No son pocas las causas por las que el grupo político que antidemocráticamente controla a la Universidad de Guadalajara ha conseguido mantenerse durante tanto años en el poder (desde 1989, cuando Raúl Padilla llegó a la rectoría de la institución) hasta el extremo de haberse convertido en la primera de las fuerzas vivas de la comarca. Varias de esas causas son de sobra conocidas como el hecho de que la permanencia de esa camarilla en el mando de la universidad pública de Jalisco ni siquiera dependa del consentimiento de su propia comunidad de profesores, alumnos y personal administrativo, pues el veredicto popular (el voto libre y secreto) sencillamente no tiene carta de residencia en el campus de la UdeG.
Y ello porque la comunidad que conforma a esa institución pareciera haberse acostumbrado o resignado, salvo muy honrosas excepciones, a padecer un manejo autocrático y caciquil, que si bien está repartido en feudos, responde a un mando único (¿eres tú, Raúl?). Por lo anterior, es explicable que se haga un uso discrecional de los cuantiosos recursos de la casa de estudios, comenzando por los presupuestales, que superan ampliamente a los de los ayuntamientos de Guadalajara y Zapopan juntos. Otro factor es la perversión que se ha hecho del autogobierno o “autonomía universitaria”, que en la práctica los jeques udegeístas han ido utilizando no para beneficio de la institución, sino como un blindaje de sus intereses grupales, a fin de que ningún agente externo les pida cuentas –y si llegara a hacerlo, no prospere la petición– por irregularidades, abusos, anomalías… Y por el contrario, es constatable el hecho de los largos tentáculos del pulpo padillista han alcanzado todos los poderes constituidos de Jalisco, donde el octópodo en cuestión mantiene posiciones.
Otro factor que ha favorecido que la agrupación política de marras haya podido perpetuarse y medrar a sus anchas es la relación clientelar que, en mayor o menor medida, ha logrado establecer con distintos medios de comunicación asentados en la comarca, salvo notables excepciones. Aparte de que muy explicablemente el clan padillista controla el sistema de radio y televisión que pertenece a la propia UdeG –por lo mismo, éstos son los medios menos confiables para saber lo que sucede al interior de la institución, especialmente cuando se trata de algún enjuague que tenga que ver con los jeques universitarios–, esa relación clientelar se ha dado en una doble vertiente.
Por un lado, la política editorial o la práctica ídem de los medios colaboracionistas (impresos y electrónicos) suele presentar las prácticas antidemocráticas y caciquiles de la institución como algo normal y que, por lo mismo, no tiene por qué ser denunciado públicamente. Por otra parte, esos mismos medios afectos al clientelismo padillista han optado por dar cabida en sus espacios editoriales a funcionarios udegeístas o personeros identificados con los intereses del grupo político en cuestión, sin que ese hecho se le especifique al lector, radioescucha o al televidente, a fin de que éste sepa a qué atenerse, advirtiéndole, por ejemplo, que equis editorialista o comentarista es el rector del CUCSH, el jefe de Medios UdeG, el director de la Preparatoria de Lagos de Moreno, el asesor de uno de los jeques udegeístas o el nuevo presidente de El Colegio de Jalisco y antes exrector del Centro Universitario del Sur y fundador de la carrera en Ciencias Políticas y Gobierno de la UdeG, etcétera.
También se da otro caso tal vez más lamentable: periodistas profesionales (entre ellos columnistas, reporteros, comentaristas radiofónicos y televisivos, caricaturistas… surgidos en la prensa independiente) que por el hecho de colaborar con la radio y la televisión universitarias –eventualmente también con el semanario La Gaceta, que se reparte gratuitamente en los distintos planteles y dependencias de la casa de estudios– optan olímpicamente por la evasión y a veces hasta por la autocensura cuando se trata de algún asunto peliagudo relacionado con los intereses de la cúpula udegeísta y especialmente con su principal cabecilla (¿eres tú, Raúl?).
Y esta conducta omisa, o calculadamente evasiva, se da incluso cuando dichos periodistas profesionales (a ratos) e independientes (ídem) participan en medios ajenos, o presuntamente ajenos, a la férula padillista. ¿Temor a alguna represalia? ¿Ganas de congraciarse con el mandamás de la UdeG a fin de subir en el padillómetro? ¿Decisión de no “comprar pleitos ajenos”? Sea como sea, ello vendría a demostrar la capacidad de disuasión del grupo político que ha medrado a costa de la universidad pública de Jalisco, un grupo que aparte de reprimir o atemorizar, también ha sabido promover, “reconocer” y recompensar a los chicos y chicas de la prensa “bien portados”, entre quienes anualmente entrega un premio estatal de periodismo, de nombre Emisario, que los jeques udegeístas organizan “en colaboración” con varios medios de la localidad y también otras instituciones de educación superior de la comarca.
Este cuadro perverso se completa con una subclase de personeros o agentes oficiosos que coquetean entre la grilla y la academia, y quienes, también desde los medios, no pierden ocasión de quemarle incienso al mencionado jeque de jeques. Vale decir que a esta incansable labor adulatoria con “el patrón”, esos personeros suman otra no menos rastrera: un obsequioso celo por de querer descalificar a quienes se atreven a denunciar los proyectos torcidos, los business seudoculturales y las prácticas caciquiles del padillato. De ese modo, estos voluntariosos turiferarios cumplen el triste papel de guaruras intelectuales.
Tal es el caso de José María Muriá, alguien que muy calculadamente cambió su antiguo papel de historiador en asuntos regionales por el de grillo y halagador –no gratuitamente, por cierto– de funcionarios priistas y de los jeques udegeístas. En el primer caso, no son pocas las recompensas que ha obtenido, entre las más recientes una regiduría en Zapopan durante la administración de Arturo Zamora y el nombramiento como presidente de El Colegio de Jalisco, institución a la que manejó como cosa propia hasta que, 15 años después, lo retiró del cargo el gobernador panista Francisco Ramírez Acuña, aun cuando ha seguido cobrando como parte de la plantilla de académicos e investigadores del susodicho colegio.
Pero más provechosa ha sido todavía su relación con el padillato, pues ciertamente no se ha desvivido en vano al querer figurar entre los favoritos en la corte del mencionado faraón universitario. Aun cuando durante los años sesenta Muriá sólo trabajó por poco tiempo como profesor de la UdeG, antes de irse a hacer un posgrado a El Colegio de México, luego de lo cual se empleó durante décadas en chambas y proyectos ajenos a la universidad pública de Jalisco, el mandamás de ésta (¿eres tú, Raúl?) no sólo dispuso que se le reconociera una antigüedad que para fines de los años noventa ya le permitía jubilarse, sino que se le otorgara una jubilación que triplicaba el sueldo de un maestro de tiempo completo.
Actualmente, según la nómina de la UdeG, antes de que alguien decidiera bloquear algunos apartados de la nómina de esa casa de estudios –¡viva la transparencia!– Muriá Rouret José María aparecía con un sueldo vitalicio superior a los 50 mil pesos mensuales.
Como puede verse “la burguesía dorada” de la UdeG, como dijera el clásico panista, no se limita al primer círculo del padillato, sino que comprende también a algunos gatos de angora y hasta guaruras intelectuales. l








