello es el de la infeliz Villa Panamericana, edificada a troche y moche en el Bajío, una zona colindante con el bosque de la Primavera, es decir, en uno de los lugares menos indicados del área metropolitana de Guadalajara para construir un complejo habitacional de grandes dimensiones, y ello por tratarse de un sitio de recarga de los mantos freáticos y por lo tanto de alta fragilidad ambiental.
Con ese malhadado proyecto, financiado con dinero público y, lo más grave y delicado, con los ahorros de los empleados al servicio del gobierno estatal, Sandoval Díaz sencillamente se ha hecho pato. Es verdad que el problema lo recibió como una especie de herencia maldita de su predecesor, pero no haberle encontrado una solución mínimamente razonable es tanto como haber estado jugando al Tío Lolo. Por lo demás, aquello que un gobierno no ha podido hacer en tres años y medio, difícilmente logrará hacerlo cuando ya ha comenzado su cuenta regresiva, de suerte que lo más probable es que éste sea uno de los tantos pendientes que el actual mandatario estatal le herede a quien venga a sucederlo en el cargo.
Entre las pocas cosas con las que, por lo visto, sí podrá cumplirse en el sexenio en curso es con la puesta en marcha de la Línea 3 del Tren Eléctrico Urbano, un proyecto ciertamente de gran calado y de indudable beneficio social, pero en el que el gobierno de Aristóteles Sandoval sólo ha sido una especie de convidado de piedra, pues se trata de una obra enteramente federal, que se ha venido realizando –por aquello de que el que paga manda– como las autoridades de la Secretaría de Comunicaciones y Transporte han determinado, y ante la que los funcionarios locales han quedado convertidos como los mirones del dominó que, según la sentencia popular, son de palo.
Se podría afirmar que para Aristóteles Sandoval, así como para su grupo político, la mencionada cuenta regresiva comenzó prematuramente, cuando apenas llevaba dos años y tres meses en el cargo y la ciudadanía jalisciense le dio un feo revés al partido político y a los candidatos del gobernador, durante las elecciones de junio del año pasado. En ese momento se hizo evidente que el mandatario estatal tendría que gobernar en territorio comanche, rodeado de alcaldes surgidos de la oposición y con un Congreso local en el que la diputación priista súbitamente se hizo chiquita.
Para colmo de males y como una concesión a ese cambio de temperatura política en la entidad y más específicamente en la capital del estado, se vio precisado no sólo a deshacerse de aquellos colaboradores suyos que habían sido más beligerantes en la mencionada liza electoral, sino que más de uno de los integrantes de su primer círculo acabó tomando distancia de la causa aristotélica (Región 4, claro está). Ése fue el caso de su cuatacho Ricardo Villanueva, que de ser supersecretario de Planeación, Administración y Finanzas pasó primero a ser candidato perdedor a la alcaldía de Guadalajara, donde apenas cumplió un semestre como regidor de oposición, para luego dejar la lealtad aristotélica (Región 4) por la padillista, al irse a ocupar una de las rectorías B de la Universidad de Guadalajara, concretamente el Centro Universitario de Tonalá.
Ante este panorama tan poco halagüeño, al que se le han venido sumando algunos problemas de coyuntura como la actual crisis financiera del Hospital Civil, el gobierno de Aristóteles Sandoval ha asumido un bajo perfil, prefiriendo sobrellevar los problemas antes que resolverlos, a fin de que tanto para él como para sus allegados la cuenta regresiva pueda transcurrir sin mayores sobresaltos.








