A raíz de los tristes eventos que en septiembre de 2013 dañaron la estatua ecuestre de Carlos IV, el Fideicomiso Centro Histórico inició una serie de estudios para justificar las labores de restauración que ocultaran y oscurecieran la culpabilidad de los responsables del desaguisado.
Hace, pues, más de dos años que se tuvo conocimiento de que la escultura no había sido fundida en una sola pieza, creencia que obedecía no necesariamente a un mito sino a la ausencia de documentación de carácter histórico. Esa certeza en nada altera el valor del monumento, pero advertimos que hoy se agrega otra falsedad para erigir méritos exagerados en el proceso de restauración. Me refiero a que las instituciones oficiales dicen haber descubierto que, en función de las grietas que se aprecian en la pata de apoyo, la escultura está expuesta a nuevos peligros por reacciones sísmicas.
En esta virtud, me permito sugerir a las instituciones encargadas de estos trabajos y a los funcionarios y técnicos que de ello se ocupan, evitar distraerse con nuevas entelequias, pues si revisan las notas del último traslado de la escultura a la plaza que entonces bautizamos con el nombre de Manuel Tolsá, podrán constatar que una de las razones de ese traslado fue precisamente que la vibración continua a que estaba sometida en el nudo vial de Paseo de la Reforma-Bucareli-Av. Juárez, afectaba la pata que presenta una grieta seguramente originada desde su fundición, causando más daño que los movimientos sísmicos que la figura había soportado durante más de dos siglos.
En aquella ocasión, también por radiografías, se constató que la pata lastimada tiene un bastón interior que la rigidiza arriba y abajo de la grieta, lo que le ha permitido comportarse satisfactoriamente ante las solicitudes sísmicas. El caballito y su cimentación no presentan ningún riesgo sísmico, lo cual, estoy seguro, puede sustentar el propio Instituto de Ingeniería de la UNAM.
El riesgo sísmico ha sido preocupación recurrente en una y otra conversación sobre la escultura de Tolsá, pero es evidente que la maravillosa posición de equilibrio del equino y su jinete sorprende aún a cualquier ingeniero constructor de puentes y caminos, es una peculiaridad técnica-artística destacada y brillante que ha soportado sismos por más de 200 años sin dar muestras de peligro; la grieta de la pata, reitero, parece más un defecto de fundición cuyo correcto comportamiento debe haber sido previsto por Tolsá mediante el bastón mencionado.
¿Qué se pretende? ¿Un cuarto apoyo? ¡Que el Papa Francisco disuada a nuestros técnicos de tal atentado! En todo caso, bastará prolongar los bastones de empotramiento que tiene la escultura. También parece una bufonada estudiar los daños por “enfermedad de la piedra” del pedestal, que tiene un valor muy relativo; si alguno presenta, puede ser subsanado reponiendo la piedra o piedrita que lo requiera. Su amplio y reforzado cajón de cimentación fue revisado, entre otros, por el ingeniero Daniel Ruiz, del Instituto de Ingeniería de la UNAM.
¿Por qué mejor no nos dicen ya qué se va a hacer para paliar los daños del baño de ácido y permitirnos contemplar (más o menos dañado) uno de nuestros más valiosos íconos urbanos? Esta prioridad debe prevalecer sobre cualquier otra pretensión. Es necesario, pues, dejar a un lado las entelequias en persecución de laureles. l








