Hebrón, una ciudad con casi 4 mil años de historia, es la única localidad palestina que tiene en su centro histórico asentamientos israelíes y una vasta presencia militar destinada sobre todo a proteger a la población judía. Miles de familias palestinas viven prácticamente presas en sus propias casas y son objeto de acosos y ataques por parte de colonos. Las tensiones y enfrentamientos son cotidianos y la comunidad internacional ha advertido del riesgo de que Hebrón se hunda en una espiral de violencia incontrolable.
Hebrón, Cisjornadia.- “En Hebrón se puede ver la ocupación israelí en una hora: retenes militares, asentamientos, casa confiscadas y demolidas, tierra robada, acoso a las familias palestinas y enfrentamientos casi diarios”, asegura Issa Amro mientras camina con paso seguro por el zoco de esta ciudad palestina.
“Los colonos están aquí, allí y también sobre nuestras cabezas”, señala este activista palestino de 35 años, mientras sus palabras resuenan en el corazón de este precioso casco antiguo.
Mirando hacia arriba se adivina otra ciudad: varias banderas israelíes ondean sobre algunos tejados en casas a las que se accede por carreteras especiales para colonos; en las azoteas se divisan soldados apostados y entre ellos y el mercado, los palestinos colocaron una red metálica sobre la cual se acumula la basura y las piedras arrojadas a menudo por las familias que viven en los asentamientos.
Finalmente hace falta menos de una hora para sentir la violencia que late en esta convivencia forzada y entender que este puñado de calles es desde hace años una miniatura del conflicto palestino-israelí.
La Biblia habla ya de Hebrón cuando explica que el profeta Abraham compró un lugar para enterrar a Sara, su esposa. “Y después de esto, sepultó Abraham a Sara, su esposa, en la cueva de la heredad de Macpela, enfrente de Mamre, que es Hebrón, en la tierra de Canaán”, dice literalmente el libro del Génesis.
Este capítulo bíblico sería la base de la frenética fundación de colonias en el corazón de Hebrón y sus alrededores desde finales de los sesenta. En el centro de la ciudad palestina se situaría esa cueva comprada por el profeta, llamada actualmente Tumba de los Patriarcas, donde también habría sido posteriormente enterrado Abraham, cuya figura es venerada por musulmanes, judíos y cristianos.
Hoy en día, judíos y musulmanes custodian, se disputan y rezan en este lugar santo, dividido en dos, al igual que todo el centro de Hebrón. Sólo mapa en mano se llega a entender el complicado rompecabezas en que se ha convertido la localidad. En 1997, tras los acuerdos de paz de Oslo, la ciudad fue escindida: 80%, con 120 mil habitantes, quedó bajo control palestino; 20%, que incluye el casco antiguo, donde viven unos 35 mil palestinos y 600 colonos, pasó a control de Israel.
Desde entonces los decesos violentos en ambos lados se cuentan por decenas, pero la matanza de 29 palestinos en 1994 a manos de Baruj Goldstein, un colono que entró a la mezquita de Ibrahim (parte de la Tumba de los Patriarcas) y abrió fuego durante la oración, fue el hecho que marcó un antes y un después y cambió la fisonomía de la ciudad.
Ciudad fantasma
Desde la ya conocida como “masacre Goldstein”, Israel tomó medidas excepcionales de seguridad que derivaron en el cierre total de una parte del casco histórico de Hebrón, sobre todo la calle Shuhada, antaño epicentro comercial, y el barrio de Tel Rumeida. Hoy esta zona se ha convertido en una ciudad fantasma a la que se accede sólo atravesando retenes militares israelíes. Dentro quedan 300 familias palestinas que cohabitan diariamente con decenas de colonos y sienten una indefensión que ha provocado un éxodo masivo.
Para ellos, tareas simples como ir a la escuela, rezar en la mezquita, recibir familiares o ir al hospital requieren grandes esfuerzos y pueden significar acabar arrestados o, en el peor de los casos y como ocurrió a menudo durante la Segunda Intifada, heridos o muertos.
“No podemos llamar a esto vida. Carecemos de los derechos más básicos. Nuestras familias no pueden visitarnos. Las ambulancias no consiguen entrar. Mucha gente no tiene trabajo. El desempleo en estas calles supera el 74%. Tampoco nos sentimos seguros en casa y ponemos cada día nuestra vida y la de nuestros hijos en peligro”, enumera Amro, cuya familia vive en Tel Rumeida.
“Mientras los colonos (judíos) tienen automóviles, yo debo pasar varios retenes para entrar y salir de mi propia casa. Es un acoso y una humillación. Me siento un número, no una persona”, denuncia el activista, quien dirige una organización que pide el fin de las colonias en Hebrón y la recuperación del centro histórico de la ciudad.
Según datos de la ONG israelí B’tselem, más de mil familias palestinas abandonaron sus casas en el centro de Hebrón desde 1994 y mil 800 tiendas (77%) cerraron sus puertas.
Paralelamente, familias de colonos judíos han llegado paulatinamente a la ciudad. En ocasiones ocupan casas deshabitadas del casco antiguo. El último caso se registró en enero pasado, cuando 20 familias se instalaron en una propiedad que según ellos habían comprado legalmente a palestinos. Fueron recibidos con fiesta por los habitantes de los asentamientos vecinos, pero varios días después terminaron desalojados por las fuerzas del orden después de un debate durísimo en el seno de la coalición gubernamental, en la que hay defensores a ultranza de los asentamientos.
Comparado con ellos, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu podría parecer hasta moderado, aunque el jefe de gobierno ha insistido en que no está en su agenda una evacuación de colonias como las de Hebrón porque “son importantes para los judíos”.
Sin embargo, para los colonos de Hebrón, calificados en muchos casos de extremistas, estas promesas no son suficientes.
“Yo no lo llamaría extremismo sino idealismo. Estamos viviendo un ideal, poblando nuestra tierra. En mi caso, vivo en la ciudad más antigua de Israel. Ésta fue la casa de Abraham”, escribe en su blog David Wilder, uno de los portavoces más conocidos de los colonos de Hebrón, donde vive desde hace más de dos décadas.
La Cuarta Convención de Ginebra considera ilegales los asentamientos israelíes en territorios palestinos ocupados y la comunidad internacional ha alertado en varias ocasiones al gobierno israelí de la violencia que entraña la presencia de colonos judíos en toda Cisjordania, pero concretamente en el centro de Hebrón.
En 2014, el relator especial de la ONU sobre la situación de Derechos Humanos en los Territorios Palestinos Ocupados estimó que cada instalación de una familia de colonos en el corazón de Hebrón “implicaba más restricciones para los palestinos en el área, nuevos bloqueos de calles y más hostigamiento para los residentes palestinos y los defensores de derechos humanos”.
“¿Miedo? No, no tenemos miedo. Desgraciadamente en todo Israel hay terroristas que sólo quieren matar judíos. Hay peligro en todas partes. Las familias que vivimos en Hebrón y en otras comunidades de Judea y Samaria (nombre bíblico de Cisjordania) creemos que si no habitamos y poblamos estas regiones, serán ocupadas por nuestro enemigo, que sólo quiere conquistar todo Israel”, agrega Wilder.
Una cámara por casa
Desde octubre de 2015 la violencia en Hebrón, al igual que en toda la región, se ha intensificado y según ONG israelíes, medio centenar de personas, la inmensa mayoría palestinos, han perdido la vida en sus calles.
Las agresiones contra soldados y colonos israelíes, la mayoría por apuñalamiento, han traído consigo una severa represión por parte de Israel y un aumento de los controles en toda la localidad.
La “ciudad fantasma” de Hebrón está, si cabe, más silenciosa y tensa. Desde enero, ni siquiera los periodistas y buena parte de ONG y observadores internacionales pueden entrar en Shuhada y Tel Rumeida y son bloqueados en los retenes militares de acceso.
Hace algunos meses Proceso entró en la “ciudad fantasma” para entrevistar a varios residentes. “Somos 27 miembros de la misma familia y hemos decidido quedarnos. Teníamos una tienda y la tuvimos que cerrar, y hay momentos en que vivimos prácticamente de la caridad. Nos han propuesto bastante dinero por la casa, pero no nos iremos pese a que sufrimos ataques de los colonos prácticamente cada día”, explicaba Mufid Shaarabati, de 52 años.
Afuera el silencio es desolador. Todas las persianas de los comercios y las puertas están completamente cerradas y nada permite adivinar que tras esas paredes hay familias que luchan por tener una vida normal. Los rótulos de las tiendas, ya descoloridos por el paso del tiempo, permiten adivinar la actividad que tuvo la calle hace años: una zapatería, una tienda de ropa, un negocio de comestibles, un café…
Prácticamente cada familia palestina que vive en esta conflictiva zona de Hebrón tiene una cámara para documentar ataques o excesos de colonos y militares. El pasado 24 de marzo, Imad Abu Shamsiyeh grabó desde su casa un nuevo apuñalamiento contra un soldado israelí perpetrado por dos jóvenes palestinos. El militar resultó levemente herido y los dos agresores recibieron disparos. Uno de ellos murió en el acto. El otro quedó muy malherido en el suelo sin poder apenas moverse.
Pasaron varios minutos e Imad, que es voluntario de la ONG israelí Btselem, siguió grabando. La ambulancia llegó para socorrer al soldado, pero no prestó ninguna atención al palestino herido. Fue entonces cuando un soldado se acercó y lo remató de un disparo en la cabeza. Las imágenes son terriblemente duras y no dejan lugar a dudas sobre lo ocurrido.
Inmediatamente después miembros del gobierno, comenzando por Netanyahu, consideraron el comportamiento del soldado indigno y prometieron una investigación seria. El militar fue acusado de homicidio involuntario y está suspendido, y el autor del video ha recibido amenazas de muerte y recibe protección de sus amigos y vecinos.
“Los colonos nos golpean y nos arrojan basura, y los soldados llegan y nos arrestan a nosotros”, protesta Ahmad Azza, palestino de 16 años. El joven tiene por vecinos a una de las familias de colonos más radicales de Hebrón. Sus padres y hermanos sufren ataques prácticamente diarios y él ha sido también detenido varias veces.
Pese a las dificultades, Azza dice sentirse afortunado. A finales de 2015 fue arrestado por un grupo de soldados israelíes. “Me hicieron andar varios minutos y me pusieron al lado de un cuchillo. Comenzaron a decirme que era mío y que había querido atacarlos con él. Pasé una semana en la cárcel, sufrí malos tratos hasta que una prueba de ADN exigida por activistas israelíes mostró que yo nunca toqué ese cuchillo”, explica.
Por su parte, Amro calcula que fue detenido unas 20 veces en 2015 y en 2016 probablemente supere con creces este número. El activista se despide frente al retén militar que da entrada a la zona cerrada donde se sitúa su casa:
“Hoy no puedo invitar a nadie a tomar café a mi casa. Son tiempos duros y yo creo que la situación aún va a empeorar. Pero sigo pensando en que debo quedarme como una forma de resistencia y de proteger mi identidad palestina”, comenta. l








