Convencido de que la actitud del Estado mexicano no se fundamenta en la racionalidad sino en prejuicios basados en la ignorancia y en la manipulación social, el académico Pérez Montfort, del CIESAS, cree que ahí está el origen del narco y la violencia. Por ello, se dio a la exhaustiva tarea de revisar un siglo entero sobre el tema de la prohibición de la droga en México. El resultado, un libro de 381 páginas recién lanzado por Debate, sobre el que el autor conversó con Proceso.
La polémica en torno a la legalización de las drogas no es nueva. El investigador Ricardo Pérez Montfort documenta sus devenires en un siglo en el cual el Estado mexicano viró de la autorización a las restricciones, sin dejar de pasar por vacilaciones y dudas. Al final, Estados Unidos y el ámbito internacional impusieron su política prohibicionista, aceptada también por el conservadurismo de una parte de la sociedad mexicana.
La prohibición sólo ha provocado el “Leviatán” que –alimentado por la violencia– crece día con día, dice el doctor en historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), quien percibe en los debates actuales, no el signo de la apertura y la conciencia social, sino el oportunismo, el beneficio individual y hasta el negocio. Falta todavía que la sociedad sea informada cabalmente para una discusión seria.
Académico del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), Pérez Montfort acaba de publicar su estudio de 381 páginas Tolerancia y prohibición. Aproximaciones a la historia social y cultural de las drogas en México 1840-1940, bajo el sello de la Editorial Debate.
Su propósito es expresar no sólo una visión personal en favor de la legalización, sino aportar elementos. Es “un estudio académico, riguroso… con los recursos de la ciencia de la historia”, dice el historiador en entrevista con Proceso, donde “traté de presentar evidencias y referencias, la dinámica entre lo social y lo cultural que existe en el mundo de las drogas”.
En la presentación del libro se lee al respecto:
“A partir de un profundo trabajo historiográfico, lleno de referencias culturales, iconográficas, literarias y cinematográficas, el autor analiza el papel que han desempeñado tanto la sociedad mexicana como sus gobiernos en la restricción de la producción y el consumo de esas sustancias llamadas genéricamente ‘drogas enervantes’. Desde el régimen de Antonio López de Santa Anna, pasando por la República Restaurada, el Porfiriato y la Revolución, hasta las políticas nacionalistas de la posguerra, el lector va descubriendo los modos en que la intolerancia a esos ‘venenos’ quedó integrada al discurso oficial y logró un consenso en la siempre manipulada opinión pública.”
Especialista en temas culturales y de historia económica y social, Pérez Montfort decidió hacer este estudio por dos razones: La primera, de orden personal, motivada por su vinculación desde la juventud con ambientes donde se consumía mariguana u otras yerbas utilizadas en comunidades indígenas y mestizas con fines terapéuticos.
Y la segunda, de “índole antropológica”, surgida al preguntarse lo que se sabía del tema, si había estudios, cuáles eran. Entonces comenzó a reunir información. Trabajó en archivos, hemerotecas, y descubrió, no sin sorpresa –en tanto que vivió en ambientes de permisión– que incluso donde menos lo esperaba había posiciones de intolerancia radical, por ejemplo, en los movimientos de izquierda o guerrillas.
Y es que durante un tiempo estos movimientos fueron acusados de ser mariguanos, e incluso se llegó a decir que las insurgencias se financiaban con la venta de enervantes. Recuerda que en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) había las dos posiciones; una, donde “se hablaba de soldados mariguanos con cierta indulgencia” y otra en la cual se advertía que “todo soldado que fume mariguana será pasado por las armas”.
Como otras de sus líneas de investigación, el historiador estudió durante mucho tiempo el pensamiento conservador en la sociedad mexicana, y ahí fue encontrando referencias a la intolerancia hacia las drogas y el alcohol.
Por invitación de su colega en el CIESAS, Antonio Flores Farfán, escribió su primer artículo sobre el tema. Para ello se adentró en los estudios de especialistas como el pensador español Antonio Escohotado, el antipsiquiatra Thomas Szasz, y el experto en drogas David F. Musto, autor del libro The american disease (La enfermedad norteamericana).
Del consultorio a la cárcel
Antes de realizar Tolerancia y prohibición… Pérez Montfort publicó con Pablo Piccato y Alberto del Castillo Hábitos, normas y escándalo: prensa, criminalidad y drogas durante el Porfiriato tardío, y en forma individual Yerba, goma y polvo: drogas, ambientes y policías en México (1900-1940).
Su posición hacia las drogas ha sido siempre “de mucha tolerancia” pues le parece que el prohibicionismo del Estado mexicano no se basa en la racionalidad sino en “una serie de prejuicios, de planteamientos basados en la ignorancia y en las suposiciones, no en el conocimiento”, y se ha manipulado a varios sectores de la sociedad.
Revela que incluso en el medio académico ha detectado estas posiciones de intolerancia. Se le llegó a cuestionar por qué se dedicaba a este estudio, pues se daba por hecho que “las drogas son malas”. Él contestaba:
“No, yo no lo sé. Para empezar, algunas drogas no son malas, para mí son buenas, me han ayudado a entender cosas importantes de este país, a comprender por qué determinados sectores sociales reaccionan tan violenta y agresivamente en contra de ellas.”
A propósito de esta situación, relata en su libro que luego de dos años de dirigir la Revista Universidad de México, él y su equipo decidieron dedicar un número al tema de las drogas, para lo cual consiguieron la colaboración de diferentes especialistas, entre ellos Gustavo de Greiff Restrepo, Thomas Fischer, Élmer Mendoza, Scott S. Robinson, Jacinto Barrera, Mimí Derba y Herminia Pasantes.
En diciembre de 2003 salió el número 630-631, titulado “En el margen de las drogas”. Su portada tiene una planta de mariguana, y a decir del historiador “sus páginas proponían una aproximación inteligente y creativa al fenómeno, relacionando la historia, la discusión legal y sus perspectivas internacionales con la literatura y la imagen”.
Pero para su sorpresa “las autoridades universitarias interpretaron la propuesta como un argumento contra el prohibicionismo y procedieron a cesar al equipo editorial”. Lamenta que además ni el entonces rector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, ni la coordinadora de Humanidades, Olga Elizabeth Hansberg, “dieran la cara”.
El investigador inicia su estudio en 1840 porque, explica, en ese momento es cuando se toma conciencia social de las drogas en la sociedad mexicana (establecida ya como tal, no la novohispana). Se habla entonces del cáñamo, la amapola, la chicalote, e incluso se considera sembrar amapola como una posible fuente de divisas para el país. Con la aparición del mundo farmacológico, las farmacias y compañías farmacéuticas, llegan las drogas sintéticas para paliar el dolor, se usan con fines terapéuticos y hay entonces una combinación entre médicos y yerberos.
Encontró documentos médicos sobre cómo en el siglo XIX se dio un proceso en el cual se incorporaron las distintas drogas. No hay que olvidar, aclara, que la palabra “drogas” se refiere a “una gran cantidad de sustancias, provenientes de diversos mundos, sin embargo se agrupan hoy bajo un concepto bastante peyorativo, pero al inicio significaba un remedio”. Como un remedio contra el dolor se utilizaban, por ejemplo, morfina, cocaína o una síntesis de cannabis, y todas estas sustancias se vendían en las farmacias “con bastante liberalidad, hasta que poco a poco se empieza a tener noción de que estas llamadas drogas alteran la conciencia”.
Se considera que el abuso genera hábitos y narcodependencias y aparece además una asociación entre la droga y el mundo delincuencial, que pasa por un tamiz de tipo ideológico e incluso racista, pues tanto en México, como en el mundo todo, se vincula el consumo con la improductividad social:
“Ese momento me parece decisivo porque, prácticamente, el mundo judicial le arrebata al mundo médico el fenómeno de las drogas. Se está viendo que, como sucede con el alcoholismo, el narcómano o asiduo a las drogas, es un enfermo, y en vez de tratarlo como enfermo se le trata como delincuente.”
El tránsito se dio con la creación del código penal en 1929 y su reforma de 1931. En ellos se tipificaron como crímenes distintas acciones asociadas a las drogas, pero no se distinguió entre ser consumidor, distribuidor y productor. Se generalizó “quien tenga que ver con drogas, es un delincuente”. Y aunque hay también médicos muy conservadores, en el ámbito médico hubo más conciencia de dar al consumidor un tratamiento de enfermo.
Al producirse ese cambio comienzan también los procesos de corrupción en la impartición de justicia y se extorsiona lo mismo al productor que al distribuidor y al consumidor, cuando son víctimas distintas:
“El productor y el distribuidor comercian con la enfermedad del otro, eso creo que sí es criminal y yo estaría de acuerdo en que se asuma una posición judicial. Pero esto se da precisamente por el prohibicionismo.”
Piensa que eso cambiaría si se liberara la prohibición y se estableciera un principio de tolerancia para la distribución amplia, como sucede con el alcohol, pues “nadie piensa que el cantinero es un criminal o el productor de alcohol o el productor de café o de azúcar”.
…es de quien la necesita
El historiador ubica las primeras iniciativas de proscripción a nivel mundial entre 1909 y 1912, cuando se realizan, respectivamente, la Comisión del Opio, en Shanghái, y la Convención Internacional del Opio, aprobada en La Haya. Detrás, señala, estaban personajes de grupos conservadores de Estados Unidos, como el reverendo Charles Henry Brendt, quien junto a otros personajes estableció que “cualquier uso no médico de drogas era inmoral”.
Como gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza lanza un decreto para prohibir el opio, que como las medidas anteriores –señala el autor– tiene rasgos de clasismo y racismo. Prohibió el opio porque “hace que los chinos degeneren su raza y se vuelvan improductivos”, y de eso a pensar que “los trabajadores que fuman mariguana son improductivos y por lo tanto son delincuentes, hay un paso chiquito”, dice el historiador.
Se instituyó en esos años el delito de contrabando porque se asumió que al estar prohibidas las sustancias en México, no se producían aquí, por lo tanto quien las consumía debía adquirirlas fuera. Eso le daba carácter de contrabandista, incurría en un delito, que más tarde se convirtió en un delito contra la salud:
“Esa noción es una artimaña legal que esconde una injerencia del Estado en un aspecto que viola contundentemente los principios básicos de libertad. Es decir, lo que yo como o consumo es mi responsabilidad. Como diría Albert Hofmann, adentro de mí cuerpo gobierno yo, nadie más. Pero este delito contra la salud establece que si consumo drogas estoy cometiendo un delito contra la sociedad. Eso es una locura en términos legales.”
Recuerda que cuando en Estados Unidos se implantó la Ley Volstead para prohibir el alcohol, se quiso imponer la medida en México, incluso se pretendió prohibir el cultivo del maguey, pero no se aceptó. En cambio se proscribieron las drogas, pese a haber visto que una vez permitida, con cierta libertad, la circulación del alcohol redujo “a una velocidad enorme, la emergencia del crimen organizado”.
Pérez Montfort se propuso documentar “lo más puntual posible” que al instaurarse la prohibición en México, se corrompió, y “acto seguido se fomenta la delincuencia y, acto seguido, se construyen las organizaciones criminales. Lo que quiero demostrar a lo largo de este libro es que esta medida no controla la circulación ni la producción ni el consumo de las drogas, sino que continúan, avanzan y aumentan.
“El prohibicionismo sirve para fomentar la violencia del Estado contra los individuos, la violencia de las organizaciones criminales por el control de los mercados. Quiero demostrar también que el mayor crimen detrás de la prohibición no está en la gente que la consume, la produce o la comercia, sino en una sociedad que anatemiza a unas sustancias, las convierte en enemigos públicos, ¡a unas sustancias que en el fondo terminan siendo bastante inocuas!”
En opinión suya hay mucha intolerancia y posiciones acríticas frente al conocimiento aportado por la ciencia:
“Hay una sociedad llena de prejuicios, que no está dispuesta a enterarse de otro tipo de informaciones y que tiene una posición irreductible frente a estas sustancias cuando, finalmente, es como prohibir las plantas en general, o un árbol o un libro… Prohibir estas sustancias es uno de los actos más irracionales y prejuiciosos que se han hecho a lo largo del siglo XX en México y en el mundo entero. Y no es sólo por presiones internacionales, sino porque no se ha atendido al debate del conocimiento, se ha atendido a la intolerancia.”
Considera que los medios de comunicación masiva tienen mucha responsabilidad en la poca difusión del conocimiento científico pues lanzan imágenes prejuiciadas. Por ejemplo, en la película Nosotros los pobres, el “malo” es un mariguano y un delincuente, y se le atribuye su delincuencia “no a su disfunción o desigualdad social, sino a la mariguana”.
Los medios privados, agrega, “son voceros del conservadurismo más rampante”, pero hay una doble moral, pues mientras difunden campañas como “Di no a las drogas”, trasciende la adicción de artistas, conductores, lectores de noticias. Señala la misma situación en el ambiente político, donde no se ha querido abrir plenamente el debate:
“Aparecen estos políticos mexicanos… Digo, sabíamos que Felipe Calderón era un borracho (la presunción fue abordada en un momento dado por la periodista Carmen Aristegui, cuando aún se encontraba en MVS), se denunció brutalmente, y sale como capitán de la lucha contra el narcotráfico, qué mejor hipócrita que él. O Vicente Fox, que quiso instrumentar la lucha contra el narcotráfico y ahora lo vemos tratando de entrarle al negocio de la mariguana a la hora en que se pretende legalizar, ¡vaya!”
Si bien el libro contiene otros apartados sobre el tema en expresiones artísticas como el cine, la literatura, las artes plásticas, la fotografía, las canciones populares, el estudio histórico termina en 1940. A finales del régimen de Lázaro Cárdena, explica, la tolerancia gana bastantes adeptos, entre ellos el doctor Leopoldo Salazar Viniegra, quien promueve la legalización y exige dispensarios para distribuir, de forma barata o gratuita, drogas a quien las necesite con el fin de desarticular la producción y el comercio ilegal.
Refiere que un personaje –ya mítico, pues incluso el escritor estadunidense William S. Burroughs lo menciona– que reacciona contra la medida es Lola La Chata, quien teme el fin de su negocio.
“Lo interesante es que a partir de los primeros meses de 1940, se decide que México va a asumir su responsabilidad con los enfermos legalizando, lo cual va en contra de las disposiciones fomentadas por Estados Unidos a través de las organizaciones internacionales.”
Vienen entonces las presiones de Harry J. Anslinger, el “zar antidrogas” estadunidense, durante los años veinte hasta los sesenta, responsable de que se mantuviera la prohibición. Estados Unidos amenaza al gobierno de Cárdenas con implementar un embargo de medicamentos, y el general “tiene que dar marcha atrás, se instaura la prohibición y ahí se queda”. Y cierra:
“Yo concluyo que la prohibición es la principal responsable de la existencia del narcotráfico, pero es una verdad absolutamente sabida, no estoy descubriendo el agua tibia, sólo estoy documentándolo históricamente.” l








