La Secretaría de Salud afirma que la alarmante incidencia de enfermedades renales y malformaciones congénitas que padecen los pobladores de San Pedro Itzicán y Agua Caliente, en el municipio de Poncitlán, no se debe a la mala calidad del agua sino a otros muchos factores. Sin embargo, estudios oficiales indican que en esas localidades marginadas el agua sí contiene metales pesados fuera de norma y organismos coliformes.
San Pedro Itzicán cuenta con alrededor de 7 mil habitantes. A menos de tres kilómetros se ubica Agua Caliente, que tiene 829. Los pobladores de ambos padecen, junto a la alta incidencia de enfermedades, índices de desnutrición equiparables a los registrados hace 50 años.
El pasado 3 de junio, el titular de la Secretaría de Salud Jalisco (SSJ), Antonio Cruces Mada, descartó que el problema de enfermedades renales se relacione con la mala calidad del agua termal del pozo del que se abastecen ambos poblados, puesto que, asegura, los estudios realizados por la SSJ, la Comisión Estatal de Agua (CEA), la Comisión para la Protección contra Riesgos Sanitarios y un laboratorio particular, cada uno por su cuenta, mostraron que los metales pesados en el líquido no rebasan el límite de la norma.
Cruces Mada añadió que algunos problemas de salud atribuidos a la toxicidad del agua pueden derivarse de los pesticidas y de la genética.
Sin embargo Enrique Lira, representante de la asociación católica Foro Socioambiental Guadalajara, documenta que el líquido que consumen los habitantes de San Pedro Itzicán y Agua Caliente tiene más de 460 veces el nivel de sulfuros permitido por la Norma Oficial Mexicana. Su fuente: el laboratorio de calidad del agua de la CEA.
El informe CEA 531/14, con fecha 9 de julio de 2014, reporta que los parámetros de sulfuro en el pozo número 2 se encuentran en 0.92 miligramos por litro, cuando el máximo permitido por la norma oficial es de 0.002.
En una carta que envió en enero de 2014 Felipe Tito Lugo, director de la CEA, al entonces secretario de Gobierno de Jalisco, Arturo Zamora Jiménez, le advirtió de los problemas renales de los habitantes en las poblaciones mencionadas. Sobre el pozo de Agua Caliente dijo que “no cuenta con ninguna protección y el agua se mezcla con la de la laguna”; y aceptó que en el pozo de San Pedro Itzicán el “agua contenía sulfuros”.
Otro problema es el manganeso. Según el Programa de ordenamiento ecológico del municipio de Poncitlán, realizado en febrero de 2012 y avalado por dependencias como la entonces Secretaría de Medio Ambiente y Desarrollo Territorial (Semades) del estado, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) federal y el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), los análisis del agua del pozo de San Pedro Itzicán realizados en octubre y diciembre de 2011 revelaron que la concentración de manganeso rebasó también el límite permitido de 0.15 miligramos por litro, al registrar 0.39.
Esa agua también contiene coliformes fecales, según el estudio de microbiología que realizó la CEA el 15 de julio de 2014, cuando la norma indica que esos organismos deben estar ausentes o no detectables.
Los pobladores no sólo beben, sino que con el agua del pozo riegan los sembradíos de maíz, frijol y chayotes. Lira recalca que el sulfuro y manganeso se han relacionado con la insuficiencia renal y las malformaciones congénitas.
A su vez, Antonio Gómez Reyna, coordinador técnico científico del Observatorio del Agua, afirma que la bioacumulación de ambas sustancias puede afectar el sistema neuronal y los riñones, según el tiempo que la persona se exponga a esas sustancias. Aclara que en grupos vulnerables como los niños y los ancianos, así como en personas desnutridas o enfermas, los efectos son mayores.
Lira dice que en sus visitas semanales a San Pedro Itzicán ha contabilizado al menos 19 pacientes de enfermedades renales y que las muertes causadas por éstas se cuentan por cientos. La SSJ tiene registro de 25 personas con algún tipo de daño en el riñón en ambas localidades.
Por otra parte, el Hospital Civil de Guadalajara ha registrado 226 casos de enfermedades renales en localidades de Poncitlán desde 2009 a la fecha, además de 70 casos de malformaciones congénitas.
El 3 de junio el secretario Cruces Mada realizó una gira de trabajo en San Pedro y Agua Caliente, acompañado del secretario de Educación, Francisco Ayón, y el de Desarrollo e Integración Social, Miguel Castro, así como de investigadores y especialistas.
En una reunión realizada en la plaza principal de San Pedro Itzicán, los funcionarios explicaron a los pobladores que el problema no tenía que ver con el agua, sino con la quema de leña para cocinar y la mala alimentación.
Una de las mujeres de la localidad los retó a tomar agua del pozo. Los funcionarios se negaron. Sólo prometieron que darían seguimiento a los estudios médicos e irían a fondo para encontrar la causa de las enfermedades que padecen. Los resultados, dijeron, serán palpables en seis meses.
Otra pobladora de San Pedro Itzicán, Paula Montes Gutiérrez, denuncia que a veces el agua escasea durante semanas y después llega sólo durante media hora por dos días. “Necesitamos agua para que los niños se bañen… Queremos agua potable limpia porque aquí dinero no tenemos para un garrafón de agua. Queremos un pozo para que abastezca hasta la cuesta de Agua Caliente”, señala.
Dice que, a falta de agua potable, la laguna de Chapala es la última opción que tiene la gente, porque está contaminada con aguas negras y basura. A los funcionarios que visitaron San Pedro les gritó: “¿Cree que vamos a tomar agua de la laguna así como está, bien afectada, con el agua del drenaje conectada a ella? ¡Por eso nos enfermamos!”
Los funcionarios también prometieron a los afectados entregar 500 estufas ecológicas y llevar programas sociales como el de “piso firme”.
Afuera de su casa, a unos metros de la plaza principal de San Pedro Itzicán, Gabriela Loza afirma que hasta ahora ninguna autoridad se había preocupado por el agua: “Aquí nadie se apuraba. Si no es porque salió en la televisión no nos llega nada”.
Antes la gente de ahí bebía de la laguna de Chapala, pero desde 1994 utilizan la que llega por tubería desde el pozo termal. Pocos pueden permitirse comprar el líquido embotellado que cuesta de 13 a 18 pesos.
Loza comenta que aun esta agua supuestamente purificada muchas veces está en malas condiciones: “Cuando quiero darle agua a los niños se siente como con tiras, como babosa, pero no puedo ir a reclamar”, dice la mujer, que se dedica a la venta de verduras.
Por eso tienen que tomar del agua entubada, que llega en tandas después de varios días de carencia total. “Cuando tenemos dinero la compramos, y cuando no, tomamos de la llave. Para las comidas no alcanza, porque tenemos muchas criaturas y nada más compramos un garrafón para darles. En la comida agarra uno de la llave, porque necesita tener uno muchos garrafones para todo”.
De todas formas, el uso del agua disponible es limitado: las autoridades municipales dicen que como sale muy caliente “el motor no la aguanta y los tubos se desueldan”. Aun así, el ayuntamiento señala que los problemas de salud no son causados por la mala calidad del agua sino por la genética.
Pobreza, enfermedad y olvido
Los pobladores de San Pedro Itzicán y Agua Caliente subsisten con los precarios trabajos que consiguen en fábricas o casas de familias adineradas en Guadalajara, sus cosechas y la venta del pescado que extraen de la laguna.
Su menú semanal consiste en una combinación de chayotes, maíz, frijol, charales y pescado. Pocas veces la carne llega a su mesa. “Uno no sabe si será que a veces uno no les da bien de comer (a los niños), no los nutrimos bien o no sabemos”, dice Gabriela Loza en busca de una explicación por la baja estatura de los niños.
La casa de Elocadia González está en la cima de uno de los cerros que rodean San Pedro Itzicán. Un angosto pasillo lleva a varios cuartos acomodados en desniveles cuesta abajo, siguiendo la pendiente montañosa que llega hasta la laguna. Construidos con ladrillo, palos de madera y láminas, los espacios se acondicionaron como habitación, comedor y cocina. Los alimentos son preparados con leña.
En uno de los descansos, un niño de ocho años se arrastra en el piso de tierra. El pequeño nació con pie equinovaro, al igual que sus hermanos de 17 y 21 años. Tiene discapacidad y problemas de lenguaje.
La señora González relata que el pequeño no ha podido recibir una cirugía que le corrija esta discapacidad como a sus hermanos. A veces no pueden pagar siquiera los 120 pesos que cuesta ir y venir al municipio de Tlajomulco de Zúñiga, a casi 77 kilómetros de ahí, para sus citas médicas. Cerca sólo tienen la pequeña clínica de salud en Agua Caliente, adonde un médico va dos o tres veces a la semana.
Cuadras abajo vive Graciela González, quien recibe cinco cajas de material para diálisis que le donaron en Guadalajara. Hace meses estuvo hospitalizada porque su enfermedad renal se agudizó a falta de este tratamiento. Con 23 años y un hijo, la joven fue diagnosticada hace un año. Desde entonces no puede trabajar en la casa que aseaba en Guadalajara.
El académico de la Universidad de Guadalajara (UdeG) y especialista en medio ambiente, Felipe Lozano desarrolló estudios clínicos en 300 niños de Agua Caliente. En el titulado “Vulnerabilidad en la infancia en Agua Caliente, Poncitlán”, encontró que 170 de ellos presentaron indicios de daño renal y al menos cuatro deben ser tratados de manera inmediata por un nefrólogo.
Asimismo se encontró plomo en la sangre de los menores, además de estatura y peso bajos, desnutrición y problemas de aprendizaje. “El 60% de los niños está desnutrido, sobre todo los preescolares. Es una desnutrición como del México de los años 50”, comenta Lozano, titulado como pediatra.
También halló altos índices de partículas de plomo en el suelo y en algunas casas del poblado, probablemente a causa de la quema de leña para cocinar en las casas y la aplicación de agroquímicos en los huertos y plantíos.
Para su análisis, el académico visitó las escuelas de la zona, donde descubrió que “la gran mayoría” de los menores tienen diferente grado de retraso intelectual, pues 30% no saben distinguir los colores ni escribir su nombre a los seis años. Además, puntualiza, 46% tiene riesgo del retraso en el desarrollo y 38% lo manifiesta ya.
“Los profesores están angustiados porque los niños no aprenden tanto en el kínder y en la primaria como en la secundaria. Tienen dos filas (en el aula): los que aprenden a los tres días y a los que se les olvida a los tres días”, narra Lozano.
Benita Baltazar vive en Agua Caliente. Tres de sus hijos cursan la primaria y otro la secundaria. “No aprenden”, dice con cierta vergüenza. Su hijo en segundo año de primaria pudo escribir su nombre hasta que el hermano mayor le ayudó a deletrear y leer algunas palabras. Ella no pudo hacerlo porque no tiene la instrucción básica.
“Han dicho que a lo mejor es por los alimentos, que no se alimentan bien, pero todos los que vienen de abajo (kínder) tardan para aprender. No nada más los míos, hay muchos que los pasan para que no estén en el mismo grado, pero no saben nada”, dice.
Los directivos y maestros del kínder Niños Héroes han denunciado que desde hace dos años las instalaciones no tienen energía eléctrica. En la primaria Emiliano Zapata el suministro de agua es irregular. En ninguno de los planteles hay un comedor donde puedan tomar los alimentos. Los niños se lavan las manos en contenedores y comen en las bancas o en el suelo.
Sin embargo, ambas escuelas y la telesecundaria Adolfo López Mateos forman parte del programa de Escuelas de Tiempo Completo. Desde hace varias semanas no llega la comida que deben recibir los alumnos. Esta carencia es muy importante, explica la profesora Julia Aída Padilla:
“Los alumnos viven una extrema pobreza. Ellos comentan que no comen. Se les daba la comida y era lo único con lo que ellos se alimentaban. Dicen que al llegar a su casa no hay nada.”
Muchos adolescentes se quedan dormidos, no aprenden según su edad y su desarrollo no es el óptimo. Casi nunca tienen con qué pagar el material didáctico para las actividades escolares.
“Terminan la secundaria y ahí se acabó todo. No piensan en seguir estudiando. Ellos quieren irse a Estados Unidos y las niñas quieren trabajar en una casa de Guadalajara”, dice la profesora Padilla.
Al respecto, el presidente municipal de Poncitlán, Juan Carlos Montes, afirma que en los próximos meses se aplicará un “sistema de intervención” en el que cada secretaría realizará acciones para “levantar las comunidades completas”, comenzando por las más críticas.
Respecto a la exclusión social que viven estos poblados, el alcalde señala que se trató de un equívoco: “Perdimos mucho tiempo creyendo que era el agua, yo también lo creí, pero cuando vi los estudios me di cuenta que no era”. El funcionario anuncia que el ayuntamiento colaborará en el estudio de la UdeG para detectar los programas más urgentes en San Pedro y Agua Caliente.
En tanto, Jorge Manuel Sánchez, director general de Salud Pública en la SSJ, explica que el estudio de la dependencia evaluará si los enfermos se están tratando de manera adecuada y cuántos de los 798 niños entre seis y 12 años en San Pedro tienen enfermedad renal crónica, a fin de ofrecerles atención médica.
La última fase estará orientada a estudiar a los menores de las localidades de Agua Caliente, Chalpicote, La Zapotera y San Miguel de la Joya.
“La hipótesis es si se trata de una enfermedad por metales pesados. Ya hay estudios al agua y no están en niveles elevados que pudieran estar implicándolo”, explicó Sánchez, quien dijo lo mismo que su jefe, Cruces Mada: puede tratarse de “una enfermedad autoinmune, una infección bacteriana o relacionada con carga genética”.








