La magnificencia del antiguo Hospicio Cabañas no ha menguado con el paso de los años, no obstante los frecuentes despropósitos y ocurrencias disparatadas que suceden en su interior por cortesía de quienes lo han venido manejando, con más pena que gloria, como centro difusor de la cultura desde mediados de los ya lejanos años ochenta, cuando comenzó a ser regenteado por Juan López Jiménez y echaron raíces los primeros vicios del recién inaugurado Instituto Cultural Cabañas (ICC). Entre esos arraigados despropósitos y pifias, aún vigentes, estuvo la renta de parte de sus instalaciones para agasajos y fiestas privadas, así como la utilización del patio mayor para espectáculos masivos, los cuales han ido desde conciertos poperos o descaradamente comerciales hasta funciones de ballet, a pesar de que el sitio no tiene las condiciones para ello, y de que los armatostes y tribunas que se instalan desmejoran visualmente esa excepcional edificación, declarada por la UNESCO “patrimonio de la humanidad” hace 19 años.
El visitante que llega al ICC, atraído sobre todo por los murales que José Clemente Orozco pintó entre 1936 y 1939 en la capilla y eventualmente también por alguna de las exposiciones temporales, con lo primero que se topa es con una anomalía que tal vez sea única en el mundo: el ingreso tiene un costo para los mexicanos (“adultos con identificación nacional: $45”) y otro más alto para los extranjeros (“entrada general: $70”). ¡Curiosa forma de querer “fomentar” la afluencia turística del extranjero, cobrándoles a las personas que vienen de otros países un 65% más que a los nativos del país! Que se sepa, eso no sucede en ninguno otro museo, teatro o centro cultural del orbe.
Quien quiso aprovechar los días de asueto de la última semana de marzo para darse una vuelta por el Cabañas se encontró con varias sorpresas desagradables, comenzando por el desmejorado patio mayor, que lucía repleto con unas desagradables tribunas desmontables y un escenario improvisado, instalados para la versión del ballet La bella durmiente que, a partir del clásico de Tchaikovsky, Vsevolozhsky y Petipa, montó la modesta compañía que dirige Dariusz Blajer y subsidia la Secretaría de Cultura y Jalisco, con el agravante de que las funciones en ese lugar no se hacen con música en vivo, sino grabada.
Si el visitante puede disponer de unas horas libres los martes, la cosa mejora considerablemente, pues ese día la entrada es gratuita al Cabañas y, aun cuando las exposiciones temporales pudieran ser decepcionantes, por lo menos se quedará con el sentimiento de haber podido recorrer por dentro el magnífico edificio de Manuel Tolsá, José Gutiérrez y Manuel Gómez Ibarra, el cual se enriqueció con los murales de Orozco. Y todo ese recorrido por cero pesos y cero centavos. Igualmente, por la gratuidad de los martes, no sería raro que el visitante se cruce con animados grupos de escolares, conducidos por sus maestros, por los corredores o por alguno de sus 23 patios, o también bajo la cúpula de ese inmueble patrimonial, escuchando no con demasiada atención las manidas interpretaciones que alguno de los guías del ICC suele hacer de los murales de Orozco.
En los días de la recién despedida cuaresma se estuvieron exhibiendo varias exposiciones, de calidad muy desigual y con serias deficiencias curatoriales, que para quien pudiere tener interés en verlas, aún continúan en varias de las salas del Cabañas. Contra lo que ha sido la costumbre, la mayoría de esas exposiciones, que aún están en exhibición, se concibió aquí y sólo una de ellas provino de la capital del país. Bien por ello, aun cuando la calidad de la mayoría de ellas deje mucho que desear.
La primera de esas exposiciones es una de pintura jalisciense que se armó a las volandas para dizque celebrar los cien años existencia del Atlas (primero fue el equipo de futbol, concebido en 1916 y después el club) y por ello se le impuso un nombre que habla de “cien años y cien obras pictóricas”. Intencionalmente y sin que mediera ninguna explicación se dejaron fuera otros géneros artísticos como la escultura, motivo por el que no figuran obras de notables artistas jaliscienses como Francisco Marín y Miguel Miramontes, pues se prefirió incluir cuadros mediocres de pintores medianos y malos, omitiendo o ninguneando a otros que tienen ya un lugar en la historia de la pintura jalisciense como Ixca Farías, Jorge Enciso, Alfonso de Lara Gallardo, Enrique Guzmán, etcétera.
Otro acusado defecto es que de muchos de los pintores incluidos no se incluyen cuadros verdaderamente relevantes (una clara pifia curatorial), algo que se advierte particularmente en la última sección dedicada a los autores de las generaciones recientes, en la que también hay omisiones más que evidentes como la de Roberto Rébora. Pero esta deficiencia también se nota en artistas de generaciones anteriores, aun cuando se pudo disponer para ello, hasta el extremo del abuso, de la Colección del Pueblo de Jalisco, que paradójicamente incluye a pintores notables (Alejandro Colunga y Luis Valsoto, por ejemplo) representados con obras de muy medianas para abajo. En el extremo contrario habría que mencionar casos como el del maestro Francisco Rodríguez Caracalla, de quien se incluye un gran pequeño cuadro, con una estupenda representación en una sola tonalidad, entre abstracta y geométrica, de un agave. Pero como una golondrina o dos o tres… no hacen verano, la exposición concebida para celebrar el centenario del Atlas no es nada memorable, sino más bien lo contrario: perfectamente olvidable.
Otra de las exposiciones del Cabañas coquetea entre lo pretencioso y lo rebuscado: la curada por Avelina Lésper, comentarista de arte del Grupo Milenio. Lo pretencioso está en encargar cuadros a pintores residentes en la Ciudad de México, a partir de alguno de los grandes poemas de la literatura mexicana. En términos generales, el resultado es punto menos que frustrante, pues ninguno de los cuadros exhibidos tiene que ver ni tampoco está a la altura artística –lo que sería lo más grave– con el motivo poético que lo inspira, sobre todo en casos de obras maestras como “Muerte sin fin”, de José Gorostiza; “Canto a un dios mineral”, de Jorge Cuesta; “Nocturno en que nada se oye”, de Xavier Villaurrutia, etcétera.
¿Gran poesía igual a pintura que va de lo mediano a lo mediocre? En este caso sí, de suerte que con mucha frecuencia el mejor homenaje que alguien le puede hacer a una gran obra artística es el silencio. Un caso sentido contrario es el del compositor Mussorgsky, quien a partir de una intrascendente muestra pictórica de Víctor Hartmann, un pintor olvidado y del que nadie se acordaría ahora de no ser por la obra maestra absoluta de Mussorgsky: Cuadros para una exposición.
La muestra con la obra más reciente de Luis Valsoto (“Sombras vivas”), lo mismo que la del escultor franco-tapatío Paul Nevin, adolece de cierta prisa, atribuida en ambos casos a la entrega perentoria motivada por el compromiso de una beca del Fonca. Aun cuando en las dos exposiciones hay obras logradas, incluso éstas acaban siendo diluidas por ejercicios repetitivos y apresurados.
Finalmente, en una de las salas que da al patio mayor del Cabañas, afeado como ya fue consignado por armatostes y tribunas, está una exposición con dibujos y sobre todo bocetos de José Clemente Orozco. Aun cuando en su mayoría no son obras de gran calado del mayor artista mexicano, constituyen una muestra evidente de que aun en tono menor Orozco es grande entre los grandes.
Así terminó una tarde en el Cabañas, en los últimos días de la recién despedida cuaresma 2016. l








