Comienza la década de los sesenta: en pleno milagro económico alemán, Radmann (Alexander Fehling), joven fiscal convencido de la probidad del sistema jurídico de su país, comienza a investigar los horrores de los campos de concentración, y entabla un proceso contra los culpables, camuflados e incorporados a la sociedad alemana. Apoyado por el procurador general, Fritz Bauer (Gert Voss), descubre la abrumadora complicidad de las autoridades hacia los nazis, incluso de una gran parte de la sociedad alemana que preferiría cerrar el capítulo, de acuerdo al slogan de la época.
La conspiración del silencio (Im Labyrinth des Schweigens; Alemania, 2014) es el primer largometraje del actor germano italiano, Giulio Ricciarelli, que aborda la historia de la lucha de unos cuantos juristas para iniciar los juicios de Auschwitz, no desde la vitrina internacional sino desde la ley federal alemana. Si los delitos y crímenes contra inmigrantes es noticia diaria en la Alemania actual, en 1963 la sociedad vivía amnésica y las nuevas generaciones crecían en plena ignorancia. Fritz Bauer elige a Radmann precisamente porque pertenecía a la nueva camada de jóvenes legistas que aportarían una mirada fresca frente al pasado.
Pero la necrosis no era fácil de amputar, quizá nunca ha terminado de serlo; Radmann colisiona a cada paso con el encubrimiento sistemático de antiguos nazis que se protegen entre sí y se escudan en la normalidad. Desde el profesor de la preparatoria, tipo de aspecto amable que le ofrece fuego para su cigarrillo, hasta la connivencia del gobierno para permitir la visita relámpago de Mengele para ver a su familia y proteger de nuevo su salida. Casi nadie se libra de la mancha; los ideales están al borde del colapso y el joven magistrado tendrá que asumirlo. Al sheriff, como le apodan ahora, sus colegas le preguntan si todos los jóvenes alemanes tendrán que preguntarse si su padre es un asesino.
Héroe enfrentado al mal, historia de aprendizaje y lección histórica, con encuadres claros y bien armados, y metáforas visuales claras, como las que muestra el póster con Radmann, nuevo Sigfrido, prácticamente aplastado por el dragón de la montaña de papeles y archivos; el título en alemán, en el laberinto del silencio, es puro material didáctico. El academismo y el estilo clásico por el que opta Ricciarelli parecería anticuado si se mira desde la grandes producciones de Hollywood, no se diga desde la innovadora El hijo de Saúl; pero La conspiración del silencio no es una película del género holocausto.
La originalidad de esta cinta es precisamente la modestia con que toca el tema desmontando el aparato y la afectación en que han incurrido tanto la denuncia como la propaganda; aquí la propuesta es empezar por el abc. El tema es Auschwitz, pero no aparecen montañas de cadáveres ni rostros emaciados; la toma del campo de concentración es a plena luz, el aspecto de los acusados durante las entrevistas es el de gente común, incluso cuesta diferenciarlos de los acusadores; evidente el eco de la banalidad del mal. La visita de Radmann a Auschwitz para rezar el kadosh ocurre durante la noche, como si solamente la oscuridad y el vacío pudieran describir el horror.








